No conocer; pero tampoco des-conocer.
¿Recuerdas cuando te comenté que mi inclinación prudencial desde hace ya algún tiempo es la de no conocer a nadie nuevo? Salvo a los que se presentan arrolladoramente y no dan opción y además resultan ser placer y alegría, como sucedió en tu caso: a esos los acojo en el rincón más confortable.
Entre las razones para esa desgana por descubrir a nadie nuevo cité la tendencia habitual según la cual son las desgracias las que se comparten con los conocidos con mayor asiduidad, mucho más que las alegrías (seguramente porque se dan más a menudo). Y a uno apenas le queda ya aliento haciendo frente a los sufrimientos propios, y acompañando a la gente cercana en sus padecimientos igualmente propios, como para además querer seguir cargando con nuevos pesos emocionales.
Seguramente no lo hace en este sentido en demasía pragmático y en la práctica frío, pero me hizo gracia averiguar lo que Audrey Hepburn le dice a Cary Grant al principio de Charada, cuando él quiere entablar amistad y ella le contesta, más o menos: “Conozco ya a multitud de personas, y mientras no muera alguna de ellas me resulta de todo punto imposible conocer a nadie nuevo”.
En otro orden de cosas, pero creo que bien traída, ésta otra frase de Yago a Othello:
"Os agradezco la lección, y desde ahora
no quiero amigos, pues la amistad es dolor."
No hay ideas nuevas en el mundo María, todo ha sido planteado con anterioridad, absolutamente todo. Por eso resulta tan maravilloso leer y encontrarse uno con pensamientos que de forma torpe ya había esbozado sin saber siquiera si aquello tendría alguna clase de sentido, o hallar nuevas teorías o conceptos o fantasías o frases bellas que podría haber teorizado o conceptualizado o fantaseado o escrito uno mismo, y que uno siente de alguna extraña forma ajenamente propias.
Estos días no me apetece escribir aquí acerca de cómo me siento con respecto a nada, en cuanto a ti seguramente la sensación dominante es rabia, rabia porque sigo sin entender que tras tantos meses permitas la prolongación de mi malestar cuando es tan sencillo terminar con las cosas de un golpe certero, que lastimará de una forma más aguda pero acabará con la angustia para siempre. Hoy por hoy tengo la impresión de que sí me escribirás, me escribirás finalmente y será una carta de carne y hueso, no sé cómo conseguirás mi dirección, tal vez me la hagas llegar por medio de mi compañera que es tu amiga. Y me parece que me lo contarás casi todo, pero todo desde tu punto de vista que no me ve en absoluto; así que me escribirás acerca de ti, de tu ex, de tu entorno, de lo que sientes respecto de esos y otros asuntos personales... y quizá con suerte me dediques un par de frases, tal vez tres. Frases que no digan mucho. Y desde luego quiero saber todo lo que de ti me quieras contar, lo deseo desde que te vi entrar en esta sala con aquella blusa enorme. Pero también necesito que me cuentes qué pasa conmigo, qué opinas de mí, qué quieres de mí... o más bien lo necesité mucho hace tantos meses y ahora parece que no tiene mucho sentido, ¿no? Tu desinterés habla por ti. Pero no quiero que hable por ti. Así que seguiré luchando para que me cuentes. Aunque parezca que ya no tiene mucho sentido.
No quería nombres propios aquí salvo el tuyo, pero me gustaría que comprendieses con exactitud lo que siento: rechazaste mis caricias con gesto de asco y me hiciste sentir como Mario; mis palabras te fueron cansando cada vez más hasta que te agotaron y ya sólo las recibías con un gesto de fastidio... y me hiciste sentir como Luis.
De entre las dos sensaciones no sé cuál es la más detestable. El asco es terrible, mucho más preferible el odio; pero al menos con Mario siguió existiendo cierta forma de afecto, de forma que la separación se convirtió incluso en una tortura dolorosa - claro, sé que no es el mismo caso ni de lejos, que con él existió una relación real y duradera y aunque de esta forma la repugnancia resultó ser más agresiva también es cierto que los lazos eran más y de un material mucho más resistente. Darse uno cuenta de que está resultando cansino y agobiante y no poder hacer nada por remediarlo y acabar consiguiendo todo lo contrario y toparse de frente con el gesto de aburrimiento y hastío (y éste sí es un caso similar al de Luis, tu mismo cansancio, tu mismo silencio)... y finalmente la indiferencia... esto tampoco resulta demasiado grato.
Y no me contestas y si no me contestas es por el mismo motivo por el que no contestabas a Luis, no puede haber otro. No existen más motivos posibles para el silencio. Y leyendo esto te entrarán ganas de decirme: "Pero no es eso, es algo distinto, si no te contesto es porque estoy sufriendo por mil cosas a la vez y además estoy agotada por esto y por lo otro y no me apetece otra cosa que cerrar los ojos y que todo pase...". Y será cierto además. Pero debes darte cuenta de que el gesto de responderme o no no tiene nada que ver con todas esas cuestiones. En efecto, en tu cabeza hay una terrible amalgama angustiosa con todos los demás asuntos de tu mundo. Pero ahí no estoy yo. Si estuviera no existiría ese silencio, sencillamente porque te darías cuenta de cómo me consume.
Así que eso es lo que hay. Me apetecía dedicar estas semanas a contarte todo lo bueno que hubo entre nosotros el año pasado y en algunos pocos momentos puntuales de éste, cómo conseguiste que disfrutase y me entusiasmase con las cosas. Pero será en otro momento. No lo digo por decir: será. En otro momento, pero será. No voy a dejar de contarte lo que significaste para mí. Las palabras más hermosas acerca de las chicas de mi vida siempre las han escuchado o leído otras personas que no eran ellas. En tu caso es probable que haya sido así y es posible que siga siéndolo, pero el malestar que siento ahora no ha ocultado ni un milímetro (cúbico) de todo el espacio agradable que creaste por aquí dentro y acerca del cual quiero contarte, espacio que no desea ser desocupado. Ese malestar es fácilmente eliminable, el tiempo acabará con él y cuando te vaya recordando, con los años, sólo quedará mi memoria dulce.
Recuérdalo, ¿vale?, recuerda esto... es cierto que siempre te querré, no es algo que me cueste, pero no serás capaz de creértelo cuando pase el tiempo y ni siquiera recordarás que te lo he dicho... pero por favor recuerda nítidamente esto: cuando tú y yo nos crucemos cada dos o cinco años por la calle y apenas nos saludemos y bajemos los ojos rápido, será ese espacio agradable lo que se mueva ahí dentro, será esa memoria dulce la que acuda a mi cabeza. Créetelo porque es cierto.