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decirleamaria

Disfrutemos el presente.

Y ahora los días no pasan en vano, no se acumulan sin peso, no se precipitan hacia abajo y atrás; son días que cuentan, con todos sus minutos y todos sus segundos, días que se agitan y revolotean y alegran el alma y aligeran el espíritu, días de entusiasmo y fuego y estar y saber y vida vida vida!

Y ahora soy feliz. Y ahora puedo decirle-a-María susurrándole al oído mientras sus dedos se enredan en mi pelo.

Y justo después le busco los labios.

Conclusiones.

Creo que soy capaz de explicar qué sucedió, a ver qué te parece:

[...] Conocí a una persona especial por un golpe de suerte. Me consideré extremadamente afortunado al percibir que mostraba cierto interés hacia mí. Afortunado hasta el punto de que quise mantener dicho interés a toda costa. Por supuesto, esto hizo que la alejara en lugar de atraerla.

En realidad, esto se debió a mi baja autoestima, cierta sensación de falta de control sobre mi manera de actuar ubicada en el azaroso fluir de las cosas, y la clara certeza de que apenas contaba con opciones.

¡No me digas que no parezco un libro de autoayuda!

[...] En realidad fallé en multitud de cosas, al meditarlo me parece imposible haber caído en tantas y tan ridículas.

[...], o en general acercarme a ti con la actitud de recibir, en lugar de procurar dar... porque estoy convencido de que tengo algo valioso que ofrecer, algo que por supuesto serías libre de aceptar o no... pero en lugar de hacer eso me dediqué a tratar de obtener tu atención, tu favor, para colmo casi sin tenerte en cuenta, sino sólo pensando en mi propio bienestar.

[...] A partir de aquí: fragmentos novelescos que en muchos casos nada tienen que ver con la percepción objetiva del asunto (salvo tal vez tangencialmente), pero estoy en pleno período lector y ahora que tengo espacio guardaré alguna de esas citas que en su día me acostumbré a admirar, aunque sólo sean cursilerías. ¿Se admite?

[...] "El trato con María José provocaba una acumulación continuada de excitación sin descarga, de ardor sin bálsamo, de exaltación sin caída. Me acostumbré a encontrarme con ella por las tardes, pues salía del colegio media hora después que yo. Supe, desde la tercera tarde, que estaba haciendo las cosas mal, pues si bien ella se dejaba querer (es un modo de decir que no me rechazaba abiertamente), tampoco aportaba nada a la relación. Un sexto sentido me decía que debía espaciar mis encuentros, disimular mi pasión, añadir a mi trato con ella una porción de indiferencia. Pero un instinto de destrucción más poderoso que el sexto sentido me empujaba a perseverar en el error. Lo cultivé con tanta minuciosidad que la historia apenas duró un par de semanas (en realidad duraría toda la vida, pero de mala manera, como veremos)."

"Uno de aquellos días, al acudir al encuentro con María José, me preguntó por qué la perseguía. Le aseguré que se trataba de lo que haría si fuera a morir al minuto siguiente. Continuamos caminando en silencio hasta que ella se volvió y dijo con crueldad:
—Tú no eres interesante para mí.
Yo continué caminando a su lado, pero al modo en que un pollo sin cabeza continúa volando, o sea, muerto. Aquella frase me había roto literalmente el corazón. Un cuchillo oxidado no habría tenido efectos más devastadores. Continué andando, pues, por pura inercia hasta su casa y luego seguí hasta la mía sabiendo que ya no era necesario imaginar que iba a morir al minuto siguiente porque ya estaba muerto."

(’El mundo’, Juan José Millás).

[...] "Es posible que la forma de vida que nosotros hemos conocido, en la cual hemos nacido, es posible que esta casa, esta cena, sí, incluso estas palabras son las que esta noche estamos esclareciendo la pregunta de nuestra vida, es posible que todo esto sea ya cosa del pasado. Existe demasiada tensión en los corazones humanos, demasiada pasión, demasiado deseo de venganza. Miremos dentro de nuestros corazones: ¿qué es lo que encontramos? Pasiones que el tiempo sólo ha conseguido atenuar, pero no apagar. ¿Con qué derecho esperamos algo distinto del mundo, de los demás?"

"Por eso somos todos capaces de conformarnos con cualquier cosa, con cualquier arreglo, incluso con el más vil y cobarde; mira a tu alrededor, y encontrarás las mismas soluciones a medias entre los seres humanos: uno se marcha, se aleja de la persona o de las personas que ama, atemorizado por un secreto, y otro se queda, calla y espera una respuesta durante una eternidad... Eso lo he visto y lo he vivido yo. No es cobardía, no... es una defensa, la última defensa del instinto humano por sobrevivir. Volví a casa, esperé hasta la noche, luego me fui a la casa del bosque, y estuve esperando una señal, una palabra, un mensaje, durante ocho años. Pero Krisztina no vino. De la casa del bosque hasta esta mansión hay dos horas de viaje en coche. Sin embargo, estas dos horas, estos veinte kilómetros, significaban para mí una lejanía mayor, tanto en el tiempo como en el espacio, de lo que pudo ser para ti el trópico. Así soy yo por naturaleza, así me educaron, así ocurrió todo. Si Krisztina me hubiese mandado un mensaje, cualquier mensaje, se habría cumplido su voluntad. Si ella hubiese deseado que te trajera otra vez, yo te habría buscado por todo el mundo para traerte. Si ella hubiese deseado que te matara, te habría buscado por todo el mundo para matarte. Si me hubiese pedido el divorcio, se lo habría concedido."

"Entre dos personas, un hombre y una mujer, las cuestiones relativas al por qué y al cómo resultan siempre miserablemente idénticas. Son ecuaciones demasiado sencillas. Todo ocurre siempre porque sí, y de la manera que tiene que ocurrir, de la manera que puede ocurrir, ésa es la verdad. No vale la pena indagar los detalles, cuando ya todo ha terminado."

(’El último encuentro’, Sándor Márai).

[...] "Hay un tema dilecto, empero, sobre el cual no falla mi memoria. Es éste la persona de Ligeia. Era de alta estatura, algo delgada, e incluso en los últimos días muy demacrada. Intentaría yo en vano describir la majestad, la tranquila soltura de su porte o la incomprensible ligereza y flexibilidad de su paso. Llegaba y partía como una sombra. [...] En cuanto a la belleza de su faz, ninguna doncella la ha igualado nunca. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y encantadora, más ardorosamente divina que las fantasías que revuelan alrededor de las almas dormidas de las hijas de Delos. Con todo, sus rasgos no poseían ese modelado regular que nos han enseñado falsamente a reverenciar con las obras clásicas del paganismo. "No hay belleza exquisita —dice Bacon, Lord Verulam—, hablando con certidumbre de todas las formas y genero de belleza, sin algo extraño en la proporción." No obstante, aunque yo veía que los rasgos de Ligeia no poseían una regularidad clásica, aunque notaba que su belleza era realmente "exquisita", y sentía que había en ella mucho de "extraño", me esforzaba en vano por descubrir la irregularidad y por perseguir los indicios de mi propia percepción de "lo extraño". Examinaba el contorno de la frente alta y pálida —una frente irreprochable: ¡cuán fría es, en verdad, esta palabra cuando se aplica a una majestad tan divina!—, la piel que competía con el más puro marfil, la amplitud imponente, la serenidad, la graciosa prominencia de las regiones que dominaban las sienes. [...] Contemplaba yo la dulce boca. Encerraba el triunfo de todas las cosas celestiales: la curva magnifica del labio superior, un poco corto, el aire suave y voluptuosamente reposado del interior, los hoyuelos que se marcaban y el color que hablaba, los dientes reflejando en una especie de relámpago cada rayo de luz bendita que caía sobre ellos en sus sonrisas serenas y plácidas, pero siempre radiantes y triunfadoras. Analizaba la forma del mentón, y allí también encontraba la gracia, la anchura, la dulzura, la majestad, la plenitud y la espiritualidad griegas, ese contorno que el dios Apolo reveló sólo en sueños a Cleómenes, el hijo del ateniense. Y luego miraba yo los grandes ojos de Ligeia.

Para los ojos no encuentro modelos, en la más remota antigüedad. Acaso era en aquellos ojos de mi amada donde residía el secreto al que Lord Verulam alude. Eran, creo yo, más grandes que los ojos ordinarios de nuestra propia raza. Más grandes que los ojos de la gacela de la tribu del valle de Nourjahad. Aun así, a ratos era —en los momentos de intensa excitación— cuando esa particularidad se hacia más notablemente impresionante en Ligeia. En tales momentos su belleza era —al menos, así parecía quizá a mi imaginación inflamada— la belleza de las fabulosas huríes de los turcos. Las pupilas eran del negro más brillante y bordeadas de pestañas de azabache muy largas; sus cejas, de un dibujo ligeramente irregular, tenían ese mismo tono. Sin embargo, lo extraño que encontraba yo en los ojos era independiente de su forma, de su color y de su brillo, y debía atribuirse, en suma, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido, puro sonido, vasta latitud en que se atrinchera nuestra ignorancia de lo espiritual! ¡La expresión de los ojos de Ligeia! ¡Cuántas largas horas he meditado en ello; cuántas veces, durante una noche entera de verano, me he esforzado en sondearlo! ¿Qué era aquello, aquel lago más profundo que el pozo de Demócrito que yacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era aquello? Se adueñaba de mí la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Habían llegado a ser para mí las estrellas gemelas de Leda, y era yo para ellas el más devoto de los astrólogos."

(’Ligeia’, Edgar Alla Poe).

[...] "«¡Nos queda el amor, Bardamu!»
«Arthur, el amor es el infinito puesto al alcance de los caniches, ¡y yo tengo dignidad!», le respondí."

"Aún hoy, me la encuentro, a Musyne, por azar, cada dos años o casi, igual que a la mayoría de las personas a las que ha conocido uno muy bien."

"Pero yo tenía mi idea, buena o mala, y no quería soltar a la bella que me había servido. Me había mirado, la monina, conque peor para ella. ¡Estaba harto de estar solo! ¡Basta de sueños! ¡Simpatía! ¡Contacto! «Señorita, me conoce usted muy poco, pero yo la amo, ¿quiere usted casarse conmigo?...» De este modo, el más honrado, me dirigí a ella."

"Buena, admirable Molly, si aún puede leerme, desde un lugar que no conozco, quiero que sepa sin duda que yo no he cambiado para ella, que sigo amándola y siempre la amaré a mi modo, que puede venir aquí, cuando quiera compartir mi pan y mi furtivo destino. Si ya no es bella, ¡mala suerte! ¡Nos arreglaremos! He guardado tanta belleza de ella en mí, tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años aún, el tiempo de llegar al fin."

"La nada estaba siempre cerca de ella y sobre ella ya un poco."

"Aquellos mil quinientos francos me excitaban la imaginación; continué: «La juventud auténtica, la única, señor cura, es amar a todo el mundo sin distinción, eso es lo único cierto, eso es lo único joven y nuevo. Pues bien, ¿conoce usted, señor cura, a muchos jóvenes así? Yo, ¡no!... »"

"Por lo demás, yo había renunciado, desde hacía mucho, a cualquier clase de amor propio. Ese sentimiento me había parecido siempre superior a mi condición, mil veces demasiado dispendioso para mis recursos. Me sentía muy bien por haberlo sacrificado de una vez por todas.
Ahora me bastaba con mantenerme en un equilibrio soportable, alimentario y físico. El resto, la verdad, ya no me importaba en absoluto."

"«... Por lo demás, he dejado de creer en las presencias indispensables... Por ese lado también, ya lo ve, amigo mío, he cambiado mucho...»"

"Y, todas las veces que hacía esos gestos tan sencillos, sentíamos sorpresa y gozo. Hacíamos como progresos de poesía sólo con admirarla por ser tan bella y tanto más inconsciente que nosotros. El ritmo de su vida brotaba de fuentes distintas de las nuestras..."

(’Viaje al fin de la noche’, Louis-Ferdinand Céline).

[...] "A veces, cuando estamos allí de pie o sentados, se abre la puerta y la señorita atraviesa el aula lentamente, mirándonos de forma extraña. En esos momentos me parece un fantasma, alguien que llegase desde muy, muy lejos. “¿Qué estáis haciendo, muchachos?”, pregunta luego; pero, sin esperar respuesta, sigue su camino. ¡Qué bella es! ¡Qué exuberante la masa de sus negrísimos cabellos! En general, la vemos con los ojos bajos. Sus ojos se prestan maravillosamente a esta posición. Sus párpados (¡con qué atención observo tantos detalles!), de voluptuosa curvatura, poseen una extraña rapidez de movimiento. ¡Y esos ojos! Contemplarlos es como sumergir la mirada en algo profundo, angustiosamente abisal. Con su brillante negrura, esos ojos parecen no decir nada y expresar, a la vez, lo inexpresable, a tal punto resultan conocidos y desconocidos al mismo tiempo. Sobre ellos, las cejas, tenues hasta casi quebrarse, dibujan un arco redondo y regular. Quien las contempla, siente punzadas. Son como medias lunas en un cielo vespertino, de mórbida palidez; como heridas leves, pero tanto más dolorosas, interiormente lacerantes. ¡Y sus mejillas! La silenciosa nostalgia y la vacilación parecen celebrar fiestas sobre ellas. La delicadeza y la ternura incomprendidas vierten allí sus lágrimas. Por entre el níveo centelleo de esas mejillas asoma a ratos un leve rubor suplicante, un tímido y rosado signo de vida, un sol... no, tan sólo un débil reflejo de luz solar. Y es como si las mejillas sonrieran de repente, o les viniera un poco de fiebre. Al mirar las mejillas de Fräulein Benjamenta se te van las ganas de seguir viviendo, pues tienes la impresión de que la vida sólo puede ser una vorágine infernal llena de indignas ramplonerías. Un espectáculo tan tierno evoca, casi imperiosamente, perspectivas difíciles y amenazadoras. Y, ¿qué decir de sus dientes, tan relucientes cuando sonríe la opulenta y bondadosa boca? ¡Y cuándo llora...! Se diría que la misma Tierra debiera saltar de su eje, dolida y avergonzada de verla llorar. ¿Y cuando se la oye... llorar? Ah, es para morirse. Hace poco la oímos llorar en medio de una clase. Todos nos pusimos a temblar como una hojita. Sí, todos nosotros la amamos. Es nuestra maestra, nuestra criatura superior. Y es evidente que sufre de algo. ¿Estará enferma?"

(’Jakob Von Guten’, Robert Walser).

[...] "Durante siete años anduve día y noche con una sola obsesión: ella. Si hubiera un cristiano tan fiel para con Dios como yo fui para con ella, hoy todos seríamos Jesucristos. Día y noche pensaba en ella, incluso cuando la engañaba. Y ahora a veces, en medio de los acontecimientos, a veces, cuando me siento absolutamente libre de todo eso, de repente, al doblar una esquina quizá, aparece una plazuela, unos cuantos árboles y un banco, un lugar desierto donde nos paramos a discutir, donde nos trastornamos mutuamente con amargas escenas de celos. Siempre un lugar desierto, como la Place de l’Estrapade, por ejemplo, o esas calles sucias y sórdidas por los alrededores de la Mezquita o a lo largo de esa tumba abierta de una Avenue de Breteuil que a las diez de la noche está tan silenciosa, tan muerta, que te hace pensar en el asesinato o en el suicidio, en cualquier cosa que pudiera crear un vestigio de drama humano. Cuando comprendo que se ha ido, que quizá se haya ido para siempre, un gran vacío se abre y siento que voy cayendo, cayendo, cayendo en un espacio profundo y negro. Y eso es peor que las lágrimas, más profundo que el remordimiento o el dolor o la pena; es el abismo a que fue arrojado Satán. No hay modo de volver a trepar, ni un rayo de luz ni el sonido de una voz humana ni el humano contacto de una mano. Cuántos miles de veces, al caminar por las calles de noche, me he preguntado si llegaría de nuevo el día en que ella estaría a mi lado: todas las miradas anhelantes que dediqué a los edificios y estatuas, los había mirado tan ansiosa, tan desesperadamente, que ahora mis pensamientos deben de haberse convertido en parte integrante de los propios edificios y estatuas, éstos deben de estar saturados con mi angustia. Tampoco podía por menos de pensar en que, cuando habíamos caminado uno al lado del otro por aquellas calles sórdidas y sucias tan saturadas ahora con mi sueño y mi anhelo, ella no había observado nada, no había sentido nada: eran como cualesquiera otras calles para ella, un poco más sórdidas tal vez, y nada más. No recordaría que en cierta esquina yo me había detenido para recoger su horquilla ni que, cuando me agaché para atarle los cordones, se me quedó grabado el lugar en que había descansado su pie y que permanecería allí para siempre, incluso después de que se hayan demolido las catedrales y de que haya quedado barrida para siempre jamás toda la civilización latina."

(’Trópico de Cáncer’, Henry Miller).

[...] ad infinitum.

Conjuguemos el pasado.

Una de esas ideas, quizá estúpidas o tal vez pueriles, que de cuando en cuando surgen en mi cabeza y se dan tres o cuatro vueltas mientras decido (deciden) si deberían ser expulsadas, tiene que ver con la convicción de que en el pasado no habita el dolor, que el sufrimiento sólo cobra sentido en el presente. ’Pero mi herida fue causada hace varios años ya, y sigo padeciendo’, se podría protestar; sin embargo, tal reflexión no hace sino reforzar mi afirmación: ’sigo padeciendo’, luego la causa del sufrimiento se ha extendido y forma parte del presente personal.

No abundaré más en el tema, basta con el esbozo, ya lo desarrollé en su día, creo que en algún correo que escribí a alguna chica madrileña, hace tiempo.

Lo curioso es que ha vuelto a surgir la coincidencia. De nuevo resulta un poco forzada, pero creo que la semilla del pensamiento es similar en uno y otro caso. En las primeras líneas del ’Diario secreto’ que dejó escrito cualquier otro que no fuese Pushkin (¿o tal vez...?), aparece lo siguiente:

[...] la distancia en el tiempo hace que las acciones más reprochables se conviertan solamente en historia. A diferencia del presente, la historia no es ni peligrosa, ni ofensiva, sino amena y didáctica.

¡Ideas! Ninguna completamente original, ninguna inédita...

Llegarás a ser pasado María, aunque de momento sigues siendo presente ansiado y doloroso: llegarás a ser pasado grato y dulce.

¡Da buti...

... chiqui! Expresiones habituales de un tío mío de cincuentaypico años que podría pasar por mi hermano y dentro de poco, tal y como van las cosas, por mi hijo. Una de las personalidades más sanas, frescas y atractivas que he tenido la suerte de encontrar en mi vida.

Hoy, hace un momentito: una pequeña alegría, pequeñísima pero realmente ayuda. Tanto que ahora mismo, si te tuviese delante, sencillamente te diría: 'Tú te lo pierdes'. Después giraría mi cuerpo y un segundo más tarde mi cabeza, en un gesto aprendido de las grandes actrices clásicas y rubias de Hollywood. Básicamente es lo que soy, una gran actriz clásica y rubia.

La pequeña alegría consiste en lo siguiente: las palabras de una chica con la que me escribo de vez en cuando, madrileña, amiga de una amiga mía, con la que estuve a punto de encontrarme pero a quien en realidad no he visto en mi vida, salvo en foto por partida doble: fue su regalo por mi último cumpleaños. Llevaba yo tiempo sin contestar su último correo así que se presentó preocupada, me disculpé por mi egoísmo y le escribí un enorme correo doble, entre el viernes y hoy, vomitando palabras y pensamientos y dolores y sueños, acerca de mis asuntos y acerca de los suyos, como es preceptivo en esto de la comunicación. Acabo de leer su corta respuesta de agradecimiento, me escribirá mañana con calma, ¡pero me ha hecho sentir tan bien! Y eso es porque mis palabras le han llegado, y dice que resulta curioso que pueda suceder algo así entre desconocidos y sólo con letras impresas en una pantalla. Me dice más cosas, que yo valgo mucho... y yo voy y la creo. ¿Sabes?, tiene razón. Y una cosa más te digo: cuando me pongo, escribo como los ángeles.

Así que: ¡tú te lo pierdes!

¡Ya!

¡Conseguido! Ya está, se acabó, finalmente he llegado a comprenderlo, es un gran momento para mí, y aunque tú no lo sepas para ti también. El gran dilema, el que me confundía y me angustiaba, ha sido resuelto. Después de tantísimo tiempo, tras tantos meses... de repente apareció la solución, sin aviso previo, como un relámpago que lo iluminó todo un segundo. Claro que ahora me toca asimilarlo y reconstruir las cosas, pero todo será más sencillo desde la comprensión. Ya nunca te reprocharé nada, no te echaré en cara silencios ni huidas. Nunca más. Porque no tienes ninguna culpa. Antes lo decía con la boca pequeña, lo intuía pero realmente no acababa de estar convencido. Ahora podría gritarlo encaramado a la cima más alta - tras breve descanso para recuperar el aliento.

Mi gran problema estaba en que no entendía tu silencio, no lograba encontrar la causa, varias veces lo mencioné, ’no entiendo por qué no me cuentas nada, por qué no me dices adiós, es tan sencillo’... cuando lo realmente sencillo era darse cuenta de la situación. Creo que mi error fue creerme más de lo que realmente era.

Nunca quise compararme con Luis, fuera de las bromas semiacomplejadas de aquellos viejos buenos tiempos. No quise hacerlo porque sabía que no te parecía una comparación apropiada, probablemente seguirás opinando lo mismo. Pero en realidad nuestra historia es esencialmente la misma, tan simple como eso: él y tú os conocéis (tú y yo nos conocemos), hay palabras entre ambos (hay palabras entre ambos), él y tú os acompañáis durante un par de cervezas (tú y yo compartimos un par de cervezas), él acaricia tu cintura con sus manos (yo acariciando tu cintura); él llega a creer que tal vez existe la posibilidad (yo creo que tal vez...), él trata de acercarse una y otra vez (y yo, una y otra vez; y una vez más). Nunca quise pensar mucho en esto, pero ahí estaba la solución. Finalmente me atreví a escribirlo, la entrada inmediatamente anterior en este blog, y al rato me encontré reflexionando sobre ello y se hizo la luz.

¡Tan sencillo! ¡He tardado tantísimo en comprenderlo! Te pido perdón, nos habríamos ahorrado penas y angustias...

Luis te enviaba mensajes, te llamaba al móvil, intentaba hablar contigo cuando te encontraba conectada al chat... y tú tratabas de mantenerte alejada, no querías hacerle daño pero lógicamente procurabas no darle esperanzas, por otra parte te resultaba muy pesado y en realidad no tenías nada que decirle. Y alguna vez preguntabas mi opinión, ¿qué te parece?, ¿qué crees que debería hacer?, y recuerdo que alguna vez te respondí: ’No le prestes atención, ya se le pasará’. ¿Se le pasará el qué? ¿El capricho, el deseo, la ilusión? Ya se le pasará todo.

Luis preguntándote qué sucedía. Y tú manteniendo tu silencio.

Ahí está mi incoherencia, el principio de mi confusión. Yo tratando de acercarme a ti una y otra vez, yo mandándote mensajes y escribiéndote larguísimos correos... Yo Luis preguntándote qué sucedía. Yo perplejo ante tu silencio. Pero ahora lo entiendo. Es el silencio más natural y sincero, el silencio de quien no quiere tener problemas con un asunto, de quien sencillamente desea desentenderse y dejar que el tiempo solucione las cosas. ’No le prestes atención, ya se le pasará’... sin darme cuenta, en mi respuesta a tu pregunta estaba la contestación a todas mis dudas.

Así que es eso, ya está, no sé cómo no lo vi antes. Fue un error, otro más, ya lo he dicho: supongo que me dio por creerme algo más. No es un error que yo suela cometer, créeme. Lamento la confusión, lamento mi confusión. Sé que desde ella no supe actuar, sé que lo hice mal. No volverá a suceder. No volveré a reprocharte nada. No volveré a pedirte explicaciones. Porque no me las debes. Porque tu actitud es perfectamente razonable. Me duele la situación, está claro, pero esto no es responsabilidad tuya, no tengo ningún derecho a pedirte cuentas, cómo culparte por lo que sientes, por lo que dejas de sentir...

Lo conseguí, lo logré, alcancé el entendimiento. Se acabó el veneno, se terminó la hiel. Pero éste no es el fin: es el principio. A partir de aquí lo que desees: si decides explicarme atenderé sin posos de rencor, si escoges el silencio indefinido comprenderé que es algo natural (ya lo comprendo), si prefieres aparecer de vez en cuando para dar y pedir palabras las obtendrás sin manchas. Ambos sabemos cuál es la conclusión del asunto, así que lo que realmente importa a estas alturas es el tono que queramos darle a la despedida. No permitiré resentimientos ni malquerencias. Por eso es el principio. El principio de esta sensación sana y buena.


Y, en fin, todo esto, como escribiría y compartiría y a veces cantaría Quique González, ’Aunque tú no lo sepas’...

Aunque tú no lo sepas.

Aunque tú no lo sepas
me he inventado tu nombre
me drogué con promesas
y he dormido en los coches.

Aunque tú no lo entiendas
nunca escribo el remite en el sobre
por no dejar mis huellas.

Aunque tú no lo sepas
me he acostado a tu espalda
y mi cama se queja
fría cuando te marchas.

He blindado mi puerta
y al llegar la mañana
no me di ni cuenta
de que ya nunca estabas.

Aunque tú no lo sepas
nos decíamos tanto
con las manos tan llenas
cada día más flacos.

Inventamos mareas,
tripulábamos barcos,
encendía con besos
el mar de tus labios.

Y toda tu escalera.

No conocer; pero tampoco des-conocer.

¿Recuerdas cuando te comenté que mi inclinación prudencial desde hace ya algún tiempo es la de no conocer a nadie nuevo? Salvo a los que se presentan arrolladoramente y no dan opción y además resultan ser placer y alegría, como sucedió en tu caso: a esos los acojo en el rincón más confortable.

Entre las razones para esa desgana por descubrir a nadie nuevo cité la tendencia habitual según la cual son las desgracias las que se comparten con los conocidos con mayor asiduidad, mucho más que las alegrías (seguramente porque se dan más a menudo). Y a uno apenas le queda ya aliento haciendo frente a los sufrimientos propios, y acompañando a la gente cercana en sus padecimientos igualmente propios, como para además querer seguir cargando con nuevos pesos emocionales.

Seguramente no lo hace en este sentido en demasía pragmático y en la práctica frío, pero me hizo gracia averiguar lo que Audrey Hepburn le dice a Cary Grant al principio de Charada, cuando él quiere entablar amistad y ella le contesta, más o menos: “Conozco ya a multitud de personas, y mientras no muera alguna de ellas me resulta de todo punto imposible conocer a nadie nuevo”.

En otro orden de cosas, pero creo que bien traída, ésta otra frase de Yago a Othello:

"Os agradezco la lección, y desde ahora
no quiero amigos, pues la amistad es dolor."

No hay ideas nuevas en el mundo María, todo ha sido planteado con anterioridad, absolutamente todo. Por eso resulta tan maravilloso leer y encontrarse uno con pensamientos que de forma torpe ya había esbozado sin saber siquiera si aquello tendría alguna clase de sentido, o hallar nuevas teorías o conceptos o fantasías o frases bellas que podría haber teorizado o conceptualizado o fantaseado o escrito uno mismo, y que uno siente de alguna extraña forma ajenamente propias.


Estos días no me apetece escribir aquí acerca de cómo me siento con respecto a nada, en cuanto a ti seguramente la sensación dominante es rabia, rabia porque sigo sin entender que tras tantos meses permitas la prolongación de mi malestar cuando es tan sencillo terminar con las cosas de un golpe certero, que lastimará de una forma más aguda pero acabará con la angustia para siempre. Hoy por hoy tengo la impresión de que sí me escribirás, me escribirás finalmente y será una carta de carne y hueso, no sé cómo conseguirás mi dirección, tal vez me la hagas llegar por medio de mi compañera que es tu amiga. Y me parece que me lo contarás casi todo, pero todo desde tu punto de vista que no me ve en absoluto; así que me escribirás acerca de ti, de tu ex, de tu entorno, de lo que sientes respecto de esos y otros asuntos personales... y quizá con suerte me dediques un par de frases, tal vez tres. Frases que no digan mucho. Y desde luego quiero saber todo lo que de ti me quieras contar, lo deseo desde que te vi entrar en esta sala con aquella blusa enorme. Pero también necesito que me cuentes qué pasa conmigo, qué opinas de mí, qué quieres de mí... o más bien lo necesité mucho hace tantos meses y ahora parece que no tiene mucho sentido, ¿no? Tu desinterés habla por ti. Pero no quiero que hable por ti. Así que seguiré luchando para que me cuentes. Aunque parezca que ya no tiene mucho sentido.

No quería nombres propios aquí salvo el tuyo, pero me gustaría que comprendieses con exactitud lo que siento: rechazaste mis caricias con gesto de asco y me hiciste sentir como Mario; mis palabras te fueron cansando cada vez más hasta que te agotaron y ya sólo las recibías con un gesto de fastidio... y me hiciste sentir como Luis.

De entre las dos sensaciones no sé cuál es la más detestable. El asco es terrible, mucho más preferible el odio; pero al menos con Mario siguió existiendo cierta forma de afecto, de forma que la separación se convirtió incluso en una tortura dolorosa - claro, sé que no es el mismo caso ni de lejos, que con él existió una relación real y duradera y aunque de esta forma la repugnancia resultó ser más agresiva también es cierto que los lazos eran más y de un material mucho más resistente. Darse uno cuenta de que está resultando cansino y agobiante y no poder hacer nada por remediarlo y acabar consiguiendo todo lo contrario y toparse de frente con el gesto de aburrimiento y hastío (y éste sí es un caso similar al de Luis, tu mismo cansancio, tu mismo silencio)... y finalmente la indiferencia... esto tampoco resulta demasiado grato.

Y no me contestas y si no me contestas es por el mismo motivo por el que no contestabas a Luis, no puede haber otro. No existen más motivos posibles para el silencio. Y leyendo esto te entrarán ganas de decirme: "Pero no es eso, es algo distinto, si no te contesto es porque estoy sufriendo por mil cosas a la vez y además estoy agotada por esto y por lo otro y no me apetece otra cosa que cerrar los ojos y que todo pase...". Y será cierto además. Pero debes darte cuenta de que el gesto de responderme o no no tiene nada que ver con todas esas cuestiones. En efecto, en tu cabeza hay una terrible amalgama angustiosa con todos los demás asuntos de tu mundo. Pero ahí no estoy yo. Si estuviera no existiría ese silencio, sencillamente porque te darías cuenta de cómo me consume.

Así que eso es lo que hay. Me apetecía dedicar estas semanas a contarte todo lo bueno que hubo entre nosotros el año pasado y en algunos pocos momentos puntuales de éste, cómo conseguiste que disfrutase y me entusiasmase con las cosas. Pero será en otro momento. No lo digo por decir: será. En otro momento, pero será. No voy a dejar de contarte lo que significaste para mí. Las palabras más hermosas acerca de las chicas de mi vida siempre las han escuchado o leído otras personas que no eran ellas. En tu caso es probable que haya sido así y es posible que siga siéndolo, pero el malestar que siento ahora no ha ocultado ni un milímetro (cúbico) de todo el espacio agradable que creaste por aquí dentro y acerca del cual quiero contarte, espacio que no desea ser desocupado. Ese malestar es fácilmente eliminable, el tiempo acabará con él y cuando te vaya recordando, con los años, sólo quedará mi memoria dulce.

Recuérdalo, ¿vale?, recuerda esto... es cierto que siempre te querré, no es algo que me cueste, pero no serás capaz de creértelo cuando pase el tiempo y ni siquiera recordarás que te lo he dicho... pero por favor recuerda nítidamente esto: cuando tú y yo nos crucemos cada dos o cinco años por la calle y apenas nos saludemos y bajemos los ojos rápido, será ese espacio agradable lo que se mueva ahí dentro, será esa memoria dulce la que acuda a mi cabeza. Créetelo porque es cierto.

Y qué pasa con Córdoba.

Granada, Málaga, Huelva, Sevilla... ¿y Córdoba qué? Medina Azahara, un nombre precioso y el único grupo que consiguió desbancar a Los Suaves durante algún tiempo in my heart. Nunca los vi en directo, mantengo la espina clavada.

’Que tengas suerte’ María, mucha suerte.

Que tengas suerte.

A veces me cuesta tanto
decir todo lo que siento,
no me salen las palabras
y prefiero el silencio.
Y es que te siento tan lejos
si no te veo sonreír,
echo de menos tu aliento
y no me siento feliz.
Que tengas suerte, mucha suerte
y que la vida te sonría.
Y si te acuerdas de mí
que sea sólo para quererme.
Si has decidido marcharte
sólo te puedo decir,
que tengas muy buena suerte
yo me acordaré de ti.
Que tengas suerte, mucha suerte
si tu camino es el mio
y que la vida te sonría,
cambiaste tu vida y mi vida.
Y si te acuerdas de mí
que sea sólo para quererme
y si te acuerdas de mí
quizá sea yo quien no se acuerde.

Bienvenida a Triana.

Me doy perfecta cuenta de que la línea comunicativa que antes nos unía de una forma excepcional ahora nos separa. Ha cambiado de color, de textura; de idioma. Los motivos se encuentran tanto en uno como en otro lado, aunque tienes que reconocer que yo me he esforzado mucho más en tratar de conservar lo que nos iba quedando.

Está claro, por las dos o tres últimas contestaciones que de ti he recibido, a lo largo de las dos o tres últimas semanas, que mis incursiones breves y amables de los últimos meses ya no son de tu agrado. Es posible que estés pasando por malos momentos, de hecho he llegado a conocer (sin yo preguntarlo) algún detalle de tus preocupaciones sentimentales (por tanto en absoluto relacionadas conmigo) que se alargan en el futuro durante al menos un año, he podido saber más, no quiero saber más, no quiero que nadie me cuente, quiero que tú me cuentes lo que quieras contarme, únicamente eso, lo que no desees contarme no es de mi incumbencia. Sé que los últimos muchos meses has soportado una gran presión en el trabajo, sé que se han juntado varios problemas más, y quizá en estas últimas semanas, con las vacaciones tan cerca, sencillamente sólo tengas ganas de cerrar los ojos y que todo pase y lleguen playas y Huelva y sol y tiempo que no pasa, tiempo que cuente.

Que seas o dejes de ser amable conmigo en realidad no tiene mucho que ver con eso, pero en fin: comprendiendo que nuestra comunicación se encuentra en estado crítico, que no es el mejor de los momentos y que dentro de tres semanas ambos vamos a tener la oportunidad de eliminar toxinas, creo que lo mejor es dejarlo en barbecho hasta el curso que viene. El siguiente paso tendrás que darlo tú, tras las vacaciones, cuando lo desees. Has vuelto a asegurarme que me escribirás una carta contándomelo todo, la carta que me prometiste en marzo. ’Cuando esté menos estresada’, dices... 

En fin, ya está: te haré caso. Cuando tú quieras, María. Ya sabes dónde estoy. Dejaré que descanses de mí. Será bueno. Hasta entonces, pues.

Triana... recuerdos de mi hermano y yo tumbados cada uno en su cama, en la misma habitación, simulando estudiar, el mágico disco de vinilo girando hace casi veinte años... Hay varias canciones hermosísimas, pero la que más me hace temblar de emoción, también por el recuerdo, es la que contiene el coro de niños, la canción de despedida del Jesús ahogado en la nostalgia y cansado de llorar, ’Llegó el día’, y poco después llegó su día, atravesando muros y ruinas... mi día también llegará, igualmente estoy cansado de llorar, estoy cansado de todas las tragedias que están ahí aunque pase el tiempo, pero no será un día triste, tengo ganas de vivir, florecer como un hombre nuevo, sin miedo... sin miedo...

Llegó el día.

Ya no siento que me ahoga la nostalgia
y me encuentro cansado de llorar.
Ya no importará más quien gane.
No quiero de esta fuerza escapar.
Volaré por las estrellas una a una
en el brillo de tu cara y tu mirar.
Pediré al Sol que toda mi fortuna
sea un rayo perdido en alta mar.

Sin saber que no me vale.
Sin saber que no me sirve.

Ahora siento que llegó el día,
que tengo ganas de vivir,
de atravesar los muros y ruinas
que aunque pase el tiempo están ahí,
y florecer como un hombre nuevo
sin miedo a las tragedias por venir.
Regalarle a la vida todo el fuego
de tus ojos y tus ansias de vivir.

(Iba vestida la aurora con rayos de Sol
y en los cabellos prendida llevaba una flor)