Introducción; o quién es María y por qué esto.

No sé muy bien por qué estoy aquí o por qué dejaba de estarlo hasta ahora, no sé si tiene mucho sentido comenzar esto. Pero algo habrá que hacer. María vuelve a ser el desvelo nocturno, el latido que retumba sobre el lecho durante demasiadas horas de vigilia, vuelve a ser guerra y fuego y ya no puedo, no puedo, no puedo quedarme así.

Seré breve o trataré de serlo, me explicaré aunque probablemente no sea necesario, quién más se va a pasar por aquí, quién aparte de mí y tal vez ella si las circunstancias acaban siendo las previsibles y tengo las narices de darle esta dirección. María es una chica preciosa de pelo largo y liso y ojos que intimidan, asturiana, de vaqueros y camiseta negra, me gusta imaginármela así. La conozco desde hace dos años, un poco más, la vi y me perdí en el puñetero instante de sus ojos, a pesar de que durante unos meses trabajamos juntos no me atreví a traspasar la barrera del saludo, saludo ahogado y tímido por la cobardía... Después se marchó y me atreví un poco más, aunque siempre desde la distancia. Llegaron malos tiempos, María sufrió el abandono de su chico, se alejó de mis palabras durante meses.

Pero regresó. Reencuentro en el correo electrónico en septiembre de 2007. Fueron cuatro meses extraordinarios, inolvidables, a pesar de las desgracias ella parecía estar cada vez más cerca y así la sentía. El contacto (siempre a distancia) fue haciéndose progresivamente más fluido, más intestino, más exuberante, y finalmente llegó a torrente, de forma que a finales de diciembre de 2007 apenas había lugar en el día (y a menudo en la noche) en que uno u otro nos dejáramos de contar cosas. Vidas compartidas, en realidad, sólo mediante palabras escritas o pronunciadas a kilómetros, pero básicamente vidas compartidas: como ella misma me confesó con cierta exageración meses después, me lo contaba absolutamente todo (imagino que casi). Por supuesto hubo tonteo, mucho, incluso planes ingenuos ente bromas que no lo eran tanto, pero siendo sincero admito que nunca llegué a convencerme de resultar interesante para ella.

Llegó enero, llegó el primer encuentro, llegaron besos y caricias y risas, y fue el fin. El principio resultó ser el fin.

Aunque hubo algún encuentro más, apenas un par, y en ellos pareció existir cierta conexion (pero también alcohol y ganas de divertirnos), bastó la primera cita para convencerla de que yo no era su hombre. O eso creo, nunca me ha dicho nada. Pero desde aquel instante, desde el mismo maldito día después, ella fue abandonando progresivamente todo aquello que habíamos construido juntos, aquella madeja comunicativa vital. Fue tirando del hilo, poco a poco, hasta que finalmente, un par de meses después, sólo (y solo) quedé yo aguantando el cabo con toda la fuerza de que era capaz. Con dos dedos, esfuerzos inauditos pero sólo dos dedos, y mucha precaución, no fuera a ser que se rompiera definitivamente.

Cuando ya parecía inevitable el silencio definitivo, el adiós, el desgarro, tomé la iniciativa y, en un gesto que me costó horrores, le pedí que se tomara un tiempo, unas semanas, que pensase en qué quería hacer conmigo, que cuando lo supiese me contase. No te lo tomes como un adiós, por favor, no es un adiós, sólo date tiempo, piensa, siente, y cuéntame después. No es justo que nunca me hayas dicho apenas nada acerca de mí, acerca de nosotros... No tardes. Por favor...

Han pasado tres meses. Ella sólo se ha aproximado una vez, en una ocasión especial, unas palabras en un correo electrónico. Yo varias, las pocas veces que ha llegado a mis oídos que estaba pasando por momentos de tensión laboral, tratando de darle ánimos; y en algún otro momento, para felicitarle por algún logro o sencillamente hacerla saber que sigo aquí... Básicamente tratando de quitarle hierro al asunto, tratando de hacer fácil su regreso. Y no me refiero al regreso íntimo, ése vuelve a parecerme imposible, hay tantas cosas (todas) que lo indican...

Y bien, así estamos. Lo que más me fastidia, lo que más me hiere, hasta el tuétano, hasta el inifinito, es que me tenga en tan poca consideración como para contestarme con el silencio. Odio el silencio, ese silencio materno y reprobatorio de no-estoy-de-acuerdo-con, lo odio con toda mi alma, el silencio no debería ser respuesta para nada. Pero no, no es eso: no es éste un silencio materno, tampoco reprobatorio pero en absoluto materno, silencio que igualmente hiere y queda escrito a fuego pero silencio de amor. Éste es un silencio vacío, de desinterés y apatía. De desamor, obviamente.

Por qué me respondes con silencio María, no lo merezco, ni lo entiendo, creo que te lo he puesto siempre muy fácil...

Y en éstas me encuentro ahora. Sigue su silencio, y determinadas circunstancias ajenas a esta situación han convertido mi vida actual en un pequeño infierno. Me encuentro mal, viejo, cansado, nervioso, en permanente tensión y con mil problemas con que angustiarme. Y precisamente en este contexto reaparece María reinando sobre casi todos ellos. Tras esa decisión mia de alejarnos (aunque era imposible alejarnos más, sólo guardarnos un poco las pocas palabras que nos quedaban para momentos mejores) hubo algún tiempo en que me sentí extrañamente bien, y si no bien sí mucho mejor que cuando nos comunicábamos con la frialdad de dos funcionarios. Pero últimamente ha vuelto de nuevo, María, únicamente a mi cabeza, por supuesto, no con palabras sobre nosotros ni mucho menos con presencia, pero ha vuelto nítida y precisa, ha vuelto con demasiada fuerza en el peor momento posible. Es lo que menos necesito en esta vida mía convertida en un laberinto confuso en el que siempre elijo la puerta equivocada (¡pobre jugador!). Me paso demasiado tiempo pensando en ella, por qué me hace esto, por qué me ha condenado al silencio, por qué no me dice adiós (adiós corazón) de una vez, qué clase de remilgo egoísta se lo impide (y aquí está la rabia)... y pensando también en el pasado, en los magníficos momentos, en su sonrisa y en sus gestos (y aquí está el dolor).

De forma que aquí me encuentro, estallando por instantes. Como me conozco sé que no puedo permanecer callado, devorándome mudo, de seguir así es seguro que acabaré escribiéndole diciéndole cosas que no debo. Así que me he decidido a comenzar este blog. Para decirle a María sin decirle a María. Cada vez que las vísceras se me revuelvan y sienta esa necesidad incontrolable de contarle mi rabia o mi dolor, escribiré aquí. Dejaré escritas las cosas que debo decirle a María. Dejaré escritas las cosas que no debo decirle a María.

¿Queda claro?

08/07/2008 12:12 Autor: decirleamaria. #.

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario




No será mostrado.






Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras; Emprendedor ven a Iniciador Aragón.