Las verdades fundamentales (detalle).

Hay varias realidades que deben ser reveladas sin ambages, y siendo yo amante del rodeo las cosas pueden perderse en cuadras con miles de animales si continúo escribiendo sin ton ni son. Así que al grano, ya habrá tiempo para otros asuntos. Al grano aunque con rodeo incluído que para eso lo publico con el ’detalle’ al final. Estas son las Verdades Fundamentales con respecto a María, las más elementales a día de hoy, existen otras que supongo irán surgiendo a medida que esto avance (si esto avanza) pero actualmente son las que están cerquita de mí diciéndome cosas al oído. Siempre que surja una de estas Verdades Fundamentales escribiré ’Verdad Fundamental’, de forma que con la opción de búsqueda en este blog será rápido y sencillo encontrar todas las Verdades Fundamentales de nuestra relación desde mi punto de vista. Lo cual suena aún más alucinante que en la primera ocasión. Aunque por lo que acabo de comprobar... sería incluso más guay (si cabe) si funcionase la búsqueda. Pero no se puede tener todo...


Primera Verdad Fundamental: quiero a María. La quiero mucho, de hecho, y desde hace mucho tiempo. La estimo, la aprecio, le tengo muchísimo cariño, de una forma que incluso a mí me parecía exagerada y sorprendente en los primeros tiempos, los del trabajo compartido, cuando apenas me atrevía a mirarla al levantarse ella o sentarse y yo decirle hola o adiós, poco más, pero escuchaba sus palabras, su voz que al principio no me seducía y acabó conquistándome, contemplaba sus gestos, sus aires y maneras, y poco a poco y sin querer se me fue metiendo muy dentro... aunque de esto hablaré en su momento. Te quiero María, ¿qué significa eso?, creo que ya te lo he explicado alguna vez. Lo cierto es que la palabreja, de tan manida, apenas guarda sentido: te quiero te quiero te quiero te quiero, repetido infinitas veces en cada parte del mundo, qué es eso, explícame, para qué sirve, en qué me afecta... Todo eso, mi vida, me temo que tendrás que descubrirlo por ti misma. Así que lo más probable es que toda esa querencia finalmente quede en nada, huérfana de objetivo.

Parece que no me cuesta escribirlo porque en el fondo soy un ñoño, ¿cierto? Pero sí cuesta... He estado un buen tiempo delante del documento en blanco pensando si debía o no apuntarlo, pero tengo que hacerlo, no hay más, y tiene que quedar reflejada, además, como la primera de las Verdades Fundamentales, porque es la más cierta porque es la que más abarca porque es la que aplastaría cualquier dificultad de un plumazo. Fíjate si es complicado que una pluma aplaste nada, pues ésta lo haría, sería la mayor pluma de todos los tiempos. Te quiero y haría cualquier cosa (cualquiera, también desaparecer con mis inseguridades y mis recelos) para poder contribuir a tu bienestar. Te quiero y te lo he demostrado mal. Te quiero y no me dejas quererte, pero no te lo echo en cara, supongo que a todos nos ha sucedido algo similar en algún momento, todos tenemos nuestros despojos de este tipo.


Segunda Verdad Fundamental: si la Primera lo abarca todo y lo hace todo el tiempo, ésta (igual que la siguiente) sólo tiene sentido en el momento y situación actual: me fastidia, me molesta mucho, me rabia enormemente el hecho de que me estés contestando con el silencio. Tú siempre has sabido qué había en mi lugar del mundo, qué podías esperar de mí, siempre te conté, mira me sucede esto contigo siento esto y esto es lo que quiero, nunca te mentí y tampoco quise que anduvieses confusa o despistada. Tú nunca hablaste de mí o de nosotros salvo para decirme que te agobiaba pero que te lo pasabas bien conmigo, por ese orden y en una sola frase, eso sí, subordinada. En alguna ocasión más, y creo que también en esa misma, me comentaste que esas cosas preferías hablarlas de otra forma, no por correo electrónico, sino a la cara o al menos con voz o tal vez letra de la mano propia. Pero ese momento se retrasaba se aplazaba no llegaba nunca, pasaron meses y cuando apenas teníamos ya contacto decidí preguntarte: ¿qué soy para ti?, ¿qué quieres de mí?, tómate todo el tiempo que quieras, una semana o un par de ellas o el que precises, ojalá no dos meses (ya van tres), descansa de mí el tiempo que quieras y después me cuentas. Sólo te estoy pidiendo eso, no es un adiós, por favor vuelve y cuéntame.

¿Cómo me contestarías? Me refiero a la manera de hacerlo, de qué forma, no cuál sería la respuesta en sí. Al principio apenas se me pasaba por la cabeza que pudieras dejar de contestarme, y creía que lo más probable era que quedaras conmigo alguna noche de las que pasas en Gijón para hablar sobre esto. Incluso llegaba a fantasear con esos posibles encuentros, en estas escenas inventadas casi siempre me respondías lo mismo (aunque en algunas ocasiones, muy pocas, esos días en que uno se siente alegre sin necesidad de motivo, tu yo imaginario era benévolo conmigo), y yo reaccionaba de distintas maneras dependiendo de la sensación diaria: unas veces me largaba del lugar dolido casi dejándote con la palabra en la boca (pero despidiéndome educadamente, eso siempre), otras acogía la noticia con frialdad como haciéndome el duro, en otros casos sonreía y te decía "ya lo sabía tonta" y le restaba importancia al asunto y hacía lo posible para que te sintieras bien, y en muchos de ellos sencillamente me abría por completo y dejaba que las confesiones surgieran sin trabas ni trucos, un poco como estoy haciendo aquí ahora.

Pasaban las semanas y no tenía noticias tuyas, te envié un par de correos y de mensajes al móvil para interesarme por ti (sin agobios, después de todo quería que descansases de mí) y para que supieras que a pesar de la distancia impuesta en realidad seguía estando muy cerca, tanto como siempre; para quitarle hierro al asunto, vamos. Siempre me respondías y además de buenas maneras, y si por casualidad yo notaba o sabía que estabas pasando por momentos de tensión o nervios procuraba hacerme el remolón, me dejaba caer unos días más con todo el buen tono de que era capaz hasta que percibía que las cosas te iban un poquito mejor, sonreías un poquito más - evidentemente no por mi causa. Entonces me volvía a apartar para darte tiempo y espacio.

Nunca contactaste conmigo salvo en una ocasión para felicitarme por un acontecimiento anual, yo estaba de viaje y te contesté tarde pero me encantó que tomases la iniciativa en aquel momento, además me sorprendió porque creía que no lo recordarías. Una nueva semana de correos agradables, y otra vez volví a dejarte respirar. No creo que te hayan afectado estos nuevos ’hasta luego’ míos, en realidad técnicamente he sido siempre el último en escribir así que de haber querido tú continuar con el contacto te habría bastado con seguir escribiéndome. Si no ha sucedido es porque no has querido, desde luego yo podría haber forzado las cosas pero es lo peor que se puede hacer, ¿no es cierto?, forzar las cosas. Así que creo que continuamos en esta situación de espera espectante por decisión mutua, voluntad compartida.

Fue pasando el tiempo y yo ya no veía tan claro que tuvieras ganas de verme y hablar conmigo. Por una parte no habías querido quedar conmigo durante los meses anteriores para sencillamente charlar o pasar un buen rato, así que el simple hecho de citarme debía suponer un gran obstáculo. Me refiero a que la falta de costumbre hace más complicadas las cosas, esto es obvio, es siempre así, en todos los asuntos. Por otra parte, la única vez en que hablamos cara a cara de lo nuestro fue un gran desastre, apenas conseguí que hablaras un par de minutos ("me siento agobiada, estoy bien contigo pero no estoy segura de lo que quiero, si no hablo tanto como antes es que ya no puedo contártelo todo"), ante tu evidente incomodidad opté por relajarnos un poco y dejarlo para más tarde pero torpemente sólo conseguí agobiarte más y obtener tus gestos de repulsa, y finalmente aquella noche no llegó el ’más tarde’ buscado para la charla sincera y abierta que creo que necesitábamos. Así que los precedentes de encuentro y confesiones no son en absoluto favorables.

Y así llegamos a hoy, exactamente tres meses más tarde de mi pregunta. Actualmente tengo la sensación de que lo más probable es que no me contestes nunca, no con palabras. Ya ha pasado el tiempo suficiente como para pensar que me estás respondiendo con el silencio. Y eso me fastidia muchísimo, me molesta, me disgusta. No es una contestación válida, el silencio. No lo ha sido nunca. No me vale la callada por respuesta.

Sólo puede haber dos motivos para que el silencio esté siendo la respuesta:

- Supones que de esta forma el tiempo pasará y sin tener noticias de ti poco a poco me iré olvidando del asunto hasta que al final todo quede en el recuerdo como una leve lluvia pasajera, agradable para refrescar un pequeño momento pasado pero que ya no moja. Esto concuerda con el hecho de que (salvo en la felicitación citada) tú ya no has vuelto nunca a acercarte a mí, pero sin embargo cuando lo he hecho yo siempre has respondido de forma amable (salvo la última ocasión, supongo). Es decir, es como si te hubieses autoimpuesto no acercarte, para que yo consiga olvidarte con más facilidad. Permíteme decirte que las cosas no son así, cuando uno está a la espera de algo el que responde no puede sencillamente alejarse mudo, pensando "ya se olvidará". Primero dime adiós y luego aléjate, si lo que quieres es despedirte definitivamente.

- Pasas del asunto. Ni siquiera piensas en ello. Ni has pensado ni pensarás.

Cualquiera de los dos motivos, evidentemente, me parecen terriblemente egoístas, y provocan que el asunto en sí, el resultado, el silencio, me fastidie muchísimo, de forma que a menudo me enfurezco y deseo decirte cuatro cosas, pero la primera de las Verdades Fundamentales me suaviza y consigue que considere el asunto desde un punto de vista mucho más benévolo.

Por supuesto, no sea yo hallado injusto, debería existir la posibilidad de un tercer motivo:

- Sigues meditando tu respuesta.

Pero es que son tres meses ya María. ¿Qué sucede? ¿Sigues sin saber qué quieres? Pues ésa es una buena respuesta, fíjate. "Lo siento, tengo la cabeza hecha un puñetero lío, no sé lo que quiero, necesito tiempo y de esto sólo puedo salir yo, nadie me puede ayudar". Te suena, ¿no? De hecho ésa fue tu respuesta cuando te escribí aquella larga carta, o un poco antes pero la misma cuestión, anterior a todo esto pero preguntándote igualmente, cuántas veces te he preguntado, cuántas... Y esa vez sí me respondiste, y te lo agradecí muchísimo y me alivió enormemente saber, a pesar de que en realidad era algo negativo para mí y lo que dejaba entrever era directamente mi muerte sentimental (si no sabes lo que quieres es que no me quieres), pero aun así: infinitamente más deseable un poco de luz que permanecer con la duda, la confusión... el silencio.

¿Que me tenía que haber valido esa contestación pa los restos? Pero es que tú misma dijiste que debíamos hablar, que ese no era el lugar pero que querías hablar conmigo, incluso tras la carta, cuántas ganas tenías de contestarme, me prometiste hacerlo, ¿recuerdas? Y pasó el tiempo, semanas, meses...

¿Que sigue siendo lo mismo y de ahí el silencio, la ausencia de novedades? Eso sí me sirve, eso sí me vale. Dímelo. No te quedes callada. "Mira, sigo estando confusa y necesito más tiempo, pero no quiero despedirme de ti, por eso no puedo decirte nada, qué podría decirte"... pues precisamente eso María, con eso me estarías diciendo todo lo que necesito oír. Necesito oír lo que hay. Evidentemente no quiero escuchar lo que no hay, que es precisamente lo que escucho ahora, la ausencia de todo, el vacío. ¿Es, entonces, eso lo que nos queda? ¿Nada? ¿El vacío? Pues dímelo también. ¡Es tan sencillo! ¡Lo tienes tan fácil!

Pero no me tengas aquí en standby, como un aparato viejo y polvoriento, olvidado durante meses. Dale al botoncito leches. Desenchúfame si es lo que quieres, tírame a la basura, o mejor recíclame que corren tiempos ecológicos. Pero no me dejes en permanente standby (nota: suena mejor ’en espera’, y odio las palabritas estas importadas innecesariamente del inglés, pero a quién le importa eso; además parece más preciso así, más ilustrativo también). Como muy bien dijo un amigo mío cuando le conté cómo nos iban las cosas: "Mátame, pero no me tortures". ¡Eso es, María! ¡Mátame, pero no me tortures! ¿Tanto te pido?


Tercera Verdad Fundamental: me duele que me demuestres tan poco aprecio. Que sientas tanta indiferencia como para que exista ese silencio. Puede confundirse con la segunda de las Verdades Fundamentales, pero es totalmente distinto: por un lado me fastidia el silencio, por otro me duele significar tan poco para ti como para que ese silencio exista. Me hace daño, me hiere. Me oprime el pecho algunas noches.

Este dolor no es nuevo, por desgracia. Tantas veces he tenido la sensación de que no me tenías afecto... y por supuesto que me he sentido dolido, cómo me voy a sentir si no. Tantísimas ocasiones en que te escribía correos electrónicos hablándote de mis problemas o mis dichas o mis aconteceres, y tú sencillamente pasabas de todo aquello (ni la más leve mención) y te dedicabas a hablar de lo tuyo... me sentía nada, insignificante, una mierda. Así que me dedicaba a realizar comentarios acerca de tus problemas, tus dichas y tus aconteceres. En los últimos tiempos era básicamente lo que hacía: hablar de tus cosas. Porque cuando hablaba de las mías no notaba la más mínima preocupación, y eso me hacía sentir fatal. Porque, de todas formas, yo sí me interesaba profundamente por ti, por tus preocupaciones y tus proyectos, y quería saber siempre un poco más y tratar de animarte y aliviarte en lo posible, a pesar de mi torpeza. Pero ése era mi deseo. Lo es. Porque te quiero, porque tienes una gran importancia para mí, porque te estimo y te aprecio.

Por cosas que han llegado a mis oídos, sé que a ti cada vez te gustaba menos la forma en que me dirigía a ti, decías querer que yo fuera el de antes, contándote mis historias y apareciendo en cualquier momento y mandándote mensajes graciosos a las cinco de la mañana... y lo intenté, intenté volver a eso en varias ocasiones. Pero cómo continuar cuando lo único que encontraba en el otro lado era silencio en tantas ocasiones, o con muchísima suerte contestaciones frías y ajenas al asunto.

Ejemplo. Cómo me dolió aquel mensaje que no me respondiste nunca, aquel que te envié una noche de las que estuviste en Madrid por trabajo, tras pensármelo durante la tarde entera - qué le puedo poner, ¿se lo mandaré?, ¿será buena idea? -. Y a la hora de la verdad, por la noche, interminables minutos con el mensaje en la pantalla de mi móvil sin atreverme a darle al botón, y finalmente ’ok’ y un ligero temblor de incertidumbre mientras viajaban aquellas pocas palabras que trataban de resultar sencillas y agradables, saluda a tus amigas de mi parte, pásalo bien, no comas mucho no vayas a reventar. Pasaron los minutos, las horas, después la cama y mil vueltas en ella, no entendía nada: era la primera vez que no me respondías un primer mensaje. Qué estúpido, ¿verdad? Qué tontería, sufrir por algo así. No tiene sentido. Pero cómo me dolió. No era sólo que no me contestases un pequeño mensaje tonto sin importancia, no era sólo que no quisieses perder veinte segundos en escribir una sencilla respuesta de compromiso, no era sólo que no creyeses que yo merecía los quince céntimos de gasto, no era sólo que no pensases ni un solo segundo lo que yo podría estar pasando al otro lado (¿tanto pasa de mí?, ¿será que puse algo que le sentó mal?)... era también lo que aquello significaba para el futuro: de golpe y porrazo se había cortado la línea de comunicación vital y continua que con tanto mimo habíamos ido construyendo entre nosotros (aunque a esas alturas ya se encontraba bastante maltrecha; pero aún existía). Se acabó. De repente. Por una tontería así. Cómo volver a escribirte un mensaje recordando que el último no lo habías siquiera contestado. A partir de ahí ya sólo pude escribirte con miedo, aunque eso ya venía de antes. Pero especialmente a partir de ese instante. Con pies de plomo, sin saber si la siguiente frase llegarías a leerla con atención, si te sentaría mal... Sin saber nada.

Al día siguiente, en el correo de buenos días que durante bastante tiempo no falló (los días laborales), en referencia al mensaje únicamente un escueto ’ayer no cenaba con mis amigas, la cena era hoy’. Más que a excusa por no responder, sonaba un poco a reproche por haber prestado tan poca atención a tus palabras cuando me hablaste de la cena. El caso es que no, no había prestado poca a tención a tus palabras, siempre las leía mil veces para encontrar qué responder; y sí, sí me habías dicho que la cena estaba fijada para la noche anterior. ¿Quién prestaba poca atención? Pero no quise responder, suficiente dolor sentía ya como para además rociarlo con bilis...

Creo que fue precisamente aquella semana, la última que pasaste trabajando en Madrid tras despedirnos (con un abrazo) la última vez que nos hemos visto (claro que nos hemos visto otra vez, a la salida del trabajo, pero esos cinco segundos creo que no cuentan), en el aeropuerto, cuando me dejaste de escribir por completo durante dos larguísimos días. Claro, aquello volvía a ser novedad; no es que en una relación cualquiera se tenga que estar en comunicación todos los días a todas las horas, que estar un par de días sin hablar sea algo tan terrible. Pero teniendo en cuenta que llevábamos seis meses contándonos cosas a diario, teniendo en cuenta que desapareciste esos dos días sin aviso previo... pues sí, efectivamente, volvió a ser doloroso. Mucho. ¿Dónde quedaba yo? Donde habita el olvido.

Luego, a tu vuelta, no aguanté callado y te escribí: qué pena que te alejes así, no te habrás dado cuenta pero tras cada encuentro nuestro te alejas un poco más, esto no tiene muy buena pinta. Y contestaste, cómo me alegré de que contestases, me sorprendió mucho. Y contestaste, cómo me entristeció la respuesta, ya no fue dolor sino tristeza, porque lo estabas pasando fatal, no tenía nada que ver conmigo, estaban siendo malos momentos para ti, te sentías tan sola... y saber eso me apenaba hasta el infinito. Saber eso y quererte y no poder hacer nada, no poder siquiera aliviar mínimamente tu soledad porque no querías mi presencia.

De la tristeza al dolor, del dolor a la tristeza... así estuve muchísimo tiempo, desde el día después de nuestro primer encuentro, desde el cuatro de enero, hasta... realmente hasta hoy mismo.

Me releo y parece que te culpo de todo, que todo son reproches y todo delito tuyo... no es en absoluto así, de nada te culpo salvo tal vez del silencio que nada responde. El resto... en fin, me sentí muy mal en muchas ocasiones, dolido y apenado, pero qué culpa podías tener tú, que mientras tanto luchabas contra tus propios demonios internos, que mientras tanto llorabas por la felicidad que contemplabas como parte del pasado, que te sentías sola y sin nadie que te hiciese sentir viva y amada y viva.

De forma que así estábamos los dos, en un lugar semejante, heridos y sangrando, sólo que tú por una herida ajena. Lágrimas encadenadas. Maldito dolor.

Luego no te culpo de nada, ni siquiera del silencio que me molesta, no hay de qué culpar, dos animales heridos, y yo no supe lamerte con la suficiente suavidad o ternura, qué sé yo. Y tú te dedicabas a lamer tus propias heridas... y tampoco supiste hacerlo bien. Espero que lo estés consiguiendo... no te imaginas cuánto lo deseo.

Y cuando lo consigas, vuelve a mí y contéstame. Te lo pondré fácil, te lo prometo. Será como tú quieras.

Ya ves, a medida que voy escribiendo me pasan mil asuntos por la cabeza, parece que incluso cambio de opinión sobre las cosas, ¿no es cierto? Sólo trato de hacerte saber cómo me siento. Y por qué me siento así. Supongo que sigue estando un poco confuso todo por aquí dentro. Es lo que nos sucede, a los animales heridos... sé que me comprendes, sé que has pasado por lo mismo. Sé que tal vez aún...

Recuerda siempre la primera de las Verdades Fundamentales María. Acuérdate siempre de esto: te quiero. No lo olvides nunca.

10/07/2008 14:43 Autor: decirleamaria. #.

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario




No será mostrado.






Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras; Emprendedor ven a Iniciador Aragón.