Confesiones (II).
Una de las escenas que produjo mayor deterioro en mis ánimos, una de las que más dolió (hubo muchas que causaron pequeños daños, pero las graves se perfilaron precisas en el momento exacto), fue la que aconteció tras la boda de mi ex en la provincia de Madrid. Fin de semana de viaje, de coche que se mueve como una barca, de calor, de pintas tal vez no demasiado elegantes para tratarse de tal boda, de cámaras y de sensaciones, también de mujeres si hubiese querido (digo en plural y digo bien) pero ni quise ni querré en un buen período de tiempo, éste es uno de los efectos secundarios, un movimiento reflejo de autodefensa: cómo seguir deseando féminas tras finalizar cada historia sufriendo de esta manera. No merece la pena, eso es lo que cree el mecanismo al que llamaremos ’que-las-den-por-culo’, me gusta el laísmo.
A la boda llevé mi cámara con el único fin de sacar fotos y vídeos que después enseñar a María, especialmente vídeos del coro rociero que yo escuchaba por vez primera en mi vida y a ella tanto le gustaba. Reconozco que el puñetero coro consiguió encresparme ciertas partículas epidérmicas y también algo por dentro, especialmente al comprobar cómo lo vivía la novia. Grabé todas sus actuaciones (las del coro), desde lejos y con no muy buena calidad, más bien pésima, tanto de vídeo como de audio; pero hice lo que pude, pensando en María. Grabé algún vídeo más de los momentos especiales en la ceremonia, el banquete, el baile... Para las fotos dejé como encargado a un joven amigo, resultado horrible pero tampoco necesitaba mucho más.
En cuanto a María, durante la semana posterior me dediqué a relatarle todo cuanto había acontecido durante el fin de semana, con pelos y señales, sin omitir detalles ni reparar en gastos. Ella no contestaba mucho pero le sobrepasaba el trabajo, y además se disculpó alguna vez, así que todo fue perfecto. Incluso se interesó por algún detalle, como el de la amiga de la novia que quiso algo conmigo. El simple hecho de que se interesase por algo relacionado conmigo me hacía sentir bien, así que los primeros días de esa semana la comunicación entre ambos llegó a ser agradable y confiada. No como en los viejos tiempos, ni muchísimo menos, pero el tener algo concreto de lo que hablar nos animó un poco. Le envié fotos e hizo algún comentario por lo alto, no tantos como ella misma decía querer hacer pero en cualquier caso estuvo bien. Los vídeos pesaban mucho para pasárselos por correo, así que los subí a internet, y después de una tarde entera para conseguir hacerlo (cambiándolos de formato, de resolución; luego subiéndolos con gran lentitud) le mandé el enlace una tarde, probablemente la del martes. Al día siguiente ella me preguntó dónde estaban los vídeos prometidos, le conté y entonces ella me refirió que tenía el ordenador de casa estropeado y que para conectar el portátil del trabajo tenía que hacer horas extra enganchando y desenganchando claves y no le apetecía, pero que tenía ganas de ver los vídeos y lo haría el fin de semana, llevaría el portátil para poder hacerlo. El resto de la semana siguió con buen tono por la inercia, yo esperando con ansias que llegasen los últimos días para que viese los vídeos y me contase: tanto esfuerzo, tesón y buenos deseos había puesto yo con ese único anhelo.
Llegó el fin de semana. Ninguna noticia suya desde primera hora del viernes. Pasó el fin de semana. El lunes mi habitual correo de buenos días, llego al trabajo una hora antes que ella. No mencioné el asunto, obviamente, esperaba que lo hiciera ella, no estaba yo muy orgulloso de los vídeos pero suponía que los valoraría (o si no los vídeos al menos mi esfuerzo) de alguna forma, la semana anterior incluso había insistido así que al menos parecía sentir cierto apetito.
No hubo ningún comentario al respecto. Ni el lunes ni el martes ni nunca.
No le dije nada, debía salir de ella. Los había visto o no los había visto, quién sabe, en cualquier caso los estimó de tan poco valor como para pasar de ellos. O de mí. Y mi autoestima, agonizante, agonizaba.
Confieso que me dolió, confieso que en esos momentos fue cuando se hizo plenamente evidente que debía hacer algo para que nuestra relación (nuestra comunicación, apenas ya eso), ya en penumbra, no se oscureciese por completo. Continué aún un par de semanas más, el último golpe de riñón para salvar algo mientras me retorcía sufriendo y ella no se daba ni cuenta, pero ya estaba claro el camino por el que marchaban las cosas: ya sólo me dedicaba diez minutos, de lunes a viernes. Diez minutos de funcionario, que ella cumplía como un compromiso. Yo era capaz de visualizarla resoplando cada mañana ante mi correo, sin prestar demasiada atención a lo que yo le contaba, relatándome con brevedad sus andanzas de la jornada o del fin de semana anterior. ¿Que iba a Gijón y salía por lugares semejantes a los míos? Yo sólo me podría enterar el lunes siguiente. Esto no me extrañaba, obviamente, hacía meses que esto estaba siendo así. Pero eso no hacía que fuera más sencillo.
Confieso que me dolía cuando me daba cuenta de que ella no quería verme. Peor aún: quería no verme. Y fue así casi desde el principio. O desde el mismísimo principio. El 4 de enero, día después-de: yo llevé el coche al trabajo, de haber surgido la oportunidad le habría sugerido la posibilidad de acercarme hasta donde estuviese para compartir un café, no hubo caso, no pasaba nada. Pero se lo comenté después, mientras chateábamos de tarde en casa: ’¿Sabes?, me hubiera gustado pasar por allí a tomar un café contigo, llevé el coche así que no hubiera resultado difícil’; esperando que ella manifestase cierto ligerísimo entusiasmo, al menos. Silencio. Cambió de tema. Se lo repetí, tal vez había pasado por alto la línea en que se lo escribía, esas cosas pasan en los chat. Pero no. Silencio. Siguió hablando de otras cosas.
Esa fue la primera vez, bien temprano. No le di mayor importancia, menos aún cuando aquella misma noche, ella de fiesta, me envió un mensaje de madrugada comentando que sus amigas la picaban diciéndola que yo debería estar allí, y que ella era de la misma opinión.
Confieso que aquel mismo fin de semana volví a equivocarme, tan pronto: tras un cambio inesperado en el tono de sus palabras (infinitamente menos cálido) le comenté que le echaba de menos. ’Estoy aquí, tranquilo, sé que es la noche la que hace que uno piense esas cosas’.
Aún se lo mencioné una vez más, un par de semanas después. No respondió nada.
Fueron también dos, tal vez tres, las veces en que le escribí: ’Quiero verte’. Silencios o cambios de tema.
Aún así la vi dos fines de semana consecutivos, los dos siguientes de enero, ella quedaba con su amiga (mi compañera de trabajo) en Gijón y yo con algún amigo y todos nos reuníamos a media noche. Creo que nos lo pasábamos muy bien juntos, ella (o su confusión, esa que no sabe si solucionar o no) no debió creer lo mismo.
Un par de semanas después parecían volver a alinearse los astros para permitir vernos: ella tenía cena un viernes en Gijón con sus compañeros de trabajo, tras la cena bajarían a tomar alguna copa por los bares céntricos, podríamos vernos un momento, yo creía que era una buena idea. Desde luego ella no parecía muy entusiasmada, pero nunca parecía muy entusiasmada y de todas formas no puso ninguna pega. Hasta un par de día antes, o el mismo día anterior: el sábado por la mañana tenía que cuidar de su sobrina, así que debería regresar pronto a casa. No podríamos vernos, pero no era eso lo que le fastidiaba, sino el hecho de no poder salir a su aire sin tener que estar pendiente de otros asuntos, lo dejó claro. Yo entendí la situación, comprendí su malestar y traté de mostrar cierta empatía (’De cualquier forma espero que te lo pases muy bien’), no me tomé nada a mal porque no había nada que tomar a mal, no tenía que ver conmigo.
Confieso que, después de aquello, me sentí un poco idiota. Sigo sin pensar que lo de su sobrina era una excusa para perderme de vista, no me entra en la cabeza algo así, no tenía sentido y hubiera entendido perfectamente que me hubiera dicho: ’Es mejor que no nos veamos, no sé dónde querrán ir mis compañeros y prefiero pasármelo bien con ellos sin más, ya tendremos otras ocasiones para quedar’, era uno de esos días en que ella debía pasarlo bien sin tener otras preocupaciones en la cabeza, tras una semana de duro trabajo, y yo no sólo comprendía que con sus compañeros se lo iba a pasar estupendamente bien sino que deseaba que fuese así, sin más complicaciones.
Pero me sentí un poco idiota, fue inevitable. Tras aquella noche me contó que habían estado hasta tardísimo por Gijón, hasta las seis. Que lo habían pasado muy bien, bebiendo mucho y riéndose más. Perfecto, eso era lo que yo quería para ella. Pero me sentí un poco idiota. Porque finalmente no marchó pronto de Gijón, porque tuvo todo el tiempo del mundo para verme si lo hubiese deseado, porque aunque nada de lo que me dijo sonó a excusa para no quedar conmigo finalmente quedó claro que ni le apetecía demasiado hacerlo, ni pensaba que conmigo se lo pasaba tan bien como con sus compañeros, ni se le pasó por la cabeza que mereciese la pena tranquilizarme (’No pasa nada, ya quedaremos, ayer lo pasé muy bien con mis amigos’) - algo tan sencillo. Tuve la sensación de que no se atrevía a decírmelo, que le parecía que yo me lo iba a tomar mal, y que por eso sencillamente no me decía nada... Sensación semejante a la que tengo ahora, por otra parte. O eso o la indiferencia, tanto antes como ahora.
De forma que a partir de ahí ya me resultaba imposible tratar de quedar con ella. Decírselo directamente parecía encaminarme al fracaso, como indicaba el último intento. Y las indirectas tampoco parecían servir de nada bueno. Así que, a pesar de la impaciencia de mis ansias adolescentes, a pesar de mis deseos difíciles de controlar, a pesar del dolor que suponía comprobar que ella no sentía en absoluto nada de eso, sencillamente me dediqué a esforzarme por resultar agradable desde la distancia y esperar a que quisiese concederme otra cita.
Hubo fortuna y el intento de mi compañera de trabajo (su amiga) por quedar con otros compañeros y ex-compañeros consiguió aquello que ya me iba pareciendo imposible (y que posteriormente me lo pareció aún más), y nos vimos en una cena. La noche horrible, ya hablé sobre ella. A punto estuvo de no llevarse a cabo la cena esa noche, ya que a última hora su padre tuvo problemas de espalda que casi la obligaron a quedarse con él: se hubiera pospuesto para otro día, aunque la premura con que nos avisó habría hecho difícil la cancelación.
Confieso que me preocupé sinceramente por su situación y la de su padre, le solicité que me mantuviera informado. No lo hizo, supongo que cansada por la multitud de cosas a las que, cierto es, debía prestar atención esos días. No obstante, confieso que el hecho de que no me hiciera mucho caso tampoco contribuyó a aumentar mi autoestima.
Noche horrible, confieso que la cagué. Si antes temía que pudiera ser así, después de aquello llegué a estar convencido de que ella no querría volver a quedar conmigo.
Sucedía que, anteriormente, tras cada ocasión en que quedábamos (a pesar de pasarlo bien), y no sé por qué extraño motivo, nos alejábamos un poco más. Así que después de aquella noche las cosas pintaban francamente mal.
Durante un mes no surgió la más remota posibilidad de vernos, no entraba dentro de las cosas de las que hablábamos. Ella cada vez se alejaba más, de forma que apenas nos escribíamos para darnos los buenos días. Yo ni siquiera sabía los fines de semana que ella pasaba en Gijón, seguramente hubo ocasiones en que compartimos zona sin saberlo.
Un domingo de marzo yo iba a ir al aeropuerto a despedir a mi ex que se casaba, y María pasaría por allí para coger otro avión también destino Madrid, una de sus semanas de trabajo madrileño. Parece que la coincidencia la animó, me escribió diciendo que estaría bien vernos en el aeropuerto, me sorprendió muchísimo y muy gratamente pero respondí con frialdad, ’Dependo de mi amigo, si finalmente pasamos por allí y estáis allí nos veremos’. No me parecía la mejor idea, vernos allí. Sobre todo porque era una de esas semanas en que uno se siente terriblemente feo, granudo y ojeroso y con la piel reseca y básicamente impresentable, confieso mi estupidez: a veces estas tonterías estéticas se convierten en un gran obstáculo para uno. Pero había otra razón, y era que, como mencioné antes, cada vez que nos veíamos las cosas parecían ir a peor. Si ya estábamos en las últimas aquello sería el finiquito. No obstante, si la única solución para que aquello no acabase era no vernos nunca más, en realidad no había solución.
Fui al aeropuerto, quedé con mi ex y mis amigos, me tomé un par de cervezas para eliminar alguna parte emborrachable de los nervios, me sorprendí al ver que María hacía todo lo posible por verme, me envió dos mensajes a los que (confieso) también respondí con frialdad, me llamó al móvil contándome que sus amigos querían verme... así que finalmente fui donde ella. Otra cerveza y básicamente estaba borracho, con tan poca cosa pero supongo que influiría la situación. Estuvimos juntos, a veces con sus amigos, a veces a solas, durante un buen rato, el suficiente como para olvidarme de mi ex y que se largase sin despedirnos, me fastidió no poder darle el abrazo que ella necesitaba, me fastidió mucho, me sentí repentinamente del otro lado, del lado de los que no saben apreciar ni querer, hice todo lo posible por quitarle hierro al asunto, incluso la llamé, pero (confieso) no me perdono haber actuado así.
Sucedía que María lo llenaba todo. Nos despedimos con un abrazo y cuatro besos, ebrio como estaba también me despedí de sus amigos tras rápida carrera. Fue breve y todo pasó pronto, pero creo que fue agradable, estuvimos cómodos. Al menos para mí lo fue, al menos yo lo estuve.
Aquella noche me escribió el mensaje prometido, muy tarde, la débil vibración de mi móvil no llegó a despertarme.
Todo aquello me hizo sentir bien, verla me entusiasmaba, y comprobar que entre nosotros seguía existiendo cierta conexión amable y afectuosa me tranquilizaba y, por qué no decirlo: aunque muy débilmente, me ilusionaba. Por otro lado era una ilusión expectante, a la espera: ya había experimentado con anterioridad los alejamientos de María, y podría volver a suceder lo mismo.
En efecto. Y peor que nunca. El fin del fin. Esa semana (aun cuando quedaban un par para la escena del principio de este texto) ella se presentó poco y mal, dejó de contestarme algún mensaje, y finalmente dejó de aparecer, dos días sin dar señales de vida... pero esto ya lo conté con anterioridad.
Confieso que me dediqué a la autocompasión, esa nueva enfermedad. Ésa que tan bien conoces, María.
Aquel fin de semana no quise aguantar más y me puse a confesarte cosas, y fue entonces cuando comenzaste a explicarte. Nada me habías comentado acerca de tu situación hasta aquel instante, y poco más me comentarías después de aquello, siempre tan encerrada en tu burbuja. ’Me siento muy sola, pienso mucho en mi ex, estoy confusa, necesito centrarme y sólo yo puedo hacerlo, nadie me puede ayudar’.
Y fin, eso es todo lo que sé. Eso respecto de ti, que te sentías muy sola y además confundida, que estabas muy mal, que aún lo estás, no lo sé, hace tanto tiempo que no sé nada de ti... Y respecto de mí, o de lo nuestro: que te agobié (una vez incluso me comentaste que la única vez que sentiste el agobio fue la semana siguiente a nuestro primer encuentro, cuando me atreví a decirte que te sentía fría y lejana; supongo que no agobiada por esas palabras sencillas sino por el hecho de parecer estar yo constantemente encima tuyo tratando de controlar demasiadas cosas, eso lo comprendo), que te sentías bien conmigo (estas son todas las palabras bonitas que me has dedicado en seis meses) pero que necesitabas aclararte...
Confieso estar convencido de que en cuanto a mí no necesitas aclarar nada, bastante bien sabes y has sabido en qué lugar quieres que esté yo.
Y sigo confesando que me fastidia el silencio con el que me contestas y me duele que me aprecies tan poco como para utilizar semejante método. 'Ya se olvidará, ya se le pasará'... como te has olvidado, como se te ha pasado a ti, ¿no es eso?
Pues no. No es eso.
Confieso que no es la clase de confesiones que me proponía realizar, quería poner de manifiesto mis faltas y mis culpas, revelar mis miedos. Pero cada ’confieso’ parece metido con calzador. Es el día, son los días. Son malos tiempos en muchos aspectos, en casi todos. También en éste, vuelvo a pensar demasiado en María. Y duele. Surgen pensamientos en mi cabeza, apenas puedo dirigirlos, sobre todo durante la vigilia. Y escribo sobre ello, no hay más. Me gustaría contar alegrías pero no me salen. Ya lo harán en su momento, y será bueno. Me gustaría relatar mis miserias sin titubeos, pero supongo que ahora mismo tampoco es la mejor de las ideas. Y, sin embargo, es posible que la mayor parte de ellas, aunque no en la forma prevista, ya hayan quedado reflejadas en estos dos últimos textos.
Y nada más. Malos tiempos. Ésos que, según parece, no terminarán nunca.