Conjuguemos el pasado.
Una de esas ideas, quizá estúpidas o tal vez pueriles, que de cuando en cuando surgen en mi cabeza y se dan tres o cuatro vueltas mientras decido (deciden) si deberían ser expulsadas, tiene que ver con la convicción de que en el pasado no habita el dolor, que el sufrimiento sólo cobra sentido en el presente. ’Pero mi herida fue causada hace varios años ya, y sigo padeciendo’, se podría protestar; sin embargo, tal reflexión no hace sino reforzar mi afirmación: ’sigo padeciendo’, luego la causa del sufrimiento se ha extendido y forma parte del presente personal.
No abundaré más en el tema, basta con el esbozo, ya lo desarrollé en su día, creo que en algún correo que escribí a alguna chica madrileña, hace tiempo.
Lo curioso es que ha vuelto a surgir la coincidencia. De nuevo resulta un poco forzada, pero creo que la semilla del pensamiento es similar en uno y otro caso. En las primeras líneas del ’Diario secreto’ que dejó escrito cualquier otro que no fuese Pushkin (¿o tal vez...?), aparece lo siguiente:
[...] la distancia en el tiempo hace que las acciones más reprochables se conviertan solamente en historia. A diferencia del presente, la historia no es ni peligrosa, ni ofensiva, sino amena y didáctica.
¡Ideas! Ninguna completamente original, ninguna inédita...
Llegarás a ser pasado María, aunque de momento sigues siendo presente ansiado y doloroso: llegarás a ser pasado grato y dulce.