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decirleamaria

Conclusiones.

Creo que soy capaz de explicar qué sucedió, a ver qué te parece:

[...] Conocí a una persona especial por un golpe de suerte. Me consideré extremadamente afortunado al percibir que mostraba cierto interés hacia mí. Afortunado hasta el punto de que quise mantener dicho interés a toda costa. Por supuesto, esto hizo que la alejara en lugar de atraerla.

En realidad, esto se debió a mi baja autoestima, cierta sensación de falta de control sobre mi manera de actuar ubicada en el azaroso fluir de las cosas, y la clara certeza de que apenas contaba con opciones.

¡No me digas que no parezco un libro de autoayuda!

[...] En realidad fallé en multitud de cosas, al meditarlo me parece imposible haber caído en tantas y tan ridículas.

[...], o en general acercarme a ti con la actitud de recibir, en lugar de procurar dar... porque estoy convencido de que tengo algo valioso que ofrecer, algo que por supuesto serías libre de aceptar o no... pero en lugar de hacer eso me dediqué a tratar de obtener tu atención, tu favor, para colmo casi sin tenerte en cuenta, sino sólo pensando en mi propio bienestar.

[...] A partir de aquí: fragmentos novelescos que en muchos casos nada tienen que ver con la percepción objetiva del asunto (salvo tal vez tangencialmente), pero estoy en pleno período lector y ahora que tengo espacio guardaré alguna de esas citas que en su día me acostumbré a admirar, aunque sólo sean cursilerías. ¿Se admite?

[...] "El trato con María José provocaba una acumulación continuada de excitación sin descarga, de ardor sin bálsamo, de exaltación sin caída. Me acostumbré a encontrarme con ella por las tardes, pues salía del colegio media hora después que yo. Supe, desde la tercera tarde, que estaba haciendo las cosas mal, pues si bien ella se dejaba querer (es un modo de decir que no me rechazaba abiertamente), tampoco aportaba nada a la relación. Un sexto sentido me decía que debía espaciar mis encuentros, disimular mi pasión, añadir a mi trato con ella una porción de indiferencia. Pero un instinto de destrucción más poderoso que el sexto sentido me empujaba a perseverar en el error. Lo cultivé con tanta minuciosidad que la historia apenas duró un par de semanas (en realidad duraría toda la vida, pero de mala manera, como veremos)."

"Uno de aquellos días, al acudir al encuentro con María José, me preguntó por qué la perseguía. Le aseguré que se trataba de lo que haría si fuera a morir al minuto siguiente. Continuamos caminando en silencio hasta que ella se volvió y dijo con crueldad:
—Tú no eres interesante para mí.
Yo continué caminando a su lado, pero al modo en que un pollo sin cabeza continúa volando, o sea, muerto. Aquella frase me había roto literalmente el corazón. Un cuchillo oxidado no habría tenido efectos más devastadores. Continué andando, pues, por pura inercia hasta su casa y luego seguí hasta la mía sabiendo que ya no era necesario imaginar que iba a morir al minuto siguiente porque ya estaba muerto."

(’El mundo’, Juan José Millás).

[...] "Es posible que la forma de vida que nosotros hemos conocido, en la cual hemos nacido, es posible que esta casa, esta cena, sí, incluso estas palabras son las que esta noche estamos esclareciendo la pregunta de nuestra vida, es posible que todo esto sea ya cosa del pasado. Existe demasiada tensión en los corazones humanos, demasiada pasión, demasiado deseo de venganza. Miremos dentro de nuestros corazones: ¿qué es lo que encontramos? Pasiones que el tiempo sólo ha conseguido atenuar, pero no apagar. ¿Con qué derecho esperamos algo distinto del mundo, de los demás?"

"Por eso somos todos capaces de conformarnos con cualquier cosa, con cualquier arreglo, incluso con el más vil y cobarde; mira a tu alrededor, y encontrarás las mismas soluciones a medias entre los seres humanos: uno se marcha, se aleja de la persona o de las personas que ama, atemorizado por un secreto, y otro se queda, calla y espera una respuesta durante una eternidad... Eso lo he visto y lo he vivido yo. No es cobardía, no... es una defensa, la última defensa del instinto humano por sobrevivir. Volví a casa, esperé hasta la noche, luego me fui a la casa del bosque, y estuve esperando una señal, una palabra, un mensaje, durante ocho años. Pero Krisztina no vino. De la casa del bosque hasta esta mansión hay dos horas de viaje en coche. Sin embargo, estas dos horas, estos veinte kilómetros, significaban para mí una lejanía mayor, tanto en el tiempo como en el espacio, de lo que pudo ser para ti el trópico. Así soy yo por naturaleza, así me educaron, así ocurrió todo. Si Krisztina me hubiese mandado un mensaje, cualquier mensaje, se habría cumplido su voluntad. Si ella hubiese deseado que te trajera otra vez, yo te habría buscado por todo el mundo para traerte. Si ella hubiese deseado que te matara, te habría buscado por todo el mundo para matarte. Si me hubiese pedido el divorcio, se lo habría concedido."

"Entre dos personas, un hombre y una mujer, las cuestiones relativas al por qué y al cómo resultan siempre miserablemente idénticas. Son ecuaciones demasiado sencillas. Todo ocurre siempre porque sí, y de la manera que tiene que ocurrir, de la manera que puede ocurrir, ésa es la verdad. No vale la pena indagar los detalles, cuando ya todo ha terminado."

(’El último encuentro’, Sándor Márai).

[...] "Hay un tema dilecto, empero, sobre el cual no falla mi memoria. Es éste la persona de Ligeia. Era de alta estatura, algo delgada, e incluso en los últimos días muy demacrada. Intentaría yo en vano describir la majestad, la tranquila soltura de su porte o la incomprensible ligereza y flexibilidad de su paso. Llegaba y partía como una sombra. [...] En cuanto a la belleza de su faz, ninguna doncella la ha igualado nunca. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y encantadora, más ardorosamente divina que las fantasías que revuelan alrededor de las almas dormidas de las hijas de Delos. Con todo, sus rasgos no poseían ese modelado regular que nos han enseñado falsamente a reverenciar con las obras clásicas del paganismo. "No hay belleza exquisita —dice Bacon, Lord Verulam—, hablando con certidumbre de todas las formas y genero de belleza, sin algo extraño en la proporción." No obstante, aunque yo veía que los rasgos de Ligeia no poseían una regularidad clásica, aunque notaba que su belleza era realmente "exquisita", y sentía que había en ella mucho de "extraño", me esforzaba en vano por descubrir la irregularidad y por perseguir los indicios de mi propia percepción de "lo extraño". Examinaba el contorno de la frente alta y pálida —una frente irreprochable: ¡cuán fría es, en verdad, esta palabra cuando se aplica a una majestad tan divina!—, la piel que competía con el más puro marfil, la amplitud imponente, la serenidad, la graciosa prominencia de las regiones que dominaban las sienes. [...] Contemplaba yo la dulce boca. Encerraba el triunfo de todas las cosas celestiales: la curva magnifica del labio superior, un poco corto, el aire suave y voluptuosamente reposado del interior, los hoyuelos que se marcaban y el color que hablaba, los dientes reflejando en una especie de relámpago cada rayo de luz bendita que caía sobre ellos en sus sonrisas serenas y plácidas, pero siempre radiantes y triunfadoras. Analizaba la forma del mentón, y allí también encontraba la gracia, la anchura, la dulzura, la majestad, la plenitud y la espiritualidad griegas, ese contorno que el dios Apolo reveló sólo en sueños a Cleómenes, el hijo del ateniense. Y luego miraba yo los grandes ojos de Ligeia.

Para los ojos no encuentro modelos, en la más remota antigüedad. Acaso era en aquellos ojos de mi amada donde residía el secreto al que Lord Verulam alude. Eran, creo yo, más grandes que los ojos ordinarios de nuestra propia raza. Más grandes que los ojos de la gacela de la tribu del valle de Nourjahad. Aun así, a ratos era —en los momentos de intensa excitación— cuando esa particularidad se hacia más notablemente impresionante en Ligeia. En tales momentos su belleza era —al menos, así parecía quizá a mi imaginación inflamada— la belleza de las fabulosas huríes de los turcos. Las pupilas eran del negro más brillante y bordeadas de pestañas de azabache muy largas; sus cejas, de un dibujo ligeramente irregular, tenían ese mismo tono. Sin embargo, lo extraño que encontraba yo en los ojos era independiente de su forma, de su color y de su brillo, y debía atribuirse, en suma, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido, puro sonido, vasta latitud en que se atrinchera nuestra ignorancia de lo espiritual! ¡La expresión de los ojos de Ligeia! ¡Cuántas largas horas he meditado en ello; cuántas veces, durante una noche entera de verano, me he esforzado en sondearlo! ¿Qué era aquello, aquel lago más profundo que el pozo de Demócrito que yacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era aquello? Se adueñaba de mí la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Habían llegado a ser para mí las estrellas gemelas de Leda, y era yo para ellas el más devoto de los astrólogos."

(’Ligeia’, Edgar Alla Poe).

[...] "«¡Nos queda el amor, Bardamu!»
«Arthur, el amor es el infinito puesto al alcance de los caniches, ¡y yo tengo dignidad!», le respondí."

"Aún hoy, me la encuentro, a Musyne, por azar, cada dos años o casi, igual que a la mayoría de las personas a las que ha conocido uno muy bien."

"Pero yo tenía mi idea, buena o mala, y no quería soltar a la bella que me había servido. Me había mirado, la monina, conque peor para ella. ¡Estaba harto de estar solo! ¡Basta de sueños! ¡Simpatía! ¡Contacto! «Señorita, me conoce usted muy poco, pero yo la amo, ¿quiere usted casarse conmigo?...» De este modo, el más honrado, me dirigí a ella."

"Buena, admirable Molly, si aún puede leerme, desde un lugar que no conozco, quiero que sepa sin duda que yo no he cambiado para ella, que sigo amándola y siempre la amaré a mi modo, que puede venir aquí, cuando quiera compartir mi pan y mi furtivo destino. Si ya no es bella, ¡mala suerte! ¡Nos arreglaremos! He guardado tanta belleza de ella en mí, tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años aún, el tiempo de llegar al fin."

"La nada estaba siempre cerca de ella y sobre ella ya un poco."

"Aquellos mil quinientos francos me excitaban la imaginación; continué: «La juventud auténtica, la única, señor cura, es amar a todo el mundo sin distinción, eso es lo único cierto, eso es lo único joven y nuevo. Pues bien, ¿conoce usted, señor cura, a muchos jóvenes así? Yo, ¡no!... »"

"Por lo demás, yo había renunciado, desde hacía mucho, a cualquier clase de amor propio. Ese sentimiento me había parecido siempre superior a mi condición, mil veces demasiado dispendioso para mis recursos. Me sentía muy bien por haberlo sacrificado de una vez por todas.
Ahora me bastaba con mantenerme en un equilibrio soportable, alimentario y físico. El resto, la verdad, ya no me importaba en absoluto."

"«... Por lo demás, he dejado de creer en las presencias indispensables... Por ese lado también, ya lo ve, amigo mío, he cambiado mucho...»"

"Y, todas las veces que hacía esos gestos tan sencillos, sentíamos sorpresa y gozo. Hacíamos como progresos de poesía sólo con admirarla por ser tan bella y tanto más inconsciente que nosotros. El ritmo de su vida brotaba de fuentes distintas de las nuestras..."

(’Viaje al fin de la noche’, Louis-Ferdinand Céline).

[...] "A veces, cuando estamos allí de pie o sentados, se abre la puerta y la señorita atraviesa el aula lentamente, mirándonos de forma extraña. En esos momentos me parece un fantasma, alguien que llegase desde muy, muy lejos. “¿Qué estáis haciendo, muchachos?”, pregunta luego; pero, sin esperar respuesta, sigue su camino. ¡Qué bella es! ¡Qué exuberante la masa de sus negrísimos cabellos! En general, la vemos con los ojos bajos. Sus ojos se prestan maravillosamente a esta posición. Sus párpados (¡con qué atención observo tantos detalles!), de voluptuosa curvatura, poseen una extraña rapidez de movimiento. ¡Y esos ojos! Contemplarlos es como sumergir la mirada en algo profundo, angustiosamente abisal. Con su brillante negrura, esos ojos parecen no decir nada y expresar, a la vez, lo inexpresable, a tal punto resultan conocidos y desconocidos al mismo tiempo. Sobre ellos, las cejas, tenues hasta casi quebrarse, dibujan un arco redondo y regular. Quien las contempla, siente punzadas. Son como medias lunas en un cielo vespertino, de mórbida palidez; como heridas leves, pero tanto más dolorosas, interiormente lacerantes. ¡Y sus mejillas! La silenciosa nostalgia y la vacilación parecen celebrar fiestas sobre ellas. La delicadeza y la ternura incomprendidas vierten allí sus lágrimas. Por entre el níveo centelleo de esas mejillas asoma a ratos un leve rubor suplicante, un tímido y rosado signo de vida, un sol... no, tan sólo un débil reflejo de luz solar. Y es como si las mejillas sonrieran de repente, o les viniera un poco de fiebre. Al mirar las mejillas de Fräulein Benjamenta se te van las ganas de seguir viviendo, pues tienes la impresión de que la vida sólo puede ser una vorágine infernal llena de indignas ramplonerías. Un espectáculo tan tierno evoca, casi imperiosamente, perspectivas difíciles y amenazadoras. Y, ¿qué decir de sus dientes, tan relucientes cuando sonríe la opulenta y bondadosa boca? ¡Y cuándo llora...! Se diría que la misma Tierra debiera saltar de su eje, dolida y avergonzada de verla llorar. ¿Y cuando se la oye... llorar? Ah, es para morirse. Hace poco la oímos llorar en medio de una clase. Todos nos pusimos a temblar como una hojita. Sí, todos nosotros la amamos. Es nuestra maestra, nuestra criatura superior. Y es evidente que sufre de algo. ¿Estará enferma?"

(’Jakob Von Guten’, Robert Walser).

[...] "Durante siete años anduve día y noche con una sola obsesión: ella. Si hubiera un cristiano tan fiel para con Dios como yo fui para con ella, hoy todos seríamos Jesucristos. Día y noche pensaba en ella, incluso cuando la engañaba. Y ahora a veces, en medio de los acontecimientos, a veces, cuando me siento absolutamente libre de todo eso, de repente, al doblar una esquina quizá, aparece una plazuela, unos cuantos árboles y un banco, un lugar desierto donde nos paramos a discutir, donde nos trastornamos mutuamente con amargas escenas de celos. Siempre un lugar desierto, como la Place de l’Estrapade, por ejemplo, o esas calles sucias y sórdidas por los alrededores de la Mezquita o a lo largo de esa tumba abierta de una Avenue de Breteuil que a las diez de la noche está tan silenciosa, tan muerta, que te hace pensar en el asesinato o en el suicidio, en cualquier cosa que pudiera crear un vestigio de drama humano. Cuando comprendo que se ha ido, que quizá se haya ido para siempre, un gran vacío se abre y siento que voy cayendo, cayendo, cayendo en un espacio profundo y negro. Y eso es peor que las lágrimas, más profundo que el remordimiento o el dolor o la pena; es el abismo a que fue arrojado Satán. No hay modo de volver a trepar, ni un rayo de luz ni el sonido de una voz humana ni el humano contacto de una mano. Cuántos miles de veces, al caminar por las calles de noche, me he preguntado si llegaría de nuevo el día en que ella estaría a mi lado: todas las miradas anhelantes que dediqué a los edificios y estatuas, los había mirado tan ansiosa, tan desesperadamente, que ahora mis pensamientos deben de haberse convertido en parte integrante de los propios edificios y estatuas, éstos deben de estar saturados con mi angustia. Tampoco podía por menos de pensar en que, cuando habíamos caminado uno al lado del otro por aquellas calles sórdidas y sucias tan saturadas ahora con mi sueño y mi anhelo, ella no había observado nada, no había sentido nada: eran como cualesquiera otras calles para ella, un poco más sórdidas tal vez, y nada más. No recordaría que en cierta esquina yo me había detenido para recoger su horquilla ni que, cuando me agaché para atarle los cordones, se me quedó grabado el lugar en que había descansado su pie y que permanecería allí para siempre, incluso después de que se hayan demolido las catedrales y de que haya quedado barrida para siempre jamás toda la civilización latina."

(’Trópico de Cáncer’, Henry Miller).

[...] ad infinitum.

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