Donde no te espero porque no te volveré a ver.
Evidentemente, no me contestaste...
... durante el fin de semana. Lo hiciste hoy a las diez, un correo breve y que supongo trató de ser también amable. Digo ’supongo’ porque en realidad hubo varias cosas que me molestaron: ese ’lo de venir hasta aquí me parece muy mala idea’, por mucho emoticón que le pongas después el comentario sobraba. Ese ’te juro que te contaré todo’, cuántas veces me lo has dicho, ’te contaré’, y después nada. Ese después que se alarga indefinidamente.
¡Vaya! En realidad supongo que todo eso me suena mal porque lo leo con malos ojos. Estoy pecando de lo que te acuso a ti: interpreto las cosas a mi gusto. A mi disgusto. Seguramente no pretendías hacerme sentir mal, no tiene sentido...
’Lo de venir hasta aquí me parece muy mala idea’...
Estoy molesto, no puedo evitarlo, tal vez deje de escribir aquí durante unos días. No es bueno hablar desde la amargura. Hoy te contesté, no te mandé besos pero traté de ser cordial. Borré varias líneas que reflejaban precisamente eso, mi amargura.
Lo cierto es que no me comprendo... ¿y qué narices esperaba que me contestases? Me has dicho que ya me escribirás contándomelo todo, que ahora te encuentras muy estresada...
Soy bobo.