Blogia

decirleamaria

Las verdades fundamentales (detalle).

Hay varias realidades que deben ser reveladas sin ambages, y siendo yo amante del rodeo las cosas pueden perderse en cuadras con miles de animales si continúo escribiendo sin ton ni son. Así que al grano, ya habrá tiempo para otros asuntos. Al grano aunque con rodeo incluído que para eso lo publico con el ’detalle’ al final. Estas son las Verdades Fundamentales con respecto a María, las más elementales a día de hoy, existen otras que supongo irán surgiendo a medida que esto avance (si esto avanza) pero actualmente son las que están cerquita de mí diciéndome cosas al oído. Siempre que surja una de estas Verdades Fundamentales escribiré ’Verdad Fundamental’, de forma que con la opción de búsqueda en este blog será rápido y sencillo encontrar todas las Verdades Fundamentales de nuestra relación desde mi punto de vista. Lo cual suena aún más alucinante que en la primera ocasión. Aunque por lo que acabo de comprobar... sería incluso más guay (si cabe) si funcionase la búsqueda. Pero no se puede tener todo...


Primera Verdad Fundamental: quiero a María. La quiero mucho, de hecho, y desde hace mucho tiempo. La estimo, la aprecio, le tengo muchísimo cariño, de una forma que incluso a mí me parecía exagerada y sorprendente en los primeros tiempos, los del trabajo compartido, cuando apenas me atrevía a mirarla al levantarse ella o sentarse y yo decirle hola o adiós, poco más, pero escuchaba sus palabras, su voz que al principio no me seducía y acabó conquistándome, contemplaba sus gestos, sus aires y maneras, y poco a poco y sin querer se me fue metiendo muy dentro... aunque de esto hablaré en su momento. Te quiero María, ¿qué significa eso?, creo que ya te lo he explicado alguna vez. Lo cierto es que la palabreja, de tan manida, apenas guarda sentido: te quiero te quiero te quiero te quiero, repetido infinitas veces en cada parte del mundo, qué es eso, explícame, para qué sirve, en qué me afecta... Todo eso, mi vida, me temo que tendrás que descubrirlo por ti misma. Así que lo más probable es que toda esa querencia finalmente quede en nada, huérfana de objetivo.

Parece que no me cuesta escribirlo porque en el fondo soy un ñoño, ¿cierto? Pero sí cuesta... He estado un buen tiempo delante del documento en blanco pensando si debía o no apuntarlo, pero tengo que hacerlo, no hay más, y tiene que quedar reflejada, además, como la primera de las Verdades Fundamentales, porque es la más cierta porque es la que más abarca porque es la que aplastaría cualquier dificultad de un plumazo. Fíjate si es complicado que una pluma aplaste nada, pues ésta lo haría, sería la mayor pluma de todos los tiempos. Te quiero y haría cualquier cosa (cualquiera, también desaparecer con mis inseguridades y mis recelos) para poder contribuir a tu bienestar. Te quiero y te lo he demostrado mal. Te quiero y no me dejas quererte, pero no te lo echo en cara, supongo que a todos nos ha sucedido algo similar en algún momento, todos tenemos nuestros despojos de este tipo.


Segunda Verdad Fundamental: si la Primera lo abarca todo y lo hace todo el tiempo, ésta (igual que la siguiente) sólo tiene sentido en el momento y situación actual: me fastidia, me molesta mucho, me rabia enormemente el hecho de que me estés contestando con el silencio. Tú siempre has sabido qué había en mi lugar del mundo, qué podías esperar de mí, siempre te conté, mira me sucede esto contigo siento esto y esto es lo que quiero, nunca te mentí y tampoco quise que anduvieses confusa o despistada. Tú nunca hablaste de mí o de nosotros salvo para decirme que te agobiaba pero que te lo pasabas bien conmigo, por ese orden y en una sola frase, eso sí, subordinada. En alguna ocasión más, y creo que también en esa misma, me comentaste que esas cosas preferías hablarlas de otra forma, no por correo electrónico, sino a la cara o al menos con voz o tal vez letra de la mano propia. Pero ese momento se retrasaba se aplazaba no llegaba nunca, pasaron meses y cuando apenas teníamos ya contacto decidí preguntarte: ¿qué soy para ti?, ¿qué quieres de mí?, tómate todo el tiempo que quieras, una semana o un par de ellas o el que precises, ojalá no dos meses (ya van tres), descansa de mí el tiempo que quieras y después me cuentas. Sólo te estoy pidiendo eso, no es un adiós, por favor vuelve y cuéntame.

¿Cómo me contestarías? Me refiero a la manera de hacerlo, de qué forma, no cuál sería la respuesta en sí. Al principio apenas se me pasaba por la cabeza que pudieras dejar de contestarme, y creía que lo más probable era que quedaras conmigo alguna noche de las que pasas en Gijón para hablar sobre esto. Incluso llegaba a fantasear con esos posibles encuentros, en estas escenas inventadas casi siempre me respondías lo mismo (aunque en algunas ocasiones, muy pocas, esos días en que uno se siente alegre sin necesidad de motivo, tu yo imaginario era benévolo conmigo), y yo reaccionaba de distintas maneras dependiendo de la sensación diaria: unas veces me largaba del lugar dolido casi dejándote con la palabra en la boca (pero despidiéndome educadamente, eso siempre), otras acogía la noticia con frialdad como haciéndome el duro, en otros casos sonreía y te decía "ya lo sabía tonta" y le restaba importancia al asunto y hacía lo posible para que te sintieras bien, y en muchos de ellos sencillamente me abría por completo y dejaba que las confesiones surgieran sin trabas ni trucos, un poco como estoy haciendo aquí ahora.

Pasaban las semanas y no tenía noticias tuyas, te envié un par de correos y de mensajes al móvil para interesarme por ti (sin agobios, después de todo quería que descansases de mí) y para que supieras que a pesar de la distancia impuesta en realidad seguía estando muy cerca, tanto como siempre; para quitarle hierro al asunto, vamos. Siempre me respondías y además de buenas maneras, y si por casualidad yo notaba o sabía que estabas pasando por momentos de tensión o nervios procuraba hacerme el remolón, me dejaba caer unos días más con todo el buen tono de que era capaz hasta que percibía que las cosas te iban un poquito mejor, sonreías un poquito más - evidentemente no por mi causa. Entonces me volvía a apartar para darte tiempo y espacio.

Nunca contactaste conmigo salvo en una ocasión para felicitarme por un acontecimiento anual, yo estaba de viaje y te contesté tarde pero me encantó que tomases la iniciativa en aquel momento, además me sorprendió porque creía que no lo recordarías. Una nueva semana de correos agradables, y otra vez volví a dejarte respirar. No creo que te hayan afectado estos nuevos ’hasta luego’ míos, en realidad técnicamente he sido siempre el último en escribir así que de haber querido tú continuar con el contacto te habría bastado con seguir escribiéndome. Si no ha sucedido es porque no has querido, desde luego yo podría haber forzado las cosas pero es lo peor que se puede hacer, ¿no es cierto?, forzar las cosas. Así que creo que continuamos en esta situación de espera espectante por decisión mutua, voluntad compartida.

Fue pasando el tiempo y yo ya no veía tan claro que tuvieras ganas de verme y hablar conmigo. Por una parte no habías querido quedar conmigo durante los meses anteriores para sencillamente charlar o pasar un buen rato, así que el simple hecho de citarme debía suponer un gran obstáculo. Me refiero a que la falta de costumbre hace más complicadas las cosas, esto es obvio, es siempre así, en todos los asuntos. Por otra parte, la única vez en que hablamos cara a cara de lo nuestro fue un gran desastre, apenas conseguí que hablaras un par de minutos ("me siento agobiada, estoy bien contigo pero no estoy segura de lo que quiero, si no hablo tanto como antes es que ya no puedo contártelo todo"), ante tu evidente incomodidad opté por relajarnos un poco y dejarlo para más tarde pero torpemente sólo conseguí agobiarte más y obtener tus gestos de repulsa, y finalmente aquella noche no llegó el ’más tarde’ buscado para la charla sincera y abierta que creo que necesitábamos. Así que los precedentes de encuentro y confesiones no son en absoluto favorables.

Y así llegamos a hoy, exactamente tres meses más tarde de mi pregunta. Actualmente tengo la sensación de que lo más probable es que no me contestes nunca, no con palabras. Ya ha pasado el tiempo suficiente como para pensar que me estás respondiendo con el silencio. Y eso me fastidia muchísimo, me molesta, me disgusta. No es una contestación válida, el silencio. No lo ha sido nunca. No me vale la callada por respuesta.

Sólo puede haber dos motivos para que el silencio esté siendo la respuesta:

- Supones que de esta forma el tiempo pasará y sin tener noticias de ti poco a poco me iré olvidando del asunto hasta que al final todo quede en el recuerdo como una leve lluvia pasajera, agradable para refrescar un pequeño momento pasado pero que ya no moja. Esto concuerda con el hecho de que (salvo en la felicitación citada) tú ya no has vuelto nunca a acercarte a mí, pero sin embargo cuando lo he hecho yo siempre has respondido de forma amable (salvo la última ocasión, supongo). Es decir, es como si te hubieses autoimpuesto no acercarte, para que yo consiga olvidarte con más facilidad. Permíteme decirte que las cosas no son así, cuando uno está a la espera de algo el que responde no puede sencillamente alejarse mudo, pensando "ya se olvidará". Primero dime adiós y luego aléjate, si lo que quieres es despedirte definitivamente.

- Pasas del asunto. Ni siquiera piensas en ello. Ni has pensado ni pensarás.

Cualquiera de los dos motivos, evidentemente, me parecen terriblemente egoístas, y provocan que el asunto en sí, el resultado, el silencio, me fastidie muchísimo, de forma que a menudo me enfurezco y deseo decirte cuatro cosas, pero la primera de las Verdades Fundamentales me suaviza y consigue que considere el asunto desde un punto de vista mucho más benévolo.

Por supuesto, no sea yo hallado injusto, debería existir la posibilidad de un tercer motivo:

- Sigues meditando tu respuesta.

Pero es que son tres meses ya María. ¿Qué sucede? ¿Sigues sin saber qué quieres? Pues ésa es una buena respuesta, fíjate. "Lo siento, tengo la cabeza hecha un puñetero lío, no sé lo que quiero, necesito tiempo y de esto sólo puedo salir yo, nadie me puede ayudar". Te suena, ¿no? De hecho ésa fue tu respuesta cuando te escribí aquella larga carta, o un poco antes pero la misma cuestión, anterior a todo esto pero preguntándote igualmente, cuántas veces te he preguntado, cuántas... Y esa vez sí me respondiste, y te lo agradecí muchísimo y me alivió enormemente saber, a pesar de que en realidad era algo negativo para mí y lo que dejaba entrever era directamente mi muerte sentimental (si no sabes lo que quieres es que no me quieres), pero aun así: infinitamente más deseable un poco de luz que permanecer con la duda, la confusión... el silencio.

¿Que me tenía que haber valido esa contestación pa los restos? Pero es que tú misma dijiste que debíamos hablar, que ese no era el lugar pero que querías hablar conmigo, incluso tras la carta, cuántas ganas tenías de contestarme, me prometiste hacerlo, ¿recuerdas? Y pasó el tiempo, semanas, meses...

¿Que sigue siendo lo mismo y de ahí el silencio, la ausencia de novedades? Eso sí me sirve, eso sí me vale. Dímelo. No te quedes callada. "Mira, sigo estando confusa y necesito más tiempo, pero no quiero despedirme de ti, por eso no puedo decirte nada, qué podría decirte"... pues precisamente eso María, con eso me estarías diciendo todo lo que necesito oír. Necesito oír lo que hay. Evidentemente no quiero escuchar lo que no hay, que es precisamente lo que escucho ahora, la ausencia de todo, el vacío. ¿Es, entonces, eso lo que nos queda? ¿Nada? ¿El vacío? Pues dímelo también. ¡Es tan sencillo! ¡Lo tienes tan fácil!

Pero no me tengas aquí en standby, como un aparato viejo y polvoriento, olvidado durante meses. Dale al botoncito leches. Desenchúfame si es lo que quieres, tírame a la basura, o mejor recíclame que corren tiempos ecológicos. Pero no me dejes en permanente standby (nota: suena mejor ’en espera’, y odio las palabritas estas importadas innecesariamente del inglés, pero a quién le importa eso; además parece más preciso así, más ilustrativo también). Como muy bien dijo un amigo mío cuando le conté cómo nos iban las cosas: "Mátame, pero no me tortures". ¡Eso es, María! ¡Mátame, pero no me tortures! ¿Tanto te pido?


Tercera Verdad Fundamental: me duele que me demuestres tan poco aprecio. Que sientas tanta indiferencia como para que exista ese silencio. Puede confundirse con la segunda de las Verdades Fundamentales, pero es totalmente distinto: por un lado me fastidia el silencio, por otro me duele significar tan poco para ti como para que ese silencio exista. Me hace daño, me hiere. Me oprime el pecho algunas noches.

Este dolor no es nuevo, por desgracia. Tantas veces he tenido la sensación de que no me tenías afecto... y por supuesto que me he sentido dolido, cómo me voy a sentir si no. Tantísimas ocasiones en que te escribía correos electrónicos hablándote de mis problemas o mis dichas o mis aconteceres, y tú sencillamente pasabas de todo aquello (ni la más leve mención) y te dedicabas a hablar de lo tuyo... me sentía nada, insignificante, una mierda. Así que me dedicaba a realizar comentarios acerca de tus problemas, tus dichas y tus aconteceres. En los últimos tiempos era básicamente lo que hacía: hablar de tus cosas. Porque cuando hablaba de las mías no notaba la más mínima preocupación, y eso me hacía sentir fatal. Porque, de todas formas, yo sí me interesaba profundamente por ti, por tus preocupaciones y tus proyectos, y quería saber siempre un poco más y tratar de animarte y aliviarte en lo posible, a pesar de mi torpeza. Pero ése era mi deseo. Lo es. Porque te quiero, porque tienes una gran importancia para mí, porque te estimo y te aprecio.

Por cosas que han llegado a mis oídos, sé que a ti cada vez te gustaba menos la forma en que me dirigía a ti, decías querer que yo fuera el de antes, contándote mis historias y apareciendo en cualquier momento y mandándote mensajes graciosos a las cinco de la mañana... y lo intenté, intenté volver a eso en varias ocasiones. Pero cómo continuar cuando lo único que encontraba en el otro lado era silencio en tantas ocasiones, o con muchísima suerte contestaciones frías y ajenas al asunto.

Ejemplo. Cómo me dolió aquel mensaje que no me respondiste nunca, aquel que te envié una noche de las que estuviste en Madrid por trabajo, tras pensármelo durante la tarde entera - qué le puedo poner, ¿se lo mandaré?, ¿será buena idea? -. Y a la hora de la verdad, por la noche, interminables minutos con el mensaje en la pantalla de mi móvil sin atreverme a darle al botón, y finalmente ’ok’ y un ligero temblor de incertidumbre mientras viajaban aquellas pocas palabras que trataban de resultar sencillas y agradables, saluda a tus amigas de mi parte, pásalo bien, no comas mucho no vayas a reventar. Pasaron los minutos, las horas, después la cama y mil vueltas en ella, no entendía nada: era la primera vez que no me respondías un primer mensaje. Qué estúpido, ¿verdad? Qué tontería, sufrir por algo así. No tiene sentido. Pero cómo me dolió. No era sólo que no me contestases un pequeño mensaje tonto sin importancia, no era sólo que no quisieses perder veinte segundos en escribir una sencilla respuesta de compromiso, no era sólo que no creyeses que yo merecía los quince céntimos de gasto, no era sólo que no pensases ni un solo segundo lo que yo podría estar pasando al otro lado (¿tanto pasa de mí?, ¿será que puse algo que le sentó mal?)... era también lo que aquello significaba para el futuro: de golpe y porrazo se había cortado la línea de comunicación vital y continua que con tanto mimo habíamos ido construyendo entre nosotros (aunque a esas alturas ya se encontraba bastante maltrecha; pero aún existía). Se acabó. De repente. Por una tontería así. Cómo volver a escribirte un mensaje recordando que el último no lo habías siquiera contestado. A partir de ahí ya sólo pude escribirte con miedo, aunque eso ya venía de antes. Pero especialmente a partir de ese instante. Con pies de plomo, sin saber si la siguiente frase llegarías a leerla con atención, si te sentaría mal... Sin saber nada.

Al día siguiente, en el correo de buenos días que durante bastante tiempo no falló (los días laborales), en referencia al mensaje únicamente un escueto ’ayer no cenaba con mis amigas, la cena era hoy’. Más que a excusa por no responder, sonaba un poco a reproche por haber prestado tan poca atención a tus palabras cuando me hablaste de la cena. El caso es que no, no había prestado poca a tención a tus palabras, siempre las leía mil veces para encontrar qué responder; y sí, sí me habías dicho que la cena estaba fijada para la noche anterior. ¿Quién prestaba poca atención? Pero no quise responder, suficiente dolor sentía ya como para además rociarlo con bilis...

Creo que fue precisamente aquella semana, la última que pasaste trabajando en Madrid tras despedirnos (con un abrazo) la última vez que nos hemos visto (claro que nos hemos visto otra vez, a la salida del trabajo, pero esos cinco segundos creo que no cuentan), en el aeropuerto, cuando me dejaste de escribir por completo durante dos larguísimos días. Claro, aquello volvía a ser novedad; no es que en una relación cualquiera se tenga que estar en comunicación todos los días a todas las horas, que estar un par de días sin hablar sea algo tan terrible. Pero teniendo en cuenta que llevábamos seis meses contándonos cosas a diario, teniendo en cuenta que desapareciste esos dos días sin aviso previo... pues sí, efectivamente, volvió a ser doloroso. Mucho. ¿Dónde quedaba yo? Donde habita el olvido.

Luego, a tu vuelta, no aguanté callado y te escribí: qué pena que te alejes así, no te habrás dado cuenta pero tras cada encuentro nuestro te alejas un poco más, esto no tiene muy buena pinta. Y contestaste, cómo me alegré de que contestases, me sorprendió mucho. Y contestaste, cómo me entristeció la respuesta, ya no fue dolor sino tristeza, porque lo estabas pasando fatal, no tenía nada que ver conmigo, estaban siendo malos momentos para ti, te sentías tan sola... y saber eso me apenaba hasta el infinito. Saber eso y quererte y no poder hacer nada, no poder siquiera aliviar mínimamente tu soledad porque no querías mi presencia.

De la tristeza al dolor, del dolor a la tristeza... así estuve muchísimo tiempo, desde el día después de nuestro primer encuentro, desde el cuatro de enero, hasta... realmente hasta hoy mismo.

Me releo y parece que te culpo de todo, que todo son reproches y todo delito tuyo... no es en absoluto así, de nada te culpo salvo tal vez del silencio que nada responde. El resto... en fin, me sentí muy mal en muchas ocasiones, dolido y apenado, pero qué culpa podías tener tú, que mientras tanto luchabas contra tus propios demonios internos, que mientras tanto llorabas por la felicidad que contemplabas como parte del pasado, que te sentías sola y sin nadie que te hiciese sentir viva y amada y viva.

De forma que así estábamos los dos, en un lugar semejante, heridos y sangrando, sólo que tú por una herida ajena. Lágrimas encadenadas. Maldito dolor.

Luego no te culpo de nada, ni siquiera del silencio que me molesta, no hay de qué culpar, dos animales heridos, y yo no supe lamerte con la suficiente suavidad o ternura, qué sé yo. Y tú te dedicabas a lamer tus propias heridas... y tampoco supiste hacerlo bien. Espero que lo estés consiguiendo... no te imaginas cuánto lo deseo.

Y cuando lo consigas, vuelve a mí y contéstame. Te lo pondré fácil, te lo prometo. Será como tú quieras.

Ya ves, a medida que voy escribiendo me pasan mil asuntos por la cabeza, parece que incluso cambio de opinión sobre las cosas, ¿no es cierto? Sólo trato de hacerte saber cómo me siento. Y por qué me siento así. Supongo que sigue estando un poco confuso todo por aquí dentro. Es lo que nos sucede, a los animales heridos... sé que me comprendes, sé que has pasado por lo mismo. Sé que tal vez aún...

Recuerda siempre la primera de las Verdades Fundamentales María. Acuérdate siempre de esto: te quiero. No lo olvides nunca.

Las verdades fundamentales (resumen).

(Finalmente me ha salido un tocho del copón, infumable como de costumbre, así que en este artículo expondré de forma sencilla esas tres Verdades Fundamentales de las que pretendía hablar hoy, y en el siguiente divagaré sobre ellas con relativa y aburrida extensión.)

Hay varias realidades que deben ser reveladas sin ambages, y siendo yo amante del rodeo las cosas pueden perderse en cuadras con miles de animales si continúo escribiendo sin ton ni son. Así que al grano, ya habrá tiempo para otros asuntos. Estas son las Verdades Fundamentales con respecto a María, las más elementales a día de hoy, existen otras que supongo irán surgiendo a medida que esto avance (si esto avanza) pero actualmente son las que están cerquita de mí diciéndome cosas al oído. Siempre que surja una de estas Verdades Fundamentales escribiré ’Verdad Fundamental’, de forma que con la opción de búsqueda en este blog será rápido y sencillo encontrar todas las Verdades Fundamentales de nuestra relación desde mi punto de vista. Alucinante, ¿no?

Primera Verdad Fundamental: quiero a María. La quiero mucho, de hecho, y desde hace mucho tiempo.

Segunda Verdad Fundamental (y pasamos a hablar en segunda persona así, de repente): si la Primera lo abarca todo y lo hace todo el tiempo, ésta (igual que la siguiente) sólo tiene sentido en el momento y situación actual: me fastidia, me molesta mucho, me rabia enormemente el hecho de que me estés contestando con el silencio.

Tercera Verdad Fundamental: me duele que me demuestres tan poco aprecio. Que sientas tanta indiferencia como para que exista ese silencio.

Los días fríos.

¿Qué canción tarareo hoy? Pues la del título, leches, tampoco estaba tan complicado. ’Los días fríos’, Reconstrucción, Deluxe. Como prácticamente todas las canciones del puñetero disco (salvo tal vez una, pero un disco perfecto DEBE tener al menos una canción de relleno), es absolutamente deliciosa.

LOS DÍAS FRÍOS

No hace tanto del verano
pero ya vemos las primeras hojas caer
otra vez, como cada año
como un círculo girando una y otra vez.

Ya puedo oler las castañas
en el puesto de la esquina cerca de la plaza
otra vez, como cada año
donde te espero por si te vuelvo a ver.

Quédate conmigo
sólo para ver pasar el tiempo
quédate conmigo.

Aún puedo aguantar el frío
pero pronto llegará la nieve otra vez
como cada año
para cubrirlo todo y hacerlo desaparecer.

Quédate conmigo
sólo para ver pasar el tiempo
quédate conmigo

Miro desde mi ventana
respirar las alcantarillas al amanecer
como cada año
tocando mi vieja guitarra del 66.

Quédate conmigo
sólo para ver pasar el tiempo.
Quédate conmigo
sólo para ver pasar el frío.

¡Qué preciosidad de canción, por Dios! Xoel debió consumir todas las musas de su existencia los meses que compuso las canciones de este disco, es sencillamente perfecto. Perfecto. En cada acorde, en cada arreglo, casi en cada frase. Aunque en las primeras audiciones las letras me parecían ligeramente insustanciales, al escucharlas una y otra vez (como un círculo girando) se convierten en un músculo único repleto de cualidades vitales. 

La vida va pasando y es siempre lo mismo, quédate conmigo por favor, vuelve y quédate conmigo, te marchaste hace mucho pero aún es posible, el puesto de las castañas, ¿te acuerdas?, siempre aparece, en el mismo sitio, te esperaré siempre en el mismo sitio, quédate conmigo y veamos pasar el tiempo, hace frío, ven aquí, cubrámonos con las mantas y ríamonos del frío que hace ahí afuera.

El roce de tu cuerpo.

Mientras lo preparo todo para poder ver un par de capítulos de House (a semejantes horas), ésta es la canción que tarareo.

EL ROCE DE TU CUERPO

Te pilla la tarde en tu cuarto otra vez,
no suena el teléfono y tú sabes por qué;
cervezas vacías en tu habitación,
el cenicero lleno humea en un rincón.

Seguro que sola está ella también
tirada en la cama sin saber qué hacer.
No sé cómo comenzó la discusión
ni a quién le toca ahora pedir perdón.

Y creo que muero
si no siento el roce de tu cuerpo junto a mí.
Recuerdo tus labios
y esos ojos que al mirar casi hacen daño.

Mientras la radio aburre con una canción
miro aquella foto y me siento peor,
y yo ya no sé lo que ha podido pasar,
lo que estaba bien, ahora está fatal.

Seguro que sola está ella también,
tirada en la cama sin saber qué hacer.
No sé cómo comenzó la discusión
ni a quién le toca ahora pedir perdón.

Y creo que muero
si no siento el roce de tu cuerpo junto a mí.
Recuerdo tus labios
y esos ojos que al mirar casi hacen daño.

Evidentemente de Platero y tú, creí que no haría falta decirlo... Me encanta la canción entera, pero obviamente hay frases o detalles en los que me detengo por placer. Esa primera parte del estribillo es espectacular: seguro que sola está ella también, sí, como tú, tirada en la cama y sin saber qué hacer, llamarte, no llamarte, pasar de ti para siempre o reconocer algo, ¿a quién le toca ahora pedir perdón?, ¿es posible que a nadie?, lo que estaba bien ahora está fatal, tal vez se acabó todo, ¡y qué pudo pasar por Dios!, pero debe haber una solución posible, tiene que haberla, porque si no siento el roce de su cuerpo todo se va a tomar por culo...

Evidentemente no puedo canturrear esta canción y pensar en María, nunca hemos llegado a tanto como para que una discusión o una ruptura deriven en semejantes escenas, evidentemente no por su parte, nunca se tumbará en la cama sin saber qué hacer, o más bien sí lo hará y estará sola pero no será por mí. Pero la canturreo y pienso en mí y me vale. Qué pasa.

Tarea para mañana: ordenar esto un poco, ya se me está yendo de las manos y acabo de comenzar, palabras y palabras y en realidad ¿qué estoy contando? Poca cosa ¿verdad?. Estaría bien sintetizar un poco ¿no?, pero siempre se me ha dado mal la música electrónica... En cualquier caso sentar unas bases, revelar las verdades fundamentales y a partir de ahí divagar, a mis anchas, como a mí me gusta. ¿Sin tapujos? Bueno, alguno hay, tengo que reconocerlo. Pero me siento moderadamente desatao.

Está bien esto. Lo tomaré como una especie de terapia. Mi diarioterapia.

Hasta mañana, buenas noches, que descanses, muchos muchos besos, chao, ¡mmmmmmua! (¡yo con más emes!)... y después de algo tan sencillo qué sonrisa en mi rostro, qué felicidad arroparte en la cama con esa sensación... y el hormigueo...

De los sueños.

¿Algo que decir acerca de los sueños? Sí, mi señoría. Confieso. Acabo de ¿sufrir? ¿gozar? un sueño erótico en el bus de vuelta a casa, tras el trabajo. Es la primera vez, ergo se me absuelve. Estaba rodeado de hombres por todas partes excepto por una, que se llama istmo y estaba vacía, delante de mí sólo el frío suelo, última fila de cinco asientos, justo en medio. A un lado un paisano de mediana edad y al otro lado una paisana, luego he mentido anteriormente. Mas la paisana no fue el estímulo inicial, me temo, así que a todos los efectos prácticos la consideraremos igualmente hombre.

En mi habitual siesta de vuelta a casa, pues. Cerré los ojos y el primer sueño estaba siendo atractivo, pero de repente se volvió picante y al poco terriblemente erótico, gracias a Dios desperté a tiempo un poco avergonzado (con esa sensación de que has estado chillando y gimiendo todo el rato y todo el mundo sabe qué has soñado, pedazo de gocho) y comprobando presuroso que mis manos no se encontraban en el lugar equivocado. Manos alejadas, señoría.

Cómo echo de menos poder contarte todas las cosas y en cualquier momento María, no te imaginas cuánto. Pero no puedo pretender que mis anhelos sean los tuyos, así no funcionan las cosas. Hoy me contaba una amiga que tu actitud seguramente se deba a que sólo me ves como un amigo, no declaró más pero imagino que querría decir que sólo me ves como un amigo, ¿sería eso? No explica demasiado, de todas formas. Pero coincide con lo que le contaste a una amiga tuya cuando le hablaste acerca de aquella carta que te escribí dándote tiempo y pidiéndote explicaciones: "lo que me fastidia es que lo vaya a perder como amigo"... algo así. Puedes estar tranquila, respira hondo: yo no voy a dejar de quererte.

Tampoco hay indicios de que tú me quieras, ni el más mínimo, ni como amigo ni como nada. Aún así: yo no voy a dejar de quererte. Aliviar tus males, animar tus apatías, ser tu hombro y tu oreja, ése será siempre mi afán. Pero seré lo que me dejes ser, obviamente. Así que depende de ti. Hubo un tiempo, lejano ya, en que supe que me buscabas con agrado, te acercabas con apetito, te dejabas cuidar hasta cierto punto, hubo un tiempo en que disfruté haciéndolo, aunque fuese en la distancia... y sí, supongo que en mi gozo influyó mucho la ilusión, la esperanza de lo posible, para qué vamos a negarlo. Pero lo que había me parecía magnífico.

Ya digo, tiempo lejano, no parece probable que lo vayamos a recuperar, no soy capaz de imaginarme de nuevo así, aunque me encantaría, por supuesto...

¿Sabes que la noche del sábado soñé contigo? O más bien la mañana del domingo. Tres veces, tres, seguidas. No sé si fue causa o efecto de esta abundancia de pensamientos, vienen de antes así que imagino que lo primero. Tres veces, me desperté a las 8 y hasta las 10 no debía levantarme así que pensé "qué bien" y me di la vuelta y me dormí feliz y raudo, soñé contigo en la distancia y cartas que no llegan. Me desperté, había pasado muy poco tiempo, volví a dormir y sueño coral pero ahí estabas tú también, y yo me desvivía por hablar contigo pero tú te alejabas siempre. El siguiente sueño fue semejante, ya no lo recuerdo. Fueron angustiosos, los tres. Sueños de imposibilidad, de lejanía, de frialdad.

Lo que eres ahora.

Y sin embargo...

Tendrás que hacerlo mejor.

No tomo ninguna decisión acerca de la forma de redacción de estos artículos: ¿Dirigirme siempre a María, utilizando por tanto la segunda persona (mi primera persona)? ¿Emplear su nombre? ¿Conversación con un amigo virtual? No creo que tenga mucha importancia, a tomar por culo, en cualquier caso sólo son palabras así que que adopten las formas que les salgan de las narices.

Una canción de Deluxe, la que más me recorre la lengua estos días. A veces son otras, pero ésta es la más fiel. Reconozco que últimamente suelen ser todas del mismo disco: Reconstrucción (2008), de Deluxe. No sale del reproductor (de cds) de mi coche, el muy (dulcemente) pegajoso.

Aquí la letra:

TENDRÁS QUE HACERLO MEJOR
 
Sí, esta vez tengo que felicitarte
por tus dotes para las artes de hacer el mal.
 
Sé que tenías todo planeado
los cuchillos afilados y un coche fuera esperándote.
 
Lo has hecho muy bien
tan, tan bien.
Si querías hacerme daño
si creías que iba a doler
lo has hecho muy bien.
 
Fue como si estuviera hechizado
incapaz de ver el camino bajo mis pies.
 
Vi tu sombra acercarse a mi espalda
antes de sentir el frío del acero bajo mi piel.
 
Lo has hecho muy bien
tan, tan bien.
Si querías hacerme daño
si creías que iba a doler
lo has hecho muy bien.
 
Lo has hecho muy bien
tan, tan bien.
Si querías hacerme daño
si creías que iba a doler
lo has hecho muy bien
tan, tan bien.
Si querías hacerme daño
Si creías que iba a doler
Lo has hecho muy bien.
 
Pero tendrás que hacerlo mejor.

Ahora mismo la tarareo... Me encanta ése giro, el que sugiere la última frase: pero tendrás que hacerlo mejor... Esa invitación a la superación... ¡a la Reconstrucción! Cuántas veces nos han hecho daño ¿no?, a lo largo de la vida, de cuántas formas distintas, la gente que nos quiere pero especialmente la gente a la que queremos. "Ya, pero es que lo he hecho sin darme cuenta". ¿Sin darte cuenta? ¿Y es eso excusa? "Perdona que te clave este cuchillo tío, es que quería darte una palmadita amistosa y me olvidé de que suelo guardarlo en la palma de la mano".

Es evidente que a menudo hacemos daño sin darnos cuenta, sin caer en ello. Resulta que a veces somos más importantes (y en modos que desconocemos) de lo que sospechamos. ¿Deberíamos ser capaces de sospechar más y mejor? No tengo respuesta. Hacemos daño y tal vez si hubiéramos mirado un poco más allá, si hubiéramos girado un poquito más la cabeza y visto aquello que se nos escapó por el ángulo muerto, si nos hubiéramos interesado un poco más en ese sujeto... ¡ay!, entonces no habríamos actuado con tanta ligereza, no habríamos colocado esas ascuas sobre su cocorota sin saber.

María... en realidad sé que no haces daño a propósito, ni a mí ni a nadie. Odias ser la causante de cualquier dolor, lo sientes en tus carnes, lo sé, me lo has contado muchas veces. A menudo ha resultado ser casi tan doloroso para ti como para la otra persona cuando has finalizado una relación, por hastío o incluso por asco. Tal vez este silencio incómodo que has escogido también tenga que ver con esto: no quieres hacerme daño, te duele hacerme daño.

Este hecho se te escapa: mi mayor sufrimiento lo provoca el silencio. Piénsalo María, es obvio, te sucedería a ti también. El silencio implica desinterés, desapego. El mayor desprecio (no-hacer-aprecio). Y cómo duele saber que alguien a quien aprecias tanto, a quien le profesas tantísimo cariño (merecido), a quien quieres tanto (esto no cambiará nunca, debes saberlo y te lo diré mil veces para que te quede grabado; tal vez ésta podría ser otra razón por la que aún no te atreves a decirme adiós, que pueda yo pasar del amor al odio, no estoy seguro, apúntala como una ligera segunda Razón Posible), a quien (por qué no confesarlo, ahora que no me escucha nadie) deseas con tanta fuerza, no te hace el menor caso, no te dedica el mínimo pensamiento... duele. Si querías hacerme daño, lo has hecho muy bien. Si no querías... lo has hecho muy bien de todas formas.

Pero tendrás que hacerlo mejor, leches.

PD: Es un poco terrible esto que apunto, y sobre lo que no sé si volveré a abundar: María es, con toda probabilidad desde mi punto de vista presente, la única chica que he conocido que creo que podría llenar mi vida. Mi chica perfecta, por decirlo de alguna forma pueril y entendible. La chica de mi vida... pero esto no puedo decirlo porque sería muy triste, ¿no? Que la chica de mi vida haya pasado por ella sin apenas rozarme... pues menuda mierda.

Introducción; o quién es María y por qué esto.

No sé muy bien por qué estoy aquí o por qué dejaba de estarlo hasta ahora, no sé si tiene mucho sentido comenzar esto. Pero algo habrá que hacer. María vuelve a ser el desvelo nocturno, el latido que retumba sobre el lecho durante demasiadas horas de vigilia, vuelve a ser guerra y fuego y ya no puedo, no puedo, no puedo quedarme así.

Seré breve o trataré de serlo, me explicaré aunque probablemente no sea necesario, quién más se va a pasar por aquí, quién aparte de mí y tal vez ella si las circunstancias acaban siendo las previsibles y tengo las narices de darle esta dirección. María es una chica preciosa de pelo largo y liso y ojos que intimidan, asturiana, de vaqueros y camiseta negra, me gusta imaginármela así. La conozco desde hace dos años, un poco más, la vi y me perdí en el puñetero instante de sus ojos, a pesar de que durante unos meses trabajamos juntos no me atreví a traspasar la barrera del saludo, saludo ahogado y tímido por la cobardía... Después se marchó y me atreví un poco más, aunque siempre desde la distancia. Llegaron malos tiempos, María sufrió el abandono de su chico, se alejó de mis palabras durante meses.

Pero regresó. Reencuentro en el correo electrónico en septiembre de 2007. Fueron cuatro meses extraordinarios, inolvidables, a pesar de las desgracias ella parecía estar cada vez más cerca y así la sentía. El contacto (siempre a distancia) fue haciéndose progresivamente más fluido, más intestino, más exuberante, y finalmente llegó a torrente, de forma que a finales de diciembre de 2007 apenas había lugar en el día (y a menudo en la noche) en que uno u otro nos dejáramos de contar cosas. Vidas compartidas, en realidad, sólo mediante palabras escritas o pronunciadas a kilómetros, pero básicamente vidas compartidas: como ella misma me confesó con cierta exageración meses después, me lo contaba absolutamente todo (imagino que casi). Por supuesto hubo tonteo, mucho, incluso planes ingenuos ente bromas que no lo eran tanto, pero siendo sincero admito que nunca llegué a convencerme de resultar interesante para ella.

Llegó enero, llegó el primer encuentro, llegaron besos y caricias y risas, y fue el fin. El principio resultó ser el fin.

Aunque hubo algún encuentro más, apenas un par, y en ellos pareció existir cierta conexion (pero también alcohol y ganas de divertirnos), bastó la primera cita para convencerla de que yo no era su hombre. O eso creo, nunca me ha dicho nada. Pero desde aquel instante, desde el mismo maldito día después, ella fue abandonando progresivamente todo aquello que habíamos construido juntos, aquella madeja comunicativa vital. Fue tirando del hilo, poco a poco, hasta que finalmente, un par de meses después, sólo (y solo) quedé yo aguantando el cabo con toda la fuerza de que era capaz. Con dos dedos, esfuerzos inauditos pero sólo dos dedos, y mucha precaución, no fuera a ser que se rompiera definitivamente.

Cuando ya parecía inevitable el silencio definitivo, el adiós, el desgarro, tomé la iniciativa y, en un gesto que me costó horrores, le pedí que se tomara un tiempo, unas semanas, que pensase en qué quería hacer conmigo, que cuando lo supiese me contase. No te lo tomes como un adiós, por favor, no es un adiós, sólo date tiempo, piensa, siente, y cuéntame después. No es justo que nunca me hayas dicho apenas nada acerca de mí, acerca de nosotros... No tardes. Por favor...

Han pasado tres meses. Ella sólo se ha aproximado una vez, en una ocasión especial, unas palabras en un correo electrónico. Yo varias, las pocas veces que ha llegado a mis oídos que estaba pasando por momentos de tensión laboral, tratando de darle ánimos; y en algún otro momento, para felicitarle por algún logro o sencillamente hacerla saber que sigo aquí... Básicamente tratando de quitarle hierro al asunto, tratando de hacer fácil su regreso. Y no me refiero al regreso íntimo, ése vuelve a parecerme imposible, hay tantas cosas (todas) que lo indican...

Y bien, así estamos. Lo que más me fastidia, lo que más me hiere, hasta el tuétano, hasta el inifinito, es que me tenga en tan poca consideración como para contestarme con el silencio. Odio el silencio, ese silencio materno y reprobatorio de no-estoy-de-acuerdo-con, lo odio con toda mi alma, el silencio no debería ser respuesta para nada. Pero no, no es eso: no es éste un silencio materno, tampoco reprobatorio pero en absoluto materno, silencio que igualmente hiere y queda escrito a fuego pero silencio de amor. Éste es un silencio vacío, de desinterés y apatía. De desamor, obviamente.

Por qué me respondes con silencio María, no lo merezco, ni lo entiendo, creo que te lo he puesto siempre muy fácil...

Y en éstas me encuentro ahora. Sigue su silencio, y determinadas circunstancias ajenas a esta situación han convertido mi vida actual en un pequeño infierno. Me encuentro mal, viejo, cansado, nervioso, en permanente tensión y con mil problemas con que angustiarme. Y precisamente en este contexto reaparece María reinando sobre casi todos ellos. Tras esa decisión mia de alejarnos (aunque era imposible alejarnos más, sólo guardarnos un poco las pocas palabras que nos quedaban para momentos mejores) hubo algún tiempo en que me sentí extrañamente bien, y si no bien sí mucho mejor que cuando nos comunicábamos con la frialdad de dos funcionarios. Pero últimamente ha vuelto de nuevo, María, únicamente a mi cabeza, por supuesto, no con palabras sobre nosotros ni mucho menos con presencia, pero ha vuelto nítida y precisa, ha vuelto con demasiada fuerza en el peor momento posible. Es lo que menos necesito en esta vida mía convertida en un laberinto confuso en el que siempre elijo la puerta equivocada (¡pobre jugador!). Me paso demasiado tiempo pensando en ella, por qué me hace esto, por qué me ha condenado al silencio, por qué no me dice adiós (adiós corazón) de una vez, qué clase de remilgo egoísta se lo impide (y aquí está la rabia)... y pensando también en el pasado, en los magníficos momentos, en su sonrisa y en sus gestos (y aquí está el dolor).

De forma que aquí me encuentro, estallando por instantes. Como me conozco sé que no puedo permanecer callado, devorándome mudo, de seguir así es seguro que acabaré escribiéndole diciéndole cosas que no debo. Así que me he decidido a comenzar este blog. Para decirle a María sin decirle a María. Cada vez que las vísceras se me revuelvan y sienta esa necesidad incontrolable de contarle mi rabia o mi dolor, escribiré aquí. Dejaré escritas las cosas que debo decirle a María. Dejaré escritas las cosas que no debo decirle a María.

¿Queda claro?