Tétradas partidas por la mitad.
Hoy no me he levantado tan animado como ayer, supongo que tiene que ver con la alergia, antes de salir por la puerta (deseché la opción de la ventana de mi cuarto piso por enésima vez dada la ausencia de amor o corrientes de aire caliente-frío suficientemente estables) moqueé y estornudé a gusto, no una ni dos sino mil veces, hasta desear estallar. Pero hoy no toca pastilla, sólo me quedan tres y los próximos tres días los pasaré en Santander y malditas las ganas de padecer algo similar allí y no poseer remedio para el alivio.
¿Existe algún método para alcanzar el olvido con rapidez?
Así que no fue uno de esos despertares gratamente memorables, dos seguidos debe de ser muy difícil, no recuerdo nada parecido. Mejoró mucho (mucho) instantes después, cuando miré el móvil y había mensaje y (aún no entonces porque) creí saber de quién era y me dió un poco igual (obviamente sabía que no sería tuyo), mas hubo sorpresa y la identidad del remitente y el mismo mensaje consiguieron (entonces sí) emocionarme. No eras tú (¡lo sabía!), pero probablemente tras un utópico mensaje tuyo diciéndome algo parecido no habría ningún otro en el mundo que me hiciese tanta ilusión.
O tal vez sí habría exactamente otra dupla remitente-contenido que podría colocarse justo en medio en ese ránking, pero vuelve a ser utopía. De modo que, considerando las posibilidades factibles, en realidad esta mañana recibí el mejor mensaje que podía haber recibido. Nada más y nada menos.
Mi primita, mi bellísima primita catalana, mi tan-bella-como-inteligente prima ¿ya odontóloga? de ojos enormes y sonrisa infinita, la misma que viste (imagino) y calza (grandes números) y hace muchísimos años que no veo, tantos que he perdido la cuenta, desde que comenzó la universidad. Estaba estudiando en Madrid, al parecer ahora vuelve a Barcelona. Me cuenta eso, también que regresará al pueblo en agosto y tal vez tras tantísimo tiempo podamos volvernos a ver. Me dice: ’Espero verte’. Tras una gracia graciosa acerca de mi edad me dice: ’Pero no te preocupes, te querré siempre’. Estas querencias nuestras sin urgencias, nos las repetimos en todos los mensajes que nos enviamos, uno o dos al año; pero hacía mucho tiempo que no me lo decía ella primero. Es curioso que entre tantas distancias y tanto tiempo sigamos sabiendo que eso sigue siendo así, sintiéndolo en cada milímetro de nuestras entrañas. Es hermoso.
Eran las seis y media de la mañana, el mensaje me lo había enviado a medianoche pero decía: ’Seguro que estás en el segundo sueño y me responderás a las siete’, me hizo gracia, estuvo a punto de acertar. Esa clase de conexión trascendente, hilos de energía universal como decía cierta naturista que me atendió hace tiempo, ’si de repente piensas en alguien para ti importante que está a cientos de kilómetros de distancia, es muy posible que a él le ocurra lo mismo exactamente al mismo tiempo’. No encuentro explicación razonable para la teoría, pero me parece que más o menos todos hemos pensado algo parecido en algún momento, al menos hemos saboreado la posibilidad, ’son mis dos y veintiuno y pienso en ti, qué estupendo sería que en tus dos y veintiuno estuvieras pensando en mí’... Creo que tú y yo tuvimos esa conexión especial, y cuidamos de ella durante un buen tiempo, el mejor de los tiempos. Aquellos momentos de casualidades imposibles.
Pero un día nos dio por quedar y...
Pero volvamos a esta mañana. Pensé en la cantidad de tiempo que hacía que nadie me decía algo así, creí que debía hacer muchos años porque no recordaba esa sensación de sentirme querido. Desde ese momento he estado pensando y la realidad es que ha habido varias personas que sí me lo han dicho los últimos meses, en concreto tres. Pero supongo que este ’te querré siempre’ significa hoy un poquito más que lo que aquellos ’te quiero’ supusieron en su momento, no sabría explicar muy bien por qué, al menos dos de esas personas son igualmente importantísimas. Supongo que tiene que ver con la sorpresa: si uno no espera recibir algo agradable, cuando lo recibe es doblemente magnífico.
Algo parecido sucedió en nuestro caso, por ejemplo. Nunca llegué a creer posible poder estar contigo. Y de repente y por sorpresa pareció surgir la oportunidad. Con todo lo que significabas para mí aquel suceso extraordinario no fue doblemente magnífico, lo fue infinitamente. Tanto que me desbordó y no supe gestionarlo. De forma que la terminación inmediatamente posterior, también por sorpresa, fue infinitamente horrible.
Es lo que tienen las sorpresas: siempre son infinitamente algo, para bien o para mal.
Confieso que sí sentí tu afecto, tu aprecio, tu cariño, durante los cuatro últimos meses del 2007. Qué tibio suena ¿no?, cuando aplicamos números o fórmulas concretas a los sentimientos. Pero fue así. Cuatro meses maravillosos, otro día hablaré de ellos. Nunca me dijiste ’te quiero’, ni entonces (no hacía falta ni era lo adecuado) ni después (seguía sin ser adecuado pero me habría hecho bien, un poco menos imbécil tras cada ocasión - hubo demasiadas, lo confieso - en que yo te lo decía a ti). En uno de nuestros últimos chats nocturnos (me entristece pensar en todo lo que fuimos perdiendo), uno de esos jueves en que yo me ponía tierno y ñoño, te obligué a decirme ’sí’ tras preguntarte en tono amigable si me querías, qué podías contestar si no. Fue la mayor aproximación, aunque asombrosamente no sonaste demasiado convincente. Había pasado el tiempo en que las palabras amables fluían entre nosotros sin obstáculos inventados. Tal vez en mis labios, y visto mi comportamiento y mis abundancias afectivas, sonase excesivo algo así, pero habíamos hablado en tantas ocasiones acerca de las maneras y los caminos buenos y sanos del querer que me parecía imposible que lo pudieses tomar como una continua y exagerada manifestación de amor y deseo.
No era eso, supongo que habrás llegado a darte cuenta. Aunque es evidente, y también te lo he expuesto con claridad, que te deseaba y sentía algo sincero e intenso y hermoso hacia ti, y en cierta forma y para mi desgracia sigue siendo así porque no soy capaz de extinguir los incendios con la rapidez con que debería hacerlo, no es menos cierto que todas esas voces del querer que despilfarraba contigo tenían más que ver con el afecto inagotable y el interés desinteresado por ti y tu bienestar; voces que no se me han acabado ni terminarán nunca, te quiero, te querré siempre María, aunque lleguemos a tener contacto únicamente una o dos veces al año en mensajes cortísimos o ni siquiera eso. Este calor no lo sofocaré, porque no me da la gana.
El lunes más, largo fin de semana, aburrido fin de semana, cansado fin de semana. Uno de tantos. Espero que para ti cada fin de semana sea diferenciado y especial, que haya muchas risas, que las haya a diario María.