Blogia

decirleamaria

Donde no te espero porque no te volveré a ver.

Evidentemente, no me contestaste...

... durante el fin de semana. Lo hiciste hoy a las diez, un correo breve y que supongo trató de ser también amable. Digo ’supongo’ porque en realidad hubo varias cosas que me molestaron: ese ’lo de venir hasta aquí me parece muy mala idea’, por mucho emoticón que le pongas después el comentario sobraba. Ese ’te juro que te contaré todo’, cuántas veces me lo has dicho, ’te contaré’, y después nada. Ese después que se alarga indefinidamente.

¡Vaya! En realidad supongo que todo eso me suena mal porque lo leo con malos ojos. Estoy pecando de lo que te acuso a ti: interpreto las cosas a mi gusto. A mi disgusto. Seguramente no pretendías hacerme sentir mal, no tiene sentido...

’Lo de venir hasta aquí me parece muy mala idea’...

Estoy molesto, no puedo evitarlo, tal vez deje de escribir aquí durante unos días. No es bueno hablar desde la amargura. Hoy te contesté, no te mandé besos pero traté de ser cordial. Borré varias líneas que reflejaban precisamente eso, mi amargura.

Lo cierto es que no me comprendo... ¿y qué narices esperaba que me contestases? Me has dicho que ya me escribirás contándomelo todo, que ahora te encuentras muy estresada... 

Soy bobo.

Los perfumes tristes.

Según mi sobrinastra, una de ellas, la del medio por edad y estatura, poseo un olor peculiar, un aroma característico, un perfume propio: 'Hueles a ..... (insertar mi nombre aquí)'. Supongo que se debe a que en la primera ocasión en que me olfateó utilicé el mismo desodorante que en esta segunda oportunidad, algo así. De todas formas a uno le produce cierta ilusión ser objeto de alguna generosa nariz olfativa, de vez en cuando.

Fin de semana en Santander, acabo de llegar y me siento un poco triste, creo que esencialmente por la última escena antes de abandonar aquella ciudad: mis sobrinastras y una buena amiga suya tratando de continuar con una broma con que nos reíamos los últimos días, y yo dándoles la espalda y marchando sin apenas despedirme, me sentía agobiado y cansado y sucio y sólo quería marcharme pero eso no es excusa, cómo puedo comportarme de esa forma delante de nadie, pero especialmente con quienes se portan tan bien conmigo, con quienes me aprecian y me lo demuestran... Qué me costaba una última mirada, una sonrisa... Fue un pequeño gran error en un fin de semana en que me sentí querido en varios momentos, en muchos, por ellas y por mi gente, especialmente la noche del sábado, en una casa rural con todos ellos, ping-pong, futbolín, wii, apenas dos voldamm, costillas, criollos, verdura a la plancha, chorizo, queso, piña, sandía, palabras y risas... ¿la felicidad?. No quise irme nunca, ojalá no hubiera terminado nunca. Supongo que lo que encontré allí es lo que más echo en falta: sentirme apreciado, sentir el afecto y el cariño. Qué bien se encuentra uno, rodeado de personas para quienes cuenta.

Por lo demás: fin de semana rodeado de mucha otra gente bastante más ajena. Suficiente gente y suficiente tiempo como para darme cuenta de lo poquita cosa que soy, desde el punto de vista, digamos, de la estética social. No me malinterpretes, no estoy haciéndome de menos: conozco mis virtudes, sé por qué me busca la gente que me busca. Pero soy muy consciente de lo que no alcanzo. No me engaño. Así que éste sería un buen momento para mandarme a tomar por culo, María, te mereces algo mejor, encontrarás algo mejor. Y lo entiendo y me parece lo adecuado.

Mañana tal vez no lo entienda tanto y no me parezca tan adecuado, ¡así que date prisa!

¿Y en cuanto a mí? ¿Encontraré algo mejor? Hoy por hoy lo dudo, pero ya sabes que me encuentro en este largo período intersticial en que no soy muy capaz de ver las cosas de fuera, no me apetece siquiera asomarme a echarles un vistazo. No obstante, es natural pensar que cualquier persona que me muestre un poco de interés personal, que me aprecie y me estime, será mejor para mí. Así que, en efecto: encontraré algo mejor. Sólo necesito un poco de tiempo para convencerme. O un poco más.

El viernes, antes de marchar a Santander, muy de mañana, te envié un correo, no fui capaz de evitarlo, al recordarlo noto el rubor en mis mejillas pero es leve, tengo la sensación de que cualquier cosa que intente contigo, cualquier cosa que diga o haga vas a interpretarla siempre de la peor manera, recibirla con los brazos cerrados. De esta forma es imposible acertar con nada, así que supongo que da igual lo que yo haga o deje de hacer. La idea de enviarte ese correo surgió al despertar, un correo con dos párrafos del texto contenido en ’Ábacos exterminadores al otro lado del mundo’, el que comienza con ’Estoy pensando...’ y el siguiente. No me pareció ni buena ni mala idea, ya digo, por muy agradable que sea el tono con el que trato de escribir, por muy cordial que intente ser, en realidad todo depende de cómo me leas, y en esa posible bondad lectora no tengo muchas esperanzas puestas. Últimamente, cada vez menos.

No te lo iba a mandar, para qué, pero a última hora creció el hormigueo y no encontré ninguna buena razón para no mandártelo y me pareció que era apropiado al menos para, por un lado, hacerte saber que no me vale tu silencio, y por otro ponerte las cosas fáciles... sabía que de no enviarlo me iba a estar comiendo la cabeza el resto del fin de semana así que acabé por hacerlo.

Además, pasando el fin de semana lejos de casa no sufriría en absoluto por tu falta de respuesta.

Y, en fin, acabo de llegar y podría mirar el buzón para saber si me has contestado, pero no me encuentro con fuerzas, ya he dicho que estoy ligeramente triste. Sé que encuentre lo que encuentre esta sensación se va a acrecentar, así que prefiero esperar a mañana. Realmente... si tuviera que apostar, lo haría por la opción ’No me has contestado’. Y no me refiero a la Gran Cuestión, por supuesto, eso es claro; sino al correo del viernes.

Así que será mañana. Tu respuesta, tu nuevo silencio, lo que sea.

Mientras tanto: ’Historia universal (el amor no es lo que piensas)’, Reconstrucción, Deluxe (¡quién si no!):

Historia universal (El amor no es lo que piensas).

Cuando nos encontramos
hablabas siempre del amor.
El amor no es lo que piensas,
el amor no es lo que piensas.

Cuando nos conocimos
sólo buscabas libertad.
Eso lo buscamos todos,
eso lo buscamos todos.

Cuando nos reencontramos
querías volver a empezar.
Te confundiste con la soledad,
te confundiste con la soledad.

Cuando nos dimos cuenta
habían pasado años ya.
Acabarás haciéndome daño,
acabaré haciéndote daño.

Cambiamos nuestros planes
y hablabas de disfrutar el momento.
Un momento es muy poco tiempo,
un momento es muy poco tiempo.

Cuando nos despedimos
abrías una puerta más.
Encontrarás algo mejor,
encontraré algo mejor.

El amor no es lo que piensas,
el amor no es lo que piensas.
El amor no es lo que piensas,
el amor no es lo que piensas.

Tétradas partidas por la mitad.

Hoy no me he levantado tan animado como ayer, supongo que tiene que ver con la alergia, antes de salir por la puerta (deseché la opción de la ventana de mi cuarto piso por enésima vez dada la ausencia de amor o corrientes de aire caliente-frío suficientemente estables) moqueé y estornudé a gusto, no una ni dos sino mil veces, hasta desear estallar. Pero hoy no toca pastilla, sólo me quedan tres y los próximos tres días los pasaré en Santander y malditas las ganas de padecer algo similar allí y no poseer remedio para el alivio.

¿Existe algún método para alcanzar el olvido con rapidez?

Así que no fue uno de esos despertares gratamente memorables, dos seguidos debe de ser muy difícil, no recuerdo nada parecido. Mejoró mucho (mucho) instantes después, cuando miré el móvil y había mensaje y (aún no entonces porque) creí saber de quién era y me dió un poco igual (obviamente sabía que no sería tuyo), mas hubo sorpresa y la identidad del remitente y el mismo mensaje consiguieron (entonces sí) emocionarme. No eras tú (¡lo sabía!), pero probablemente tras un utópico mensaje tuyo diciéndome algo parecido no habría ningún otro en el mundo que me hiciese tanta ilusión.

O tal vez sí habría exactamente otra dupla remitente-contenido que podría colocarse justo en medio en ese ránking, pero vuelve a ser utopía. De modo que, considerando las posibilidades factibles, en realidad esta mañana recibí el mejor mensaje que podía haber recibido. Nada más y nada menos.

Mi primita, mi bellísima primita catalana, mi tan-bella-como-inteligente prima ¿ya odontóloga? de ojos enormes y sonrisa infinita, la misma que viste (imagino) y calza (grandes números) y hace muchísimos años que no veo, tantos que he perdido la cuenta, desde que comenzó la universidad. Estaba estudiando en Madrid, al parecer ahora vuelve a Barcelona. Me cuenta eso, también que regresará al pueblo en agosto y tal vez tras tantísimo tiempo podamos volvernos a ver. Me dice: ’Espero verte’. Tras una gracia graciosa acerca de mi edad me dice: ’Pero no te preocupes, te querré siempre’. Estas querencias nuestras sin urgencias, nos las repetimos en todos los mensajes que nos enviamos, uno o dos al año; pero hacía mucho tiempo que no me lo decía ella primero. Es curioso que entre tantas distancias y tanto tiempo sigamos sabiendo que eso sigue siendo así, sintiéndolo en cada milímetro de nuestras entrañas. Es hermoso.

Eran las seis y media de la mañana, el mensaje me lo había enviado a medianoche pero decía: ’Seguro que estás en el segundo sueño y me responderás a las siete’, me hizo gracia, estuvo a punto de acertar. Esa clase de conexión trascendente, hilos de energía universal como decía cierta naturista que me atendió hace tiempo, ’si de repente piensas en alguien para ti importante que está a cientos de kilómetros de distancia, es muy posible que a él le ocurra lo mismo exactamente al mismo tiempo’. No encuentro explicación razonable para la teoría, pero me parece que más o menos todos hemos pensado algo parecido en algún momento, al menos hemos saboreado la posibilidad, ’son mis dos y veintiuno y pienso en ti, qué estupendo sería que en tus dos y veintiuno estuvieras pensando en mí’... Creo que tú y yo tuvimos esa conexión especial, y cuidamos de ella durante un buen tiempo, el mejor de los tiempos. Aquellos momentos de casualidades imposibles.

Pero un día nos dio por quedar y...


Pero volvamos a esta mañana. Pensé en la cantidad de tiempo que hacía que nadie me decía algo así, creí que debía hacer muchos años porque no recordaba esa sensación de sentirme querido. Desde ese momento he estado pensando y la realidad es que ha habido varias personas que sí me lo han dicho los últimos meses, en concreto tres. Pero supongo que este ’te querré siempre’ significa hoy un poquito más que lo que aquellos ’te quiero’ supusieron en su momento, no sabría explicar muy bien por qué, al menos dos de esas personas son igualmente importantísimas. Supongo que tiene que ver con la sorpresa: si uno no espera recibir algo agradable, cuando lo recibe es doblemente magnífico.

Algo parecido sucedió en nuestro caso, por ejemplo. Nunca llegué a creer posible poder estar contigo. Y de repente y por sorpresa pareció surgir la oportunidad. Con todo lo que significabas para mí aquel suceso extraordinario no fue doblemente magnífico, lo fue infinitamente. Tanto que me desbordó y no supe gestionarlo. De forma que la terminación inmediatamente posterior, también por sorpresa, fue infinitamente horrible.

Es lo que tienen las sorpresas: siempre son infinitamente algo, para bien o para mal.


Confieso que sí sentí tu afecto, tu aprecio, tu cariño, durante los cuatro últimos meses del 2007. Qué tibio suena ¿no?, cuando aplicamos números o fórmulas concretas a los sentimientos. Pero fue así. Cuatro meses maravillosos, otro día hablaré de ellos. Nunca me dijiste ’te quiero’, ni entonces (no hacía falta ni era lo adecuado) ni después (seguía sin ser adecuado pero me habría hecho bien, un poco menos imbécil tras cada ocasión - hubo demasiadas, lo confieso - en que yo te lo decía a ti). En uno de nuestros últimos chats nocturnos (me entristece pensar en todo lo que fuimos perdiendo), uno de esos jueves en que yo me ponía tierno y ñoño, te obligué a decirme ’sí’ tras preguntarte en tono amigable si me querías, qué podías contestar si no. Fue la mayor aproximación, aunque asombrosamente no sonaste demasiado convincente. Había pasado el tiempo en que las palabras amables fluían entre nosotros sin obstáculos inventados. Tal vez en mis labios, y visto mi comportamiento y mis abundancias afectivas, sonase excesivo algo así, pero habíamos hablado en tantas ocasiones acerca de las maneras y los caminos buenos y sanos del querer que me parecía imposible que lo pudieses tomar como una continua y exagerada manifestación de amor y deseo.

No era eso, supongo que habrás llegado a darte cuenta. Aunque es evidente, y también te lo he expuesto con claridad, que te deseaba y sentía algo sincero e intenso y hermoso hacia ti, y en cierta forma y para mi desgracia sigue siendo así porque no soy capaz de extinguir los incendios con la rapidez con que debería hacerlo, no es menos cierto que todas esas voces del querer que despilfarraba contigo tenían más que ver con el afecto inagotable y el interés desinteresado por ti y tu bienestar; voces que no se me han acabado ni terminarán nunca, te quiero, te querré siempre María, aunque lleguemos a tener contacto únicamente una o dos veces al año en mensajes cortísimos o ni siquiera eso. Este calor no lo sofocaré, porque no me da la gana.

El lunes más, largo fin de semana, aburrido fin de semana, cansado fin de semana. Uno de tantos. Espero que para ti cada fin de semana sea diferenciado y especial, que haya muchas risas, que las haya a diario María.

Es verdad...

... ya no eres ni la pena ni el dolor, ni el frío...

Ojalá fuese así, ¡vive Dios! Pero lo será, pasarán años pero llegará a ser así, siempre acaba siendo así. Mientras tanto un largo y tedioso período de no-vida.

Novida novida, yo y mis exageraciones... me refiero a esta ausencia de búsqueda, esta falta de estímulo, de excitación, de provocación, de entusiasmo. Bienvenida miss Apatía, ¡cuánto tiempo!, no la he echado de menos en absoluto. Ah, ¿que usted a mí sí? ¿Que yo era su alumno más aventajado? ¡Enrojezco cual Aliosha! ¡Fíjese, lila, lila me hallo ya!

Hoy debe de ser uno de los peores días de mi vida, tal vez el peor: acabo de perder todo el texto que llevaba escrito en esta entrada... ¡Una sensación horrible! Me gustaba lo que había escrito, me gustaba mucho, podría haberme enamorado de ello y así tal vez conseguir olvidarme un poquitín de ti María. Y desapareció. Todo lo importante en mi vida desaparece, ha sido así históricamente. ’Salvo mi familia’, apostillaría, pero por desgracia ellos desaparecerán también, algún día; y yo con ellos. Cuando ya no quede un solo ser en la tierra que le quiera a uno, ¿será posible la supervivencia? ¿Lo has pensado alguna vez? Estar solo en el mundo. Pero absolutamente solo, no hablo de esa soledad que tú sientes propia e intransferible y que de vez en cuando todos sentimos, rodeados de gente sin rostros ni voz. Hablo de la soledad total y real. Cuando ya no quede nadie a quien le importemos.

Que no llegue ese día.

Y, en fin, que lo perdí todo. Lo que llevaba escrito, digo. Pero no es un mal día. Me he levantado de buen humor. Y no voy a dejar que este puñetero ordenador de mierda me lo estropee.

Procedo a estampar el monitor contra el duro suelo.

Procedimiento concluido.

’Es verdad’, del Reconstrucción, de Deluxe, ¡de qué otro disco podría hablar yo! He escuchado atentamente todas las canciones del disco decenas de veces, ya he indicado que desde hace varios meses (desde que lo conocí, a temprana edad) el disco no sale del equipo de música de mi coche sospechosoliente, pero no fue hasta la semana pasada (y por casusalidad) que me di cuenta de que esta canción es MI canción. Tantos días gritando ’Quemas’, la maravillosa y comercial ’Adiós corazón’, ’Tendrás que hacerlo mejor’, tratando de encontrar las coincidencias de cada estrofa con mi experiencia personal, con esta historia nuestra reciente... cuando en realidad MI canción estaba ahí, esperando paciente que la encontrase, escondida mimosa.

’Es verdad’, canción de superación, de vencer la batalla. Canción de la batalla ya vencida, más bien. Y tú no eres la batalla, María, en absoluto. La lucha la tengo yo aquí dentro. Pero venceré. Lo dice la canción.

Y qué manera tan elegante de despedirse tras la guerra, sólo eres la estela de mis planes buenos, podrías haber sido mis planes buenos pero no quisiste. Traté de tenerlo todo en mi exceso de ingenuidad y euforia, durante el pequeño incendio; y al final obtuve lo que me merecía: nada. Quedaron sólo cenizas. Pero lo superaré. Olvidaré el rencor y el temor, dejarás de ser la huella que traté de seguir, dejarás de ser la pena y el dolor y el frío (ni la duda de un posible encuentro, ¡ay!), y cuando lo consiga te seguiré queriendo y será magnífico hacerlo sin todas esas cargas. El cariño y el aprecio que siento por ti son abundantes, incondicionales y eternos, por experiencias pasadas sé que es complicado que me dejes demostrártelo, pero es así y es así.

Y por ahora nada más, te dejo con la letra de esta hermosísima canción, ahora que aún me encuentro animado y contento (la inercia del despertar) CONFIESO que me encantaría verte y abrazarte. Muy fuerte. Sin tener que cerrar los ojos...

Es verdad.

Es verdad que sólo eres la estela de mis planes buenos,
tan sólo las ruinas de un palacio viejo, es verdad,
tan sólo eres las flores de un jardín desierto, es verdad,
tan sólo los peces de un estanque seco,
tan sólo los peces de un estanque seco.

Es verdad, ya no eres ni la pena ni el dolor ni el frío,
ya no eres ni la duda de un posible encuentro, es verdad,
tan sólo las cenizas de quererlo todo, es verdad,
tan sólo los residuos de un dolor perdido,
tan sólo los residuos de un dolor perdido.

Es verdad, tan sólo los residuos de no tener nada,
tan sólo el humo de un pequeño incendio, es verdad,
tan sólo las ganas de creer en todo, es verdad,
tan sólo el eco de no tener nada,
tan sólo los residuos de quererlo todo.

Es verdad, ya no eres ni los posos de esta gran botella,
ya no eres ni el rencor ni el temor ni la huella, es verdad,
tan sólo eres el polvo de un salón vacío, es verdad,
tan sólo el silbido de aquel viento frío,
tan sólo el silbido de aquel viento frío.

Es verdad que sólo eres la estela de mis planes buenos...

No es posible, ¡me ha pasado otra vez! ¡Me he quedado sin tropecientas líneas magníficas! ¡NOOOOOOOOOOOO!

Te decía: ¡ojalá me escribieras hoy! Porque hoy estoy contento, porque hoy me siento bien. ¡Porque te contaría tantas cosas! Todas las que quisieras, y más aún. Y trataría de hacer muchas gracias, de esas que no hacen ninguna gracia, esas que domino. ¡Soy un sosete!

Me dejó mal sabor de boca nuestro último cruce de correos María, te sentí otra vez fría, como en los malos viejos tiempos. No estaba siendo así últimamente, seguro que te sentó algo mal de lo que te escribí, fui un poco (de nuevo) excesivo. Me doy cuenta ahora pero no mientras escribía, lo hice dejándome llevar y de tan liberal y generoso supongo que terminé desbordando. Te ofrecí mi piso sin condiciones ni explicaciones ni tiempo, ni siquiera tendrías que ver mi jeta para conseguir las llaves. ¿Estaría intentando comprarte? ¿Tú qué crees? No contento con eso, también mencioné mi intención de regalarle un par de comics a tu sobrina. De hecho ya están dedicados, o sólo uno pero ambos forman parte del lote, de manera que es como si ya estuviera ofrendado, imposible dar marcha atrás. También le cogí un cariño enorme a tu sobrina, me encantaba saber de ella casi a diario, me parecía conocerla tanto, la desconocía tantísimo... La princesa japonesa, mi artista preferida, echo mucho de menos saber de ti...

También a ti te echo de menos tonta, no te celes. Mi niña pequeña, la princesa de El Entrego que se vuelve torpe cada vez que de allí sale y tropieza con mesas y columnas, qué delicia de golpes... cómo me gustaba verte marchar, verte regresar, observarte de reojo cuando te levantabas o volvías a posar el culo (con perdón), me encantaba tu manera de moverte. ¿Recuerdas aquellos secretos míos que quedaron sin contarse? Un par de ellos al menos, seguro que irían en aumento pero en principio dos, que sin prisas ni complejos querían ser desvelados en la intimidad. Uno te habría resultado muy sorprendente; el otro era una especie de cuento, érase una vez un triste coboliano arrebatado por dos ojos fugaces, y toda la historia posterior, creo que te hubiese gustado escucharlo. Había una parte amplia en que me dedicaba a relatar cómo me embelesaba verte en movimiento, caminando con esa especie de baile a saltitos, fascinado por tu forma de fluir... Es lo que más recuerdo, es lo que más me entristece recordar por resultar tan inalcanzables: tus movimientos, tus inercias... tus gestos. Aquellos ojitos astutos y coquetos que se disparaban al cielo con un brillo de miel tras algún beso robado... ¡Dios mío!

Espero que no te molestase nada de lo que te escribí María, de ser así te pido mil disculpas. También te mencioné que prefería que no me enviases más fotos tuyas hasta que volvieras a aparecer, que me ponía triste... tan guapa, tan apetecible; tan lejana. Esto debes comprenderlo.

No sé qué más te estaba escribiendo... No importa, cualquier cosa. Sólo quería decirte que estaría genial que me escribieses hoy. Tal vez... antes teníamos una conexión especial, ¿no? A ver si funciona como antes, pensaré muy muy fuerte y quizá... mmmmmmmmmmppppfffffffff... ya está... ¿sentiste algo?

Cuando leas esto, varios meses después, trata de recordar si un día cualquiera, probablemente disfrutando tú de cacahuetes y café en una terraza soleada, te vine a la cabeza sin venir a cuento.

No te olvides de mí, ¿vale?

Para Lucía.

Lucía se llamaba mi abuela, un nombre precioso, a pesar de que de tanto oírlo se le vuelve a uno inevitablemente común. Ya no lo oigo tanto. ¿Sabes una cosa María? Sigo pasándolo mal con esto, también. Después de tanto tiempo. Pero supongo que a este exceso de recuerdo contribuye también la pléyade de problemas, es curioso pero el golpe en la cabeza no empequeñece el dolor en el pié, sino que logra que los dos daños aparezcan cada vez más nítidos y más graves.

¡Si sólo existiesen dos dolores!

’Santa Lucía’, ¿te acuerdas? De Miguel Ríos. Una de esas canciones clásicas y atemporales, creo que me vino a la cabeza cuando me mencionaste ’Lucía’ de Serrat, también preciosa. Hablábamos de mi abuela, sin duda. ’Santa Lucía’, ¡qué hermosa letra! Me impresionó la similitud que yo le encontraba con nuestra situación, impaciente por verte (en aquel momento aún no nos habíamos reencontrado), preguntándome si sucedería algún día... sabiendo todo acerca de ti pero en realidad sin conocerte, éramos sólo palabras en la distancia, no voz ni gestos ni tacto. Vamos a vernos, poquito a poco, María, por favor...

Pero no fui poco a poco, no supe hacerlo. Lo confieso. Tuve mi oportunidad, no la aproveché.

¿Tuve mi oportunidad?

Deberías haberme concedido una oportunidad real. Lo habría hecho bien. Habríamos pasado buenos momentos juntos, es de lo que se trata, ¿no?

Creo que también te llamó la atención la letra, creo que incluso me preguntaste: ’¿Te recuerdo a ti?’, fue gracioso. De esa época, tan lejana, en que yo te hacía gracia y las cosas que te decía te hacían gracia y juntos tonteábamos con ingenuidad.

Santa Lucía.

A menudo me recuerdas a alguien.
Tu sonrisa la imagino sin miedo.
Invadido por la ausencia
me devora la impaciencia.
Me pregunto si algún día te veré.

Ya sé todo de tu vida y sin embargo
no conozco ni un detalle de ti.
El teléfono es muy frío
tus llamadas son muy pocas.
Yo sí quiero conocerte y tú no a mí.
Por favor...

Dame una cita, vamos al parque
entra en mi vida sin anunciarte.
Abre las puertas, cierra los ojos
vamos a vernos poquito a poco.
Dame tus manos, siente las mías
como dos ciegos, santa Lucía
santa Lucía
santa Lucía.

A menudo me recuerdas a mí.

La primera vez pensé se ha equivocado.
La segunda vez no supe qué decir.
Las demás me dabas miedo
tanto loco que anda suelto
y ahora sé que no podría vivir sin ti.
Por favor...

Dame una cita, vamos al parque
entra en mi vida sin anunciarte.
Abre las puertas, cierra los ojos
vamos a vernos poquito a poco.
Dame tus manos, siente las mías
como dos ciegos, santa Lucía
santa Lucía
santa Lucía.

A menudo me recuerdas a mí.

Confesiones (II).

Una de las escenas que produjo mayor deterioro en mis ánimos, una de las que más dolió (hubo muchas que causaron pequeños daños, pero las graves se perfilaron precisas en el momento exacto), fue la que aconteció tras la boda de mi ex en la provincia de Madrid. Fin de semana de viaje, de coche que se mueve como una barca, de calor, de pintas tal vez no demasiado elegantes para tratarse de tal boda, de cámaras y de sensaciones, también de mujeres si hubiese querido (digo en plural y digo bien) pero ni quise ni querré en un buen período de tiempo, éste es uno de los efectos secundarios, un movimiento reflejo de autodefensa: cómo seguir deseando féminas tras finalizar cada historia sufriendo de esta manera. No merece la pena, eso es lo que cree el mecanismo al que llamaremos ’que-las-den-por-culo’, me gusta el laísmo.

A la boda llevé mi cámara con el único fin de sacar fotos y vídeos que después enseñar a María, especialmente vídeos del coro rociero que yo escuchaba por vez primera en mi vida y a ella tanto le gustaba. Reconozco que el puñetero coro consiguió encresparme ciertas partículas epidérmicas y también algo por dentro, especialmente al comprobar cómo lo vivía la novia. Grabé todas sus actuaciones (las del coro), desde lejos y con no muy buena calidad, más bien pésima, tanto de vídeo como de audio; pero hice lo que pude, pensando en María. Grabé algún vídeo más de los momentos especiales en la ceremonia, el banquete, el baile... Para las fotos dejé como encargado a un joven amigo, resultado horrible pero tampoco necesitaba mucho más.

En cuanto a María, durante la semana posterior me dediqué a relatarle todo cuanto había acontecido durante el fin de semana, con pelos y señales, sin omitir detalles ni reparar en gastos. Ella no contestaba mucho pero le sobrepasaba el trabajo, y además se disculpó alguna vez, así que todo fue perfecto. Incluso se interesó por algún detalle, como el de la amiga de la novia que quiso algo conmigo. El simple hecho de que se interesase por algo relacionado conmigo me hacía sentir bien, así que los primeros días de esa semana la comunicación entre ambos llegó a ser agradable y confiada. No como en los viejos tiempos, ni muchísimo menos, pero el tener algo concreto de lo que hablar nos animó un poco. Le envié fotos e hizo algún comentario por lo alto, no tantos como ella misma decía querer hacer pero en cualquier caso estuvo bien. Los vídeos pesaban mucho para pasárselos por correo, así que los subí a internet, y después de una tarde entera para conseguir hacerlo (cambiándolos de formato, de resolución; luego subiéndolos con gran lentitud) le mandé el enlace una tarde, probablemente la del martes. Al día siguiente ella me preguntó dónde estaban los vídeos prometidos, le conté y entonces ella me refirió que tenía el ordenador de casa estropeado y que para conectar el portátil del trabajo tenía que hacer horas extra enganchando y desenganchando claves y no le apetecía, pero que tenía ganas de ver los vídeos y lo haría el fin de semana, llevaría el portátil para poder hacerlo. El resto de la semana siguió con buen tono por la inercia, yo esperando con ansias que llegasen los últimos días para que viese los vídeos y me contase: tanto esfuerzo, tesón y buenos deseos había puesto yo con ese único anhelo.

Llegó el fin de semana. Ninguna noticia suya desde primera hora del viernes. Pasó el fin de semana. El lunes mi habitual correo de buenos días, llego al trabajo una hora antes que ella. No mencioné el asunto, obviamente, esperaba que lo hiciera ella, no estaba yo muy orgulloso de los vídeos pero suponía que los valoraría (o si no los vídeos al menos mi esfuerzo) de alguna forma, la semana anterior incluso había insistido así que al menos parecía sentir cierto apetito.

No hubo ningún comentario al respecto. Ni el lunes ni el martes ni nunca.

No le dije nada, debía salir de ella. Los había visto o no los había visto, quién sabe, en cualquier caso los estimó de tan poco valor como para pasar de ellos. O de mí. Y mi autoestima, agonizante, agonizaba.

Confieso que me dolió, confieso que en esos momentos fue cuando se hizo plenamente evidente que debía hacer algo para que nuestra relación (nuestra comunicación, apenas ya eso), ya en penumbra, no se oscureciese por completo. Continué aún un par de semanas más, el último golpe de riñón para salvar algo mientras me retorcía sufriendo y ella no se daba ni cuenta, pero ya estaba claro el camino por el que marchaban las cosas: ya sólo me dedicaba diez minutos, de lunes a viernes. Diez minutos de funcionario, que ella cumplía como un compromiso. Yo era capaz de visualizarla resoplando cada mañana ante mi correo, sin prestar demasiada atención a lo que yo le contaba, relatándome con brevedad sus andanzas de la jornada o del fin de semana anterior. ¿Que iba a Gijón y salía por lugares semejantes a los míos? Yo sólo me podría enterar el lunes siguiente. Esto no me extrañaba, obviamente, hacía meses que esto estaba siendo así. Pero eso no hacía que fuera más sencillo.

Confieso que me dolía cuando me daba cuenta de que ella no quería verme. Peor aún: quería no verme. Y fue así casi desde el principio. O desde el mismísimo principio. El 4 de enero, día después-de: yo llevé el coche al trabajo, de haber surgido la oportunidad le habría sugerido la posibilidad de acercarme hasta donde estuviese para compartir un café, no hubo caso, no pasaba nada. Pero se lo comenté después, mientras chateábamos de tarde en casa: ’¿Sabes?, me hubiera gustado pasar por allí a tomar un café contigo, llevé el coche así que no hubiera resultado difícil’; esperando que ella manifestase cierto ligerísimo entusiasmo, al menos. Silencio. Cambió de tema. Se lo repetí, tal vez había pasado por alto la línea en que se lo escribía, esas cosas pasan en los chat. Pero no. Silencio. Siguió hablando de otras cosas.

Esa fue la primera vez, bien temprano. No le di mayor importancia, menos aún cuando aquella misma noche, ella de fiesta, me envió un mensaje de madrugada comentando que sus amigas la picaban diciéndola que yo debería estar allí, y que ella era de la misma opinión.

Confieso que aquel mismo fin de semana volví a equivocarme, tan pronto: tras un cambio inesperado en el tono de sus palabras (infinitamente menos cálido) le comenté que le echaba de menos. ’Estoy aquí, tranquilo, sé que es la noche la que hace que uno piense esas cosas’.

Aún se lo mencioné una vez más, un par de semanas después. No respondió nada.

Fueron también dos, tal vez tres, las veces en que le escribí: ’Quiero verte’. Silencios o cambios de tema.

Aún así la vi dos fines de semana consecutivos, los dos siguientes de enero, ella quedaba con su amiga (mi compañera de trabajo) en Gijón y yo con algún amigo y todos nos reuníamos a media noche. Creo que nos lo pasábamos muy bien juntos, ella (o su confusión, esa que no sabe si solucionar o no) no debió creer lo mismo.

Un par de semanas después parecían volver a alinearse los astros para permitir vernos: ella tenía cena un viernes en Gijón con sus compañeros de trabajo, tras la cena bajarían a tomar alguna copa por los bares céntricos, podríamos vernos un momento, yo creía que era una buena idea. Desde luego ella no parecía muy entusiasmada, pero nunca parecía muy entusiasmada y de todas formas no puso ninguna pega. Hasta un par de día antes, o el mismo día anterior: el sábado por la mañana tenía que cuidar de su sobrina, así que debería regresar pronto a casa. No podríamos vernos, pero no era eso lo que le fastidiaba, sino el hecho de no poder salir a su aire sin tener que estar pendiente de otros asuntos, lo dejó claro. Yo entendí la situación, comprendí su malestar y traté de mostrar cierta empatía (’De cualquier forma espero que te lo pases muy bien’), no me tomé nada a mal porque no había nada que tomar a mal, no tenía que ver conmigo.

Confieso que, después de aquello, me sentí un poco idiota. Sigo sin pensar que lo de su sobrina era una excusa para perderme de vista, no me entra en la cabeza algo así, no tenía sentido y hubiera entendido perfectamente que me hubiera dicho: ’Es mejor que no nos veamos, no sé dónde querrán ir mis compañeros y prefiero pasármelo bien con ellos sin más, ya tendremos otras ocasiones para quedar’, era uno de esos días en que ella debía pasarlo bien sin tener otras preocupaciones en la cabeza, tras una semana de duro trabajo, y yo no sólo comprendía que con sus compañeros se lo iba a pasar estupendamente bien sino que deseaba que fuese así, sin más complicaciones.

Pero me sentí un poco idiota, fue inevitable. Tras aquella noche me contó que habían estado hasta tardísimo por Gijón, hasta las seis. Que lo habían pasado muy bien, bebiendo mucho y riéndose más. Perfecto, eso era lo que yo quería para ella. Pero me sentí un poco idiota. Porque finalmente no marchó pronto de Gijón, porque tuvo todo el tiempo del mundo para verme si lo hubiese deseado, porque aunque nada de lo que me dijo sonó a excusa para no quedar conmigo finalmente quedó claro que ni le apetecía demasiado hacerlo, ni pensaba que conmigo se lo pasaba tan bien como con sus compañeros, ni se le pasó por la cabeza que mereciese la pena tranquilizarme (’No pasa nada, ya quedaremos, ayer lo pasé muy bien con mis amigos’) - algo tan sencillo. Tuve la sensación de que no se atrevía a decírmelo, que le parecía que yo me lo iba a tomar mal, y que por eso sencillamente no me decía nada... Sensación semejante a la que tengo ahora, por otra parte. O eso o la indiferencia, tanto antes como ahora.

De forma que a partir de ahí ya me resultaba imposible tratar de quedar con ella. Decírselo directamente parecía encaminarme al fracaso, como indicaba el último intento. Y las indirectas tampoco parecían servir de nada bueno. Así que, a pesar de la impaciencia de mis ansias adolescentes, a pesar de mis deseos difíciles de controlar, a pesar del dolor que suponía comprobar que ella no sentía en absoluto nada de eso, sencillamente me dediqué a esforzarme por resultar agradable desde la distancia y esperar a que quisiese concederme otra cita.

Hubo fortuna y el intento de mi compañera de trabajo (su amiga) por quedar con otros compañeros y ex-compañeros consiguió aquello que ya me iba pareciendo imposible (y que posteriormente me lo pareció aún más), y nos vimos en una cena. La noche horrible, ya hablé sobre ella. A punto estuvo de no llevarse a cabo la cena esa noche, ya que a última hora su padre tuvo problemas de espalda que casi la obligaron a quedarse con él: se hubiera pospuesto para otro día, aunque la premura con que nos avisó habría hecho difícil la cancelación.

Confieso que me preocupé sinceramente por su situación y la de su padre, le solicité que me mantuviera informado. No lo hizo, supongo que cansada por la multitud de cosas a las que, cierto es, debía prestar atención esos días. No obstante, confieso que el hecho de que no me hiciera mucho caso tampoco contribuyó a aumentar mi autoestima.

Noche horrible, confieso que la cagué. Si antes temía que pudiera ser así, después de aquello llegué a estar convencido de que ella no querría volver a quedar conmigo.

Sucedía que, anteriormente, tras cada ocasión en que quedábamos (a pesar de pasarlo bien), y no sé por qué extraño motivo, nos alejábamos un poco más. Así que después de aquella noche las cosas pintaban francamente mal.

Durante un mes no surgió la más remota posibilidad de vernos, no entraba dentro de las cosas de las que hablábamos. Ella cada vez se alejaba más, de forma que apenas nos escribíamos para darnos los buenos días. Yo ni siquiera sabía los fines de semana que ella pasaba en Gijón, seguramente hubo ocasiones en que compartimos zona sin saberlo.

Un domingo de marzo yo iba a ir al aeropuerto a despedir a mi ex que se casaba, y María pasaría por allí para coger otro avión también destino Madrid, una de sus semanas de trabajo madrileño. Parece que la coincidencia la animó, me escribió diciendo que estaría bien vernos en el aeropuerto, me sorprendió muchísimo y muy gratamente pero respondí con frialdad, ’Dependo de mi amigo, si finalmente pasamos por allí y estáis allí nos veremos’. No me parecía la mejor idea, vernos allí. Sobre todo porque era una de esas semanas en que uno se siente terriblemente feo, granudo y ojeroso y con la piel reseca y básicamente impresentable, confieso mi estupidez: a veces estas tonterías estéticas se convierten en un gran obstáculo para uno. Pero había otra razón, y era que, como mencioné antes, cada vez que nos veíamos las cosas parecían ir a peor. Si ya estábamos en las últimas aquello sería el finiquito. No obstante, si la única solución para que aquello no acabase era no vernos nunca más, en realidad no había solución.

Fui al aeropuerto, quedé con mi ex y mis amigos, me tomé un par de cervezas para eliminar alguna parte emborrachable de los nervios, me sorprendí al ver que María hacía todo lo posible por verme, me envió dos mensajes a los que (confieso) también respondí con frialdad, me llamó al móvil contándome que sus amigos querían verme... así que finalmente fui donde ella. Otra cerveza y básicamente estaba borracho, con tan poca cosa pero supongo que influiría la situación. Estuvimos juntos, a veces con sus amigos, a veces a solas, durante un buen rato, el suficiente como para olvidarme de mi ex y que se largase sin despedirnos, me fastidió no poder darle el abrazo que ella necesitaba, me fastidió mucho, me sentí repentinamente del otro lado, del lado de los que no saben apreciar ni querer, hice todo lo posible por quitarle hierro al asunto, incluso la llamé, pero (confieso) no me perdono haber actuado así.

Sucedía que María lo llenaba todo. Nos despedimos con un abrazo y cuatro besos, ebrio como estaba también me despedí de sus amigos tras rápida carrera. Fue breve y todo pasó pronto, pero creo que fue agradable, estuvimos cómodos. Al menos para mí lo fue, al menos yo lo estuve.

Aquella noche me escribió el mensaje prometido, muy tarde, la débil vibración de mi móvil no llegó a despertarme.

Todo aquello me hizo sentir bien, verla me entusiasmaba, y comprobar que entre nosotros seguía existiendo cierta conexión amable y afectuosa me tranquilizaba y, por qué no decirlo: aunque muy débilmente, me ilusionaba. Por otro lado era una ilusión expectante, a la espera: ya había experimentado con anterioridad los alejamientos de María, y podría volver a suceder lo mismo.

En efecto. Y peor que nunca. El fin del fin. Esa semana (aun cuando quedaban un par para la escena del principio de este texto) ella se presentó poco y mal, dejó de contestarme algún mensaje, y finalmente dejó de aparecer, dos días sin dar señales de vida... pero esto ya lo conté con anterioridad.

Confieso que me dediqué a la autocompasión, esa nueva enfermedad. Ésa que tan bien conoces, María.

Aquel fin de semana no quise aguantar más y me puse a confesarte cosas, y fue entonces cuando comenzaste a explicarte. Nada me habías comentado acerca de tu situación hasta aquel instante, y poco más me comentarías después de aquello, siempre tan encerrada en tu burbuja. ’Me siento muy sola, pienso mucho en mi ex, estoy confusa, necesito centrarme y sólo yo puedo hacerlo, nadie me puede ayudar’.

Y fin, eso es todo lo que sé. Eso respecto de ti, que te sentías muy sola y además confundida, que estabas muy mal, que aún lo estás, no lo sé, hace tanto tiempo que no sé nada de ti... Y respecto de mí, o de lo nuestro: que te agobié (una vez incluso me comentaste que la única vez que sentiste el agobio fue la semana siguiente a nuestro primer encuentro, cuando me atreví a decirte que te sentía fría y lejana; supongo que no agobiada por esas palabras sencillas sino por el hecho de parecer estar yo constantemente encima tuyo tratando de controlar demasiadas cosas, eso lo comprendo), que te sentías bien conmigo (estas son todas las palabras bonitas que me has dedicado en seis meses) pero que necesitabas aclararte...

Confieso estar convencido de que en cuanto a mí no necesitas aclarar nada, bastante bien sabes y has sabido en qué lugar quieres que esté yo.

Y sigo confesando que me fastidia el silencio con el que me contestas y me duele que me aprecies tan poco como para utilizar semejante método. 'Ya se olvidará, ya se le pasará'... como te has olvidado, como se te ha pasado a ti, ¿no es eso?

Pues no. No es eso.


Confieso que no es la clase de confesiones que me proponía realizar, quería poner de manifiesto mis faltas y mis culpas, revelar mis miedos. Pero cada ’confieso’ parece metido con calzador. Es el día, son los días. Son malos tiempos en muchos aspectos, en casi todos. También en éste, vuelvo a pensar demasiado en María. Y duele. Surgen pensamientos en mi cabeza, apenas puedo dirigirlos, sobre todo durante la vigilia. Y escribo sobre ello, no hay más. Me gustaría contar alegrías pero no me salen. Ya lo harán en su momento, y será bueno. Me gustaría relatar mis miserias sin titubeos, pero supongo que ahora mismo tampoco es la mejor de las ideas. Y, sin embargo, es posible que la mayor parte de ellas, aunque no en la forma prevista, ya hayan quedado reflejadas en estos dos últimos textos.

Y nada más. Malos tiempos. Ésos que, según parece, no terminarán nunca.

Confesiones (I).

Qué difícil resulta ver, a menudo, la viga en nuestro propio ojo, qué sencillo las faltas del ser ajeno. Tener siempre la razón, o más bien que el otro no la tenga, cuántas veces se convierte en nuestro mayor afán.

Y qué logra uno con ese deseo. "No mira estabas equivocado". Y qué. ¿Quieres que se sienta culpable? ¿Quieres que le duela? ¿Por qué? O mejor: ¿para qué? ¿Es una buena forma de lamerte las heridas? ¿Regocijarte con su duelo?

Es tan sencillo hacer daño... Causarlo sin ser esa nuestra intención sucede demasiado a menudo, en cierta medida sí existe culpa imputable, eso creo, por no querer ver más o no querer ver mejor, por negligencia las más de las veces; mas el simple hecho de carecer de propósito hacen posible el perdón y el olvido prontos. Pero provocarlo siendo conscientes, eso no, ahí no existe ninguna defensa posible.

No te estoy imputando nada, no me malinterpretes, todo lo contrario: me refiero a lo que de mis lamentos se pueda inferir. No quiero que mis múltiples palabras ásperas o amargas puedan llegar a hacer mella en tus ánimos, preferiría morir antes que hacerte daño, aunque suene teatrero, exagerado e infantil. En mi anhelo únicamente la posibilidad de que llegues a conocer en cierto modo cuál ha sido (o está siendo) el estado de mis emociones y de mi forma de pensar y especialmente sentir en cuanto a esta historia.

Desde luego todo esto tiene una pinta de exageración terrible, me doy perfecta cuenta, cómo es posible que se digan tantas cosas respecto de una relación en que las dos personas sólo han compartido compañía y presencia en tres o cuatro momentos puntuales. Sencillamente porque para mí, por desgracia, fue mucho más que eso. Fue mucho más que tres o cuatro momentos compartidos. Caí, caí del todo, caí demasiado y sin darme cuenta, uno no toma parte en estas cosas que le suceden. La última vez que nos vimos en Gijón, en aquella cena que derivó en la peor noche posible: cuando te vi aparecer me temblaron las piernas, el resto de personas se volvieron figurillas confusas e indefinidas; y fue hermoso. Durante la cena, en la mesa, sentía unas ganas infinitas de mirarte, los ojos, la sonrisa en cada diente perlado; y el miedo igualmente infinito: vértigo.

Así que lo mío fue vértigo y caída, desde demasiado pronto pero uno no puede evitar esta clase de cosas, le suceden y casi asiste como espectador, asustado y entumecido, incapaz de reaccionar.

De modo que sólo tres o cuatro citas y tal vez sí resulte excesivo todo esto que en mí ya se había provocado, pero es lo que hay. Sé que mis excesos también te asustaron en su día, hicieron que retrocedieras, finalmente incluso te provocaron repulsa; y mientras tanto yo tratando de hacerme perdonar los excesos con nuevos excesos, de otro tipo pero excesos al fin y al cabo.

Qué sé yo María, asustado y entumecido. Torpe.

El mayor de los ejemplos fue, precisamente, el de aquella noche horrible. La cena no estuvo mal, las primeras cervezas con todos juntos tampoco, pero en cuanto se fue la figura que no debía ver ni saber y me sentí libre para actuar se fue todo a tomar por culo. Al principio sólo fueron miradas, risas, alguna canción, pero pronto empezaron mis toqueteos y mis persecuciones. Y de repente lo quise hacer todo: besarte, acariciarte, interrogarte... y todo con las ansias del adolescente. La charla se quedó en un par de minutos en que me dijiste que yo te agobiaba, que antes me lo contabas absolutamente todo pero ahora ya no era posible por alguna razón (que al parecer yo debía conocer) relacionada con el hecho de haber pasado algún tiempo juntos, y que te sentías bien conmigo pero... Acabó muy pronto, la charla, tan incómoda y nerviosa te sentí. Luego seguimos, te dije, vamos a otro bar y continuamos hablando, era lo que necesitábamos. Mientras tanto siguió pasando el tiempo y mis manos en tu cintura y tu gesto de asco (qué mal me sentí, qué espantoso darse cuenta de algo así), y tus manos separando las mías, y tus labios tratando de alejarse de los pegajosos míos. Cómo no ibas a querer marcharte, y si yo no me hubiese hallado irremediablemente hundido en aquella niebla de confusión y desequilibrio también habría deseado finalizar aquello a tiempo para no acabar de fastidiarlo todo.

Claro que supongo que ya todo estaba lo suficientemente estropeado.

De qué forma tan asquerosamente equivocada actué después, mientras nos dirigíamos a la despedida, solicitándote más tiempo y más caricias y más besos...

¡Si sólo pudiese borrar aquella noche! Entonces estaríamos exactamente igual que estamos ahora, pero al menos no se hallarían tantas faltas en mi debe. Esa clase de faltas que además, cuando uno echa la vista atrás, se vuelven mucho más desagradables de lo que en realidad fueron.


Pero hoy pretendía confesarme...

Confieso que me equivoqué muchísimas veces al darme cuenta de mis errores y tratar de solucionarlo ocultándolos en las más de las ocasiones. Era cierto cuando algunas veces me decías: ’Hoy estás demasiado serio’, o: ’Hoy te encuentro raro, no sueltas gracias’, y yo lo negaba o me disculpaba diciendo ’Es el día’. Y efectivamente era el día, pero como bien sospechabas muchas veces esos días eran tristes y oscuros porque sencillamente te veía lejísimos.

Confieso que desde el 4 de enero de 2008 creía que estaba haciendo algo mal contigo, pero no sabía el qué. De forma que trataba de hacerme perdonar de todas las formas posibles, y lo único que lograba era parecer más pesado y resultar más agobiante. Pensaba: ’Bueno está claro que no me estoy sabiendo hacer querer pero seguro que si lo hago bien lo conseguiré sólo es cuestión de dar con la forma correcta’, y me esforzaba y continuaba intentándolo y el resultado fue el exceso que terminó por agotarte.

Confieso que cada vez que hablabas acerca de alguno de tus amigos o compañeros (masculinos y femeninos, singulares y plurales) y mencionabas cuánto les ibas a echar o efectivamente echabas ya de menos, o cómo quedabais sencillamente para charlar y tomar algo, o cuánto les querías y cómo te gustaría decírselo pero no te atreverías sin beber antes lo suficiente, o cómo llorarías con su marcha, o lo cómoda o comprendida que te sentías en su presencia, o cuánto deseabas que llegase cierto instante para pasarlo bien juntos... a mí se me movía algo por dentro. Porque a mí nunca me dedicabas palabras así, y la causa no era que nunca le dedicases a nadie palabras así.

Confieso que me entristecía que casi nunca me preguntaras qué tal estaba, qué penas y qué alegrías poblaban mi mundo y cómo iban evolucionando.

Confieso, en fin, que sintiéndome triste y confuso en demasiadas ocasiones actué mal, fui injusto y compartí la amargura contigo. De forma que en lugar de ser la pomada ligera que decía pretender ser, en realidad era dedo extendido y reproche. Por el simple hecho de sentirme mal al final conseguía hacerte sentir mal a ti. Lo lamento, lo siento muchísimo. Pero no hay excusa. No tenía que haber sido así.

Hay muchas más confesiones pendientes, pero hoy no es día. Ni para confesar ni para ninguna otra cosa. Apatía. Estoy cansado. Salió el sol, pero no veo el sol por ninguna parte. No quiero bailar, no quiero cantar. No quiero sonreír. Sólo quiero que acabe este día. Que acaben los no-días.

Por favor.

 

(No tiene nada que ver contigo. No tiene nada que ver con nadie. Confieso que a menudo también es sencillo malinterpretarme.)

Ábacos exterminadores al otro lado del mundo.

Y el animal herido sacó sus garras y a su vez hirió, acto instintivo e involuntario...

Por todo lo escrito hasta ahora parece que pretendo decir que eres la peor persona, el ser más terriblemente inicuo que ha existido nunca en el universo. Hablando de ti desde la amargura... Pero es que estoy herido, compréndeme. Debo exorcizar mis demonios, creo que lo necesito, y cuando al fin me halle libre de ellos podré tal vez abordarte con un tono distinto al que, lo reconozco, he utilizado los últimos seis meses. Un tono libre de miedos y rencores y ruinas. Y es que existe un pequeño problema en mi caso, tú me lo conoces: apenas soy capaz de criticar a alguien cuando hablo de él con otra persona. Así que todo este tiempo, estos meses en que me he sentido dolido y triste, he hablado con mucha gente acerca de ti, acerca de lo que me ha sucedido contigo... pero nunca he sido capaz de dar vía libre a estos seres interiores, nunca hablé mal de ti, nunca mencioné las actitudes que en ti me amargaban, salvo tal vez en un caso (en que mencioné el egoísmo de tu silencio) pero fue demasiado breve como para expulsarlo todo. El resto de las ocasiones, cuando escribía a alguien o alguna noche de alcohol y confidencias en que contaba mi historia a algún amigo, normalmente yo me describía como el baboso agobiante que no sabe actuar y a ti como la chica que sencillamente no se siente interesada.

Lo cual, en realidad, es exactamente lo que pienso.

Pero necesitaba soltar un poco de este lastre amargo, de esta hiel, y me resulta mucho más sencillo si no hay interlocutor. Creo que todavía queda un poco por ahí dentro así que si suelto un poco más no te lo tomes a mal, es parte de la terapia (cuyos resultados serán beneficiosos para todos, ya verás) y en cualquier caso seré siempre sincero. Mejor que pagarme un psicoanalista...

Estoy pensando que me gustaría hablar contigo, uno de esos discursitos míos preparados de antemano, como el que te solté aquella vez, ya sabes. Básicamente querría decirte lo luminosa e ilusionante que conseguiste que fuese una etapa de mi vida especialmente difícil, agradecértelo, pedirte perdón por todo lo que te haya podido molestar en mi actitud (sé que no he sabido actuar en algunos casos), explicarte cuánto te aprecio, el tremendo cariño que te he cogido, y que eso no cambiará, seguirá estando ahí, que mi mayor deseo es que todo te vaya muy bien en todos los aspectos de la vida, que esa preciosa sonrisa resplandezca siempre completa hasta llenarte de arrugas - así que básicamente deseo que acabes con la cara llena de arrugas, ¡vaya!, lo que se suele desear a quien quieres ¿no? -. Que no pasa nada porque no te apetezca estar conmigo, c’est la vie, no puedo obligarte porque estás más cachas que yo (maldito gimnasio); pero no me gusta un pelo este silencio con el que tratas de escurrir el bulto, no es manera de dar carpetazo al asunto, y yo ya no voy a permitir más despedidas sin su ’adiós’ o su ’hasta pronto’ y su abrazo correspondiente, ya he sufrido alguna y luego te queda la sonrisa tonta en los encuentros casuales futuros y una bola en el estómago para siempre, como cuando (según todas las madres del mundo) comes tres o más de tres bolsas de gusanitos (risi, aunque los rufinos ¡mmmmmmmmm!; y los triskis al jamón tía). Así que como tardes un poco más al final voy a ser yo el que te vaya a buscar una tarde por sorpresa a la salida del curro y te suelte todo esto de nuevo y te dé un abrazo delante de todos tus compañeros, tú verás. Y sí, es una amenaza. Una amenaza terrible.

Me encantaría ser capaz de decirte todo esto a la cara, llegarme cualquier día hasta donde estés y soltártelo de buenas maneras, sería breve ("seré breve"), pero no me atrevo, esta maldita cobardía mía... Otra opción sería desarrollarlo más y escribirte una carta, pero tal vez te parezca un poco excesivo, he pecado por exceso contigo ya demasiadas veces. Y si te lo digo por correo electrónico quizá te parezca fuera de lugar... yo qué sé. No debería ser complicado, pero me lo monto yo para que lo parezca, como de costumbre.

Hoy iba a dedicarme a escribir mis Confesiones ("confieso que..."), mis faltas y errores en todo este tiempo, ¡podría contar tantas!, pero seré benevolente... o eso espero, cuando me pongo conmigo al final acabo ensañándome siempre. Pero creo que las dejaré para otro día, el lunes quizá. Hoy me siento bien tal y como están las cosas, habiendo escrito lo que he escrito, y nada más.

Acabo de enterarme (evidentemente no por ti) de que coges las vacaciones el mismo día que yo, boda y después viaje al sur, regreso a tu juventud de playas y fiestas, no tienes ni idea de cómo me excita (un poco menos que el sueño del bus del otro día, no obstante; en otro sentido más bien) saberlo, tener la sensación de que dejarás atrás todos los males y llegarás al mar en el otro extremo del mundo y volverán los días y las noches de entusiasmo y cerveza y música y arena en el pelo. Me encanta imaginarte entusiasmada y sonriente. Sé que será así.

Epílogo musical: mientras estaba escribiendo lo que escribí anteriormente la canción que rondaba mi cabecita era... ¡tachán! ’19 días y 500 noches’, de Joaquín Sabina (lo menciono completo por si los derechos de autor o qué sé yo, que esto es público leches), ¿estaba claro no?.

19 DÍAS Y 500 NOCHES

Lo nuestro duró
lo que duran dos peces de hielo
en un güisqui on the rocks.
En vez de fingir
o estrellarme una copa de celos
le dio por reír.
De pronto me vi
como un perro de nadie
ladrando a las puertas del cielo.
Me dejó un neceser con agravios
la miel en los labios
y escarcha en el pelo.

Tenían razón
mis amantes
en eso de que antes
el malo era yo,
con una excepción:
esta vez
yo quería quererla querer
y ella no.
Así que se fue
me dejó el corazón
en los huesos
y yo de rodillas.
Desde el taxi
y haciendo un exceso
me tiró dos besos
uno por mejilla.

Y regresé
a la maldición
del cajón sin su ropa
a la perdición
de los bares de copas
a las cenicientas
de saldo y esquina
y por esas ventas
del fino Laína
pagando las cuentas
de gente sin alma
que pierde la calma
con la cocaína
volviéndome loco
derrochando
la bolsa y la vida
la fui poco a poco
dando por perdida.

Y eso que yo
para no agobiar con
flores a María
para no asediarla
con mi antología
de sábanas frías
y alcobas vacías
para no comprarla
con bisutería
ni ser el fantoche
que va en romería
con la cofradía
del Santo Reproche
tanto la quería
que tardé en aprender
a olvidarla diecinueve días
y quinientas noches.

Dijo hola y adiós
y el portazo sonó
como un signo de interrogación.
Sospecho que así
se vengaba a través del olvido
Cupido de mí.
No pido perdón
¿para qué? si me va a perdonar
porque ya no le importa.
Siempre tuvo la frente muy alta
la lengua muy larga
y la falda muy corta.

Me abandonó
como se abandonan
los zapatos viejos
destrozó el cristal
de mis gafas de lejos
sacó del espejo
su vivo retrato
y fui tan torero
por los callejones
del juego y el vino,
que ayer el portero
me echó del casino
de Torrelodones.
Qué pena tan grande
negaría el Santo Sacramento
en el mismo momento
que ella me lo mande.

Y eso que yo
para no agobiar con
flores a María
para no asediarla
con mi antología
de sábanas frías
y alcobas vacías
para no comprarla
con bisutería
ni ser el fantoche
que va en romería
con la cofradía
del Santo Reproche
tanto la quería
que tardé en aprender
a olvidarla diecinueve días
y quinientas noches.