Blogia
decirleamaria

Confesiones (I).

Qué difícil resulta ver, a menudo, la viga en nuestro propio ojo, qué sencillo las faltas del ser ajeno. Tener siempre la razón, o más bien que el otro no la tenga, cuántas veces se convierte en nuestro mayor afán.

Y qué logra uno con ese deseo. "No mira estabas equivocado". Y qué. ¿Quieres que se sienta culpable? ¿Quieres que le duela? ¿Por qué? O mejor: ¿para qué? ¿Es una buena forma de lamerte las heridas? ¿Regocijarte con su duelo?

Es tan sencillo hacer daño... Causarlo sin ser esa nuestra intención sucede demasiado a menudo, en cierta medida sí existe culpa imputable, eso creo, por no querer ver más o no querer ver mejor, por negligencia las más de las veces; mas el simple hecho de carecer de propósito hacen posible el perdón y el olvido prontos. Pero provocarlo siendo conscientes, eso no, ahí no existe ninguna defensa posible.

No te estoy imputando nada, no me malinterpretes, todo lo contrario: me refiero a lo que de mis lamentos se pueda inferir. No quiero que mis múltiples palabras ásperas o amargas puedan llegar a hacer mella en tus ánimos, preferiría morir antes que hacerte daño, aunque suene teatrero, exagerado e infantil. En mi anhelo únicamente la posibilidad de que llegues a conocer en cierto modo cuál ha sido (o está siendo) el estado de mis emociones y de mi forma de pensar y especialmente sentir en cuanto a esta historia.

Desde luego todo esto tiene una pinta de exageración terrible, me doy perfecta cuenta, cómo es posible que se digan tantas cosas respecto de una relación en que las dos personas sólo han compartido compañía y presencia en tres o cuatro momentos puntuales. Sencillamente porque para mí, por desgracia, fue mucho más que eso. Fue mucho más que tres o cuatro momentos compartidos. Caí, caí del todo, caí demasiado y sin darme cuenta, uno no toma parte en estas cosas que le suceden. La última vez que nos vimos en Gijón, en aquella cena que derivó en la peor noche posible: cuando te vi aparecer me temblaron las piernas, el resto de personas se volvieron figurillas confusas e indefinidas; y fue hermoso. Durante la cena, en la mesa, sentía unas ganas infinitas de mirarte, los ojos, la sonrisa en cada diente perlado; y el miedo igualmente infinito: vértigo.

Así que lo mío fue vértigo y caída, desde demasiado pronto pero uno no puede evitar esta clase de cosas, le suceden y casi asiste como espectador, asustado y entumecido, incapaz de reaccionar.

De modo que sólo tres o cuatro citas y tal vez sí resulte excesivo todo esto que en mí ya se había provocado, pero es lo que hay. Sé que mis excesos también te asustaron en su día, hicieron que retrocedieras, finalmente incluso te provocaron repulsa; y mientras tanto yo tratando de hacerme perdonar los excesos con nuevos excesos, de otro tipo pero excesos al fin y al cabo.

Qué sé yo María, asustado y entumecido. Torpe.

El mayor de los ejemplos fue, precisamente, el de aquella noche horrible. La cena no estuvo mal, las primeras cervezas con todos juntos tampoco, pero en cuanto se fue la figura que no debía ver ni saber y me sentí libre para actuar se fue todo a tomar por culo. Al principio sólo fueron miradas, risas, alguna canción, pero pronto empezaron mis toqueteos y mis persecuciones. Y de repente lo quise hacer todo: besarte, acariciarte, interrogarte... y todo con las ansias del adolescente. La charla se quedó en un par de minutos en que me dijiste que yo te agobiaba, que antes me lo contabas absolutamente todo pero ahora ya no era posible por alguna razón (que al parecer yo debía conocer) relacionada con el hecho de haber pasado algún tiempo juntos, y que te sentías bien conmigo pero... Acabó muy pronto, la charla, tan incómoda y nerviosa te sentí. Luego seguimos, te dije, vamos a otro bar y continuamos hablando, era lo que necesitábamos. Mientras tanto siguió pasando el tiempo y mis manos en tu cintura y tu gesto de asco (qué mal me sentí, qué espantoso darse cuenta de algo así), y tus manos separando las mías, y tus labios tratando de alejarse de los pegajosos míos. Cómo no ibas a querer marcharte, y si yo no me hubiese hallado irremediablemente hundido en aquella niebla de confusión y desequilibrio también habría deseado finalizar aquello a tiempo para no acabar de fastidiarlo todo.

Claro que supongo que ya todo estaba lo suficientemente estropeado.

De qué forma tan asquerosamente equivocada actué después, mientras nos dirigíamos a la despedida, solicitándote más tiempo y más caricias y más besos...

¡Si sólo pudiese borrar aquella noche! Entonces estaríamos exactamente igual que estamos ahora, pero al menos no se hallarían tantas faltas en mi debe. Esa clase de faltas que además, cuando uno echa la vista atrás, se vuelven mucho más desagradables de lo que en realidad fueron.


Pero hoy pretendía confesarme...

Confieso que me equivoqué muchísimas veces al darme cuenta de mis errores y tratar de solucionarlo ocultándolos en las más de las ocasiones. Era cierto cuando algunas veces me decías: ’Hoy estás demasiado serio’, o: ’Hoy te encuentro raro, no sueltas gracias’, y yo lo negaba o me disculpaba diciendo ’Es el día’. Y efectivamente era el día, pero como bien sospechabas muchas veces esos días eran tristes y oscuros porque sencillamente te veía lejísimos.

Confieso que desde el 4 de enero de 2008 creía que estaba haciendo algo mal contigo, pero no sabía el qué. De forma que trataba de hacerme perdonar de todas las formas posibles, y lo único que lograba era parecer más pesado y resultar más agobiante. Pensaba: ’Bueno está claro que no me estoy sabiendo hacer querer pero seguro que si lo hago bien lo conseguiré sólo es cuestión de dar con la forma correcta’, y me esforzaba y continuaba intentándolo y el resultado fue el exceso que terminó por agotarte.

Confieso que cada vez que hablabas acerca de alguno de tus amigos o compañeros (masculinos y femeninos, singulares y plurales) y mencionabas cuánto les ibas a echar o efectivamente echabas ya de menos, o cómo quedabais sencillamente para charlar y tomar algo, o cuánto les querías y cómo te gustaría decírselo pero no te atreverías sin beber antes lo suficiente, o cómo llorarías con su marcha, o lo cómoda o comprendida que te sentías en su presencia, o cuánto deseabas que llegase cierto instante para pasarlo bien juntos... a mí se me movía algo por dentro. Porque a mí nunca me dedicabas palabras así, y la causa no era que nunca le dedicases a nadie palabras así.

Confieso que me entristecía que casi nunca me preguntaras qué tal estaba, qué penas y qué alegrías poblaban mi mundo y cómo iban evolucionando.

Confieso, en fin, que sintiéndome triste y confuso en demasiadas ocasiones actué mal, fui injusto y compartí la amargura contigo. De forma que en lugar de ser la pomada ligera que decía pretender ser, en realidad era dedo extendido y reproche. Por el simple hecho de sentirme mal al final conseguía hacerte sentir mal a ti. Lo lamento, lo siento muchísimo. Pero no hay excusa. No tenía que haber sido así.

Hay muchas más confesiones pendientes, pero hoy no es día. Ni para confesar ni para ninguna otra cosa. Apatía. Estoy cansado. Salió el sol, pero no veo el sol por ninguna parte. No quiero bailar, no quiero cantar. No quiero sonreír. Sólo quiero que acabe este día. Que acaben los no-días.

Por favor.

 

(No tiene nada que ver contigo. No tiene nada que ver con nadie. Confieso que a menudo también es sencillo malinterpretarme.)

0 comentarios